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Prometieron la libertad de un club sexual pero para muchos todo terminó en una violación

Zhana Vrangalova, en su casa de Nueva York, el 20 de septiembre de 2023. (Maansi Srivastava/The New York Times)
Zhana Vrangalova, en su casa de Nueva York, el 20 de septiembre de 2023. (Maansi Srivastava/The New York Times)

NUEVA YORK — La casa adosada en Bushwick, un barrio de Brooklyn, fue en su momento una guía para Jennifer Fisher, un lugar donde no tenía que ocultar que era poliamorosa y fetichista, porque sus compañeros de piso también lo eran.

El propietario, un grupo llamado Hacienda, tenía una visión única: crear una comunidad de personas sexualmente aventureras cuyas reglas de la casa predicaban el consentimiento por encima de todo, sobre todo durante las orgías que organizaban en el sótano cada semana. En los años siguientes, Hacienda floreció y la positividad sexual, un movimiento para desestigmatizar los distintos tipos de expresión sexual, se volvió más convencional. Fisher se sintió orgullosa de formar parte de una comunidad que había impulsado una mayor aceptación de su estilo de vida.

Ese sentimiento la ayudó a ignorar lo que describió como el lado oscuro de Hacienda: una serie de denuncias de huéspedes e inquilinos que decían haber sido víctimas de agresiones sexuales o físicas bajo sus auspicios.

Entonces, aseguró Fisher, le ocurrió a ella. Cuando estaba en la cocina de Hacienda en la primavera de 2012 fue abordada e incitada a mantener relaciones sexuales por un invitado a la fiesta sexual que había dejado en el piso de abajo, según relató. Se despertó sintiendo que no había dado su consentimiento a lo que había ocurrido, que había sido violada. Sin embargo, el miedo a traicionar a su comunidad, las circunstancias del encuentro y el lugar en el que se produjo le impidieron denunciarlo a las autoridades. Fue una decisión que lamenta profundamente.

“¿Cómo llamas a la policía para denunciar algo que ha ocurrido en una fiesta sexual?”, comentó Fisher. “Vendrían y dirían: ‘Muy bien, ¿a qué desviado detengo primero?’”.

En un momento en que la no monogamia se ha convertido en una opción desplegable en las aplicaciones de citas, grupos como Hacienda han cobrado nuevo protagonismo, atrayendo a curiosos recién llegados y lucrando en el proceso. Los participantes imaginan estos grupos como un lugar en el que traspasar los límites de las normas sexuales —o burlarlas por completo— en compañía segura de personas con ideas afines. Pero la historia de Fisher y otras similares revelan la tensión inherente entre el deseo de crear un espacio libre y las cuestiones de consentimiento, cuando la manía de una persona puede ser el límite transgredido de otra.

Jennifer Fisher en Nueva York el 11 de julio de 2023. (Maansi Srivastava/The New York Times)
Jennifer Fisher en Nueva York el 11 de julio de 2023. (Maansi Srivastava/The New York Times)

Navegar por este panorama ha sido especialmente tenso para Hacienda, que ha sacado provecho del movimiento por la positividad sexual de un modo que pocos grupos han hecho, cobrando alquileres en un grupo de casas de Brooklyn a personas que quieren vivir en ese ambiente a tiempo completo.

"Atípico"

Los fundadores de Hacienda, un matrimonio poliamoroso conocido como Andrew y Beth Sparksfire y un entrenador personal reconvertido en educador sexual que se hace llamar Kenneth Play, reconocieron el caso de Fisher y otros, pero dijeron que esos episodios eran atípicos en un lugar que defiende el consentimiento.

“Nuestra organización se centra en la importancia del consentimiento entusiasta y continuo, y tenemos una política de tolerancia cero para cualquier violación de estas normas”, señalaron mediante un comunicado emitido en respuesta a preguntas de The New York Times. En los actos celebrados por Hacienda y organizaciones similares, se instruye a los participantes para que pidan continuamente consentimiento durante las relaciones sexuales.

Pero en las entrevistas, más de dos decenas de personas relacionadas con el club plantearon dudas sobre si esa política estaba funcionando. Diez de esas personas dijeron haber sufrido abusos físicos o sexuales en Hacienda.

En su respuesta al Times, los dirigentes de Hacienda reconocieron las quejas, pero las describieron como parte de un comienzo difícil en la creación de un espacio seguro durante los primeros días del grupo. Dijeron que habían creado salvaguardias a lo largo de los años y, de hecho, la mayoría de los incidentes descritos al Times ocurrieron antes de 2018.

Pero antiguos y actuales miembros expresaron su profundo recelo ante lo que describieron como una perdurable cultura de impunidad para los miembros privilegiados que han sido acusados de transgresiones a lo largo de los años.

“Si pensamos en los beneficios y el estatus por encima de la comunidad, ahí es cuando falla”, explicó Zhana Vrangalova, psicóloga que imparte cursos sobre sexualidad en la Universidad de Nueva York y que fue miembro de Hacienda antes de abandonarla tras una discusión. “Hacienda, en cierto modo, es una utopía, pero tenemos que ser claros: no existen las utopías”.

La casa del sexo en SoHo 

En los últimos años, en toda la ciudad, las fiestas sexuales han salido de las redes de susurros para convertirse en el material de sitios web sofisticados y listas de espera.

Pocos grupos tienen el perfil de Hacienda. Sus líderes se han erigido en embajadores de la positividad sexual, con el objetivo de convertir Hacienda en el equivalente a SoHo House, un club internacional solo para socios.

Hacienda obtiene ingresos de las cuotas anuales, que cuestan cerca de 130 dólares cada una, así como de las entradas a las fiestas y los alquileres. Los residentes pagan entre 750 y 1500 dólares o más al mes por las habitaciones de sus cómodos “brownstones”, o residencias urbanas, según los listados inmobiliarios. Al menos un “brownstone” tiene una “mazmorra sexual” en el sótano. Hacienda también alquila espacio a otras “fiestas lúdicas”.

Según los organizadores, las denuncias por violación del consentimiento que surgen de vez en cuando en las fiestas sexuales de toda la ciudad, normalmente se han gestionado de manera interna.

Sin embargo, quizá ninguna organización tenga la prominencia —y la cartera de negocios— de Hacienda, y la estima de sus dirigentes se ha convertido en un atractivo especial. Play, por ejemplo, ha dado conferencias, escrito libros y aparecido en más de cien artículos periodísticos, según su sitio web, donde también vende un curso en línea de 697 dólares sobre cómo mejorar la técnica sexual.

Transgresiones

En sus libros y demostraciones de sexo, Play insiste en la importancia de obtener siempre el consentimiento. Pero a él también lo han acusado de violar esa norma.

Hace casi una década, una mujer dijo que estaba visiblemente intoxicada y que no podía dar su consentimiento cuando Play le practicó actos sexuales públicamente en una fiesta. En su declaración al Times, los responsables de Hacienda reconocieron el encuentro, pero dijeron que fue consensuado.

Debido a la acusación, se ha prohibido a Play participar en al menos otras tres fiestas sexuales en Nueva York, según sus organizadores. La acusación dividió amargamente a Hacienda, según las entrevistas con varios miembros de la comunidad, provocando el éxodo de algunos que consideraban que la lealtad personal de los Sparksfire hacia Play —él era pareja sentimental de Beth Sparksfire— y su marca estaban por encima de la seguridad de los miembros.

Otras personas relacionadas con Hacienda a lo largo de los años han sido acusadas de transgresiones similares.

Los líderes de Hacienda han dicho que se ha vuelto más segura en respuesta a estos episodios.

No obstante, el caso más reciente descrito al Times ocurrió en febrero de 2020. Se trataba de una persona no binaria que dijo que otro asistente a la fiesta la estranguló sin consentimiento en una fiesta de Hacienda.

La persona, Charlie Bentley, que utiliza los pronombres femeninos, dijo que se quejó con un organizador del evento, René Bolaños, pero le reprocharon que levantara la voz, según Bentley y los mensajes de texto que compartió de Bolaños. El otro asistente a la fiesta no sufrió ninguna consecuencia, según Bentley. Bolaños dijo recordar que en la fiesta se le acercó Bentley, que estaba llorando, pero insistió en que ella no le dijo por qué estaba enfadada.

Bentley, de 31 años, dijo que pensó en llamar a las autoridades. Pero se enfrentó a la misma difícil decisión que otras personas que se sintieron víctimas en un lugar que apreciaban profundamente.

“Me senté a debatir conmigo misma: ¿Llamo a la policía?”, dijo Bentley. “Pero pensé: Son mis amigos, no puedo hacerles eso. Esto es su negocio”.

No llamó a la policía.

c.2024 The New York Times Company

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