Anuncios

Opinión: Sudáfrica demuestra su conciencia moral en un caso de genocidio

PARA ALGUNOS SUDAFRICANOS, LA ACUSACIÓN DE GENOCIDIO QUE SU NACIÓN HIZO CONTRA ISRAEL EVOCA LOS IDEALES DE LA LUCHA ANTIAPARTHEID.

A principios de este mes, fui con mi hija de 18 años a ver una presentación de la cantante sudafricana Thandiswa Mazwai con su banda en un festival musical en Manhattan.

Muchos de mis compatriotas sudafricanos estaban entre el público. Cuando nos sentamos, mi hija Rosa vio que los asistentes al concierto ondeaban banderas sudafricanas. Rara vez se ven muestras como ésta fuera de acontecimientos políticos o deportivos, pero muchos sudafricanos parecen vivir un momento de autoafirmación y patriotismo desde que nuestro gobierno presentó una demanda por genocidio contra Israel ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya por sus acciones en Gaza, consolidando su lugar en el entorno mundial en solidaridad con los palestinos.

La víspera de la audiencia, un amigo me envió un mensaje desde Ciudad del Cabo: “Aquí parece que es Nochebuena o algo así. O la noche antes de una gran final”. Debido a la diferencia horaria, vi una versión grabada cuando llegué a mi despacho el 11 de enero, el primero de los dos días de audiencias. Para entonces, Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU en materia de Palestina, ya había enviado un mensaje en la red social X, antes conocida como Twitter, en el sentido de que “ver a las mujeres y hombres africanos luchando para salvar a la humanidad” de los “ataques despiadados apoyados/permitidos por la mayor parte de Occidente seguirá siendo una de las imágenes definitorias de nuestro tiempo. Esto hará historia, pase lo que pase”.

Como sudafricano negro crecí durante la lucha por la liberación del país y alcancé la mayoría de edad viendo el nacimiento de la democracia sudafricana, por lo que las palabras de Albanese resonaron en mí. También el caso resuena en mí, sin importar el resultado del viernes, cuando el tribunal emitió un fallo preliminar que instaba a Israel a tomar medidas para evitar el genocidio en Gaza, pero no exigía un alto el fuego.

Los sudafricanos presentes ese día en el tribunal representaban el país que muchos de nosotros habíamos imaginado cuando intentábamos pensar en una nueva nación más allá del apartheid. Los apellidos de los abogados —Hassim, Ngcukaitobi, Dugard, Du Plessis— evocaban varios grupos de población de la nación: sudafricanos indios, xhosas, blancos anglófonos y afrikáneres. En el banquillo estaba el juez Dikgang Moseneke (los países que son parte en un litigio en el Tribunal Internacional de Justicia pueden designar a un juez para que conozca del caso). De adolescente estuvo encarcelado en Robben Island, donde conoció a Nelson Mandela y entabló amistad con él, y tras la llegada de la democracia fue elevado al Tribunal Constitucional de Sudáfrica, máximo órgano judicial del país.

Este grupo de La Haya, en su diversidad, representó a un país cuya identidad nacional es producto de la lucha colectiva y del rechazo a la política etnonacionalista de sangre y tierra que Sudáfrica dejó atrás cuando derrotamos el apartheid legal. A muchos nos parecía que ese tipo de política definió la política de Israel hacia los palestinos; durante años, el Congreso Nacional Africano, que ahora gobierna el país, ha hecho causa común con los palestinos. En el tribunal internacional, estos sudafricanos luchaban por una nación, y nos ayudaban a imaginarla, basada en luchas e ideales compartidos más que en identidades de grupo.

Tras el fin del apartheid, existía la sensación de que Sudáfrica, con su historia de lucha y su Constitución progresista, transformaría de manera significativa su antiguo orden racial y sería la conciencia moral del mundo. Salvo por un breve y esperanzador periodo bajo la presidencia de Nelson Mandela, el país no ha estado a la altura de ese ideal.

En parte, no se ha podido evitar. La política de no alineación —un ideal que muchos países en desarrollo se fijaron en el momento de su independencia— se desvaneció en gran medida en la década de 1990. El consenso de Washington sobre el libre mercado y el comercio, las exigencias de los mercados financieros y los fallos de la imaginación política limitaron aún más la transformación económica de Sudáfrica y sus esperanzas de forjar un nuevo camino. Los ideales del movimiento de liberación de la nación se toparon con un complicado mundo de compromisos y acomodos. En el último mes, hemos vislumbrado algunas de esas viejas esperanzas.

El caso ante el tribunal ha alineado firmemente a Sudáfrica con lo que antes se conocía como el tercer mundo y ahora se conoce como el sur global, y ha atraído a otros aliados. Un abogado de Irlanda, otro país que conoció el colonialismo y la violencia colonial, se unió a los sudafricanos en el tribunal. Los sobrevivientes del genocidio bosnio también presentaron una petición en la corte a favor de la acción internacional con el fin de proteger a los palestinos.

Al iniciarse el proceso, los abogados sudafricanos se mostraron inflexibles y fieles a sus principios, hablando desde y para nuestra experiencia nacional. Los abogados dijeron en voz alta cosas que a muchos sudafricanos les parecen evidentes, pero que a menudo se suprimen en el discurso público sobre Israel y Palestina en Occidente. Pronunciaron la palabra “apartheid”. Dijeron la palabra “nakba”, que significa “catástrofe” en árabe y se refiere al desplazamiento de los palestinos de sus tierras en 1948, cuando Israel se convirtió en Estado. Ese mismo año, Sudáfrica estableció el apartheid legal, que contribuyó a un proceso de expulsiones forzosas de sudafricanos negros, entre ellos mi padre y su familia, de sus tierras y hogares. Los representantes de Israel rechazaron enérgicamente las acusaciones al día siguiente.

En el periodo previo a las audiencias, algunos comentaristas internacionales y críticos de Sudáfrica insinuaron que los miembros del equipo jurídico eran peones políticos, que velaban por los intereses del Congreso Nacional Africano, el cual se enfrenta a una lucha cruenta por la reelección este año y podría beneficiarse del amplio apoyo público a la causa palestina entre los ciudadanos sudafricanos. Por supuesto, algunos miembros del gobierno sudafricano y de los círculos políticos parecen estar apoyando este caso de manera oportunista. Sin embargo, en su país, esos mismos abogados que se encuentran en La Haya han sido durante mucho tiempo espinas clavadas en el costado de los funcionarios del gobierno, enfrentándose al Estado sudafricano por sus obligaciones de redistribuir la tierra, apoyar la educación y la sanidad públicas y luchar contra la corrupción, y representando a partidos de la oposición, entre muchas cosas más.

En los días posteriores a las audiencias, reflexioné que bien podría tratarse de otro momento esperanzador seguido de una realidad complicada y deprimente. A menudo, lo mejor que se puede esperar de los organismos judiciales internacionales son resoluciones diluidas de escasas consecuencias para los perpetradores.

Al mismo tiempo, al tomar la palabra a estas instituciones y obligar a la Corte Internacional de Justicia a actuar, Sudáfrica está marcando un hito para la sociedad civil mundial. Sudáfrica dio un paso adelante. Demostró lo que podíamos ser y cómo grupos que se han enfrentado a la opresión y a la violencia pueden defenderse unos a otros con confianza en la escena mundial. Lo que esos abogados decían era: “Acostúmbrense a oír nuestras voces”.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company