¡Dios mío, la reina enseñando piernas! ¡Y dos veces! ¿Cómo se atreve?

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¡Si además va a cumplir 50 años! Y las mujeres de cincuenta años no enseñan las piernas. ¿Qué es esa ridiculez de querer vestirse como una veinteañera a los cincuenta? ¿En qué estaría pensando? ¿Qué cree, que tiene la edad de sus hijas? ¿Cómo se le ocurre esa bufonada? Y, además, al lado de las niñas, para que se vea mejor el contraste de edades.

Menuda estampa.

Aquí no acaba todo. Es que, además, es la reina de España. Señores, la reina, un decoro, por favor. Que no le pedimos que vaya de tul, banda y corona todo el día, que no le pedimos que sea como la corte de los collares isabelinos, pero sí que nos guarde el respeto a sus súbditos vasallos que le pagamos su trabajo, su vestuario y sus cositas. ¿No? ¿Con qué dinero se compra todo lo que tiene? Con el nuestro. Pues asunto resuelto. No se hable más. Vamos a nombrar una comisión ciudadana para que decida por todos nosotros, cada día, la ropa que se tiene que poner la reina. Nada de minifaldas, por supuesto. Eso, descartado. Nada de enseñar los brazos, tampoco, porque Dios nuestro señor no permite que entremos en la Casa de Dios con los brazos al aire, así que la reina, que lo es a los ojos de Dios porque de Él emana el poder, tampoco puede ir enseñando los brazos y las axilas. Queremos una reina digna y recatada, una mujer que camine siempre a la sombra de su marido, el verdadero rey por la gracia genética. También tiene que saber su lugar respecto al de sus hijas. Más de una niña que de la otra, porque es la mayor la que un día heredará la corona y por lo tanto está por encima de su propia madre, que, al fin y al cabo, sólo ha sido un útero para asegurar la continuidad monárquica. Y, como de momento los úteros no existen aislados de un cuerpo femenino, y los cuerpos femeninos no existen aislados de todo lo que tienen que ser —bellos, pulcros, cuidados, inteligentes pero lo justo, sonrientes pero lo justo también—, pues, junto al útero venía una mujer y junto a la mujer la gracilidad de dar el saber estar y el toque femenino a la Institución. A La Casa.

(Photo by Carlos Alvarez/Getty Images)
(Photo by Carlos Alvarez/Getty Images)

Que con las cosas de mujeres también se gana el cariño popular. Y eso hay que tenerlo en cuenta, no es tiempo de ir ahuyentando monárquicos. Las fotografías de señoras guapas y niñas siguen vendiendo.

Así que, venga, ramito, sonrisa y mujer del César. A portarse bien. Y a parecerlo.

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