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Por qué el equipo de Biden necesita empezar de cero en Israel

EL GOBIERNO DE ESTADOS UNIDOS NO HA LOGRADO SUS OBJETIVOS EN RELACIÓN CON LAS POLÍTICAS Y ACCIONES ISRAELÍES. DEBE CAMBIAR DE RUMBO.

En el año 2001, en una visita al asentamiento ilegal de Ofra en Cisjordania, un Benjamín Netanyahu en un entorno informal, al parecer sin saber que estaba siendo grabado, se jactó ante sus anfitriones de que “Estados Unidos es algo que se puede mover con bastante facilidad… en la dirección correcta”.

En aquel momento, Netanyahu hablaba de su experiencia con la Casa Blanca de Clinton; había socavado los esfuerzos de paz liderados por Washington durante su primera etapa como primer ministro de Israel. Pero más de 20 años después, la evaluación de Netanyahu resulta incómodamente familiar.

Desde que el gobierno de Biden prometió su temprano e inquebrantable apoyo a Israel tras los ataques de Hamás del 7 de octubre, Netanyahu ha ignorado una y otra vez las solicitudes tras bambalinas de Washington en relación con la guerra, entre ellas que Israel actuara con mayor moderación en su guerra en Gaza, que evitara provocar una conflagración regional más amplia y que trabajara para forjar una vía de posguerra que condujera a la paz.

Banderas israelíes en una valla durante una marcha pro-Israel en Washington, el 14 de noviembre de 2023. (Haiyun Jiang/The New York Times).
Banderas israelíes en una valla durante una marcha pro-Israel en Washington, el 14 de noviembre de 2023. (Haiyun Jiang/The New York Times).

En consecuencia, ahora que la guerra llega a su cuarto mes, el gobierno de Biden no ha logrado casi ninguno de sus objetivos en relación con las políticas y acciones israelíes. Más de 23.000 palestinos, entre ellos más de 10.000 niños, han muerto hasta ahora, según el Ministerio de Salud de Gaza, dirigido por Hamás, y se cierne la amenaza de hambruna y enfermedad masivas. El gobierno de Israel ha rechazado cualquier posibilidad de paz y, tras una pausa inicial en los combates y un intercambio de rehenes/prisioneros, las negociaciones parecen estar ahora en un punto muerto. El único “éxito” que puede atribuirse Estados Unidos es su firme apoyo a Israel. Y, sin embargo, la naturaleza incondicional de ese apoyo se interpone en el camino de cualquier posibilidad de alcanzar sus otros objetivos políticos y encontrar una salida a este horror.

Es cierto que en los últimos días, Israel ha señalado un cierto cambio en su estrategia de guerra, pues disminuyó a los soldados desplegados y se ha enfocado más en el centro y sur de Gaza. Estas medidas parecen obedecer en parte a la necesidad de reducir las pérdidas israelíes en los combates urbanos cuerpo a cuerpo en las ciudades, ofrecer cierto alivio a la sufrida economía israelí y, tal vez, prepararse para una escalada en la frontera norte de Israel. Estos cambios no parecen destinados a reducir las crecientes tensiones regionales ni a evitar el creciente sufrimiento humanitario. El presidente Biden se ha mostrado cada vez más exasperado por los acontecimientos en todos estos frentes, frustraciones de las que hizo eco su secretario de Estado, Antony Blinken, durante su última visita a la región.

En lugar de ir aumentando poco a poco las expresiones de inquietud, el equipo de Biden debería corregir el rumbo, empezando por ejercer la influencia diplomática y militar real de la que dispone para mover a Israel en la dirección de los intereses de Estados Unidos, en lugar de viceversa.

El primer cambio, y el más importante, es que el gobierno acepte la necesidad de un cese al fuego total de inmediato. Esa exigencia no puede ser solo retórica. El gobierno debe condicionar la transferencia de más suministros militares a que Israel ponga fin a la guerra y detenga el castigo colectivo de la población civil palestina y debe crear mecanismos de supervisión para el uso del armamento estadounidense que ya está a disposición de Israel. Poner fin a la operación israelí en Gaza es también la forma más segura de evitar una guerra regional y la clave para concluir las negociaciones para la liberación de los rehenes.

Washington también puede aprovechar las deliberaciones en curso en la Corte Internacional de Justicia, donde Sudáfrica acusó a Israel de incumplir sus obligaciones como país que suscribió la convención internacional sobre el genocidio de 1948. Es evidente el nerviosismo de Israel por el proceso, pues comprende que una sentencia de la Corte Internacional de Justicia tiene peso; de hecho, Sudáfrica quizá ya hizo más para cambiar el curso de los acontecimientos que tres meses de lamentaciones estadounidenses. El gobierno de Biden no tiene por qué apoyar las demandas sudafricanas, pero puede y debe comprometerse a orientar sus acciones según las conclusiones de la corte.

(VIDEO) más de 25.000 palestinos muertos en Gaza, e Israel eleva sus ataques

Por último, Estados Unidos debería dejar de hacer interminables conjuros rituales sobre un futuro resultado de dos Estados, mismo que Netanyahu tan fácilmente ignora. Debería aceptar el rechazo categórico de su gobierno a la creación de un Estado palestino y sus directrices de coalición, que afirman que “el pueblo judío tiene un derecho exclusivo e inalienable a todas las partes de la Tierra de Israel”. En cambio, Washington debería desafiar a Israel a que presente una propuesta sobre cómo se garantizará la igualdad, la emancipación y otros derechos civiles a todos los que vivan bajo su control.

Hacerlo podría tener la ventaja añadida de cuestionar la posición de Netanyahu. Aunque por ahora parece haber consolidado su base política, su mayoría en el poder se perdería con solo un puñado de deserciones. Tan solo alrededor del 15 por ciento de los israelíes quiere que Netanyahu siga en el poder cuando termine la guerra, según recientes encuestas, y las protestas callejeras podrían reavivarse en cualquier momento.

Por una combinación de razones ideológicas, militares y políticas personales, es probable que Netanyahu no quiera que esta guerra termine. Y aunque su salida no es una panacea para el progreso (ni puede ser un objetivo explícito de Estados Unidos), sí es un requisito previo para crear las condiciones en las que puedan avanzar los derechos palestinos. Estados Unidos puede y debe distanciarse de la debacle de Gaza y del extremismo de los dirigentes israelíes.

Israeli soldiers travel on an army armored personnel carriers (APC) near the Israeli-Gaza border as smoke rises to the sky in the Gaza Strip, seen from southern Israel, Sunday, Jan. 21, 2024. (AP Photo/Leo Correa)
Israeli soldiers travel on an army armored personnel carriers (APC) near the Israeli-Gaza border as smoke rises to the sky in the Gaza Strip, seen from southern Israel, Sunday, Jan. 21, 2024. (AP Photo/Leo Correa)

Si Washington no cambia de estrategia, sus fracasos en esta guerra tendrán consecuencias, incluso más allá de la crisis inmediata en Gaza, las hostilidades en las que participan los hutíes en Yemen y la creciente amenaza de un conflicto regional más extenso.

Después de todo, el mundo está mirando y Washington no debería subestimar hasta qué punto el asedio tan impopular a Gaza es visto por todos no solo como una guerra de Israel, sino también de Estados Unidos. La transferencia de armas a Israel por parte del gobierno de Estados Unidos y la protección político-diplomática que le proporciona, incluyendo el despliegue o la amenaza de su veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, hacen que su apropiación de esta guerra sea altamente visible, además de perjudicial.

También hay implicaciones de seguridad a largo plazo. La cruenta campaña militar israelí y su profundo impacto en la población civil proporcionarán, casi con toda seguridad, material de reclutamiento para la resistencia armada en los años por venir. A los países árabes les resultará más gravosa la cooperación y la normalización de las relaciones con Israel y los adversarios de Israel están adquiriendo mayor resonancia: Hamás muestra resiliencia; los hutíes, su impresionante capacidad disruptiva, y Hezbolá, su disciplinada moderación.

Ahora que Israel hace evidente, en palabras y obras, su intención de continuar por este peligroso camino (indiferente a las necesidades y expectativas de Estados Unidos), ¿no debería Biden mantener una mayor distancia?

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Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company

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