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Ecuador adopta el ‘noboísmo’ como respuesta a la violencia

El nuevo presidente de Ecuador ha desplegado al ejército para quitarle el poder a las bandas en ciudades como Guayaquil, vista aquí el mes pasado. (Federico Rios/The New York Times)
El nuevo presidente de Ecuador ha desplegado al ejército para quitarle el poder a las bandas en ciudades como Guayaquil, vista aquí el mes pasado. (Federico Rios/The New York Times)

Luego de que el mes pasado el presidente de Ecuador declarara la guerra a las bandas criminales, soldados con rifles de asalto han inundado las calles de Guayaquil, una ciudad de la costa Pacífico que ha estado en el epicentro de la espiral de violencia del país, un fenómeno que ya lleva algunos años.

De los buses y los autos hacen bajar a los hombres, en busca de drogas, armas y tatuajes de pandillas. Patrullan las calles para hacer cumplir un toque de queda nocturno. La ciudad está ansiosa, sus hombres y jóvenes son posibles objetivos de soldados y oficiales de policía que tienen la orden de derribar a las poderosas bandas que se han aliado con los carteles internacionales para convertir a Ecuador en un centro del comercio mundial de drogas.

No obstante, cuando los soldados pasan, mucha gente aplaude o les muestra el dedo pulgar en señal de aprobación. “La mano dura la aplaudimos, la celebramos”, dijo Aquiles Alvarez, alcalde de Guayaquil. “Ha ayudado a tener paz en las calles”.

A principios de enero, Guayaquil fue azotada por una ola de violencia que podría ser un punto decisivo en la prolongada crisis de seguridad del país: las bandas atacaron la ciudad luego de que las autoridades tomaron medidas para recuperar las cárceles ecuatorianas, que estaban en su mayoría bajo el control de los grupos delictivos.

Hubo secuestro de policías, detonación de explosivos y, en un episodio emitido en vivo, una decena de hombres armados tomaron una televisora importante.

El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, declaró la existencia de un conflicto armado interno, una medida extraordinaria para cuando el Estado es atacado por un grupo armado. Desplegó tropas contra las bandas que han tomado gran parte de Ecuador en su lucha por controlar las rutas de tráfico de cocaína y han transformado uno de los países más pacíficos de Sudamérica en uno de los más mortíferos.

Los soldados ordenan a hombres y niños que bajen de los autobuses y los registran en busca de armas, drogas y tatuajes de bandas. (Federico Rios/The New York Times)
Los soldados ordenan a hombres y niños que bajen de los autobuses y los registran en busca de armas, drogas y tatuajes de bandas. (Federico Rios/The New York Times)

El alto mando militar de Ecuador advirtió que todo integrante de un grupo delictivo se había convertido en un “objetivo militar”.

La agresiva respuesta de Noboa ha reducido la violencia y brindado un sentido precario de seguridad a lugares como Guayaquil, una ciudad de 2,7 millones de habitantes y puerto clave para el narcotráfico, impulsando la aprobación del gobierno a 76 por ciento en una encuesta reciente.

También ha alarmado a algunos activistas de los derechos humanos.

“Esto no es algo nuevo, innovador”, dijo Fernando Bastias, del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos de Guayaquil. “Y más bien lo que está incrementando son casos de graves violaciones a derechos humanos”.

El enfoque de Ecuador ha suscitado comparaciones con El Salvador, en donde su joven líder, Nayib Bukele, en buena medida ha desmantelado las sanguinarias pandillas, lo que le ayudó a conseguir una arrolladora victoria de reelección y elogios por toda América Latina. Pero los críticos aseguran que también ha pisoteado los derechos humanos y el Estado de derecho al ordenar detenciones masivas en las que personas inocentes han sido capturadas.

“Ecuador es un caso importante porque es casi un segundo laboratorio para las políticas de Bukele”, dijo Gustavo Flores-Macías, profesor de gobierno y políticas públicas en la Universidad de Cornell que se especializa en América Latina. “La gente está tan desesperada que se compra la necesidad de estas políticas de mano dura para bajar la delincuencia”.

Dichas políticas pueden ser efectivas, pero, agregó, “el costo en libertades civiles es alto”.

Al igual que Bukele, Noboa, de 36 años, desea construir megaprisiones, y sus publicaciones en las redes sociales muestran música animada con imágenes de prisioneros esposados y desnudos hasta la cintura. Lo llama “The Noboa Way”.

No obstante, las diferencias son importantes, a decir de Christopher Sabatini, un investigador sénior para América Latina en Chatham House, un grupo de investigación en Londres. Si bien Bukele desdeña la democracia, Noboa “ha presentado a su gobierno como una democracia asediada”, dijo Sabatini.

Noboa también enfrenta un tipo distinto de adversario, dijo Will Freeman, del Council on Foreign Relations.

“El Salvador nunca fue importante para el narcotráfico”, dijo. “Sencillamente es demasiado pequeño”. Ecuador, en contraste, ahora es clave para el comercio mundial de la cocaína, dijo, con vínculos entre los cárteles mexicanos y Europa. Como consecuencia, sus bandas criminales disponen de millones de dólares para armarse y combatir a las autoridades.

Las autoridades de Ecuador han llevado a cabo más de 6000 detenciones después de que el presidente declaró la guerra a las bandas.

En Guayaquil, efectivos militares y agentes de policía destruyen sistemas de cámaras instalados por las bandas para vigilar barrios enteros, invaden zonas que solían estar fuera del alcance de la policía y derriban puertas para descubrir depósitos de armas y explosivos.

Las medidas han tenido algunos resultados.

De diciembre a enero, la cantidad de homicidios en Guayaquil cayó en un 33 por ciento, de 187 a 125. Fuera de la morgue municipal, Cheyla Jurado, una vendedora ambulante de 27 años que vende jugo y pan dulce a las personas que esperan para recuperar los cuerpos, dijo que era evidente que la cantidad de gente había bajado.

“Ahora son accidentes de tránsito, ahogados”, dijo.

En el mayor hospital de la ciudad, la cantidad de pacientes que llegaban con heridas de bala y otras lesiones relacionadas con la violencia ha caído de cinco al día a incluso una cada tres días, dijo Rodolfo Zevallos, médico de urgencias.

El alivio temporal de las matanzas —si bien en sus primeras fases— ha hecho que muchos animen al presidente.

“Nos sentamos afuera de noche”, dijo Janet Cisneros, quien vende comidas preparadas en la zona Suburbio de Guayaquil. “Antes no, estábamos completamente encerrados”.

Noboa, heredero de una fortuna del banano, fue electo en noviembre para concluir el mandato de su predecesor, que terminó prematuramente cuando disolvió la Asamblea Nacional y convocó a nuevas elecciones.

En enero, al estallar la violencia, cambió sus trajes y sonrisa tímida por un mohín, corte al ras y una casaca negra de cuero al anunciar que Ecuador ya no recibiría órdenes de “grupos narcoterroristas”.

El mensaje severo iba dirigido a los ecuatorianos, que volverán a votar en elecciones presidenciales el próximo año, dijo Flores-Macías, el politólogo experto, pero también para granjearse el apoyo de líderes internacionales, en especial del presidente Joe Biden. “Lo que vemos con Noboa es que claramente necesita el apoyo, la asesoría, financiamiento y ayuda de Estados Unidos”.

Hasta el momento, el gobierno de Biden ha brindado a Ecuador equipamiento y capacitación con alrededor de 93 millones de dólares en asistencia militar y humanitaria.

Las autoridades de Ecuador han dicho que el ejército es clave para recuperar los barrios de las bandas que se han convertido en la autoridad fáctica y reclutan a niños de hasta 12 años para mover drogas, secuestrar y matar.

El despacho de Noboa no respondió a las solicitudes de comentarios.

En Guayaquil, la policía cubre los murales que muestran a líderes delictivos y los soldados hacen redadas callejeras en las que sermonean a los jóvenes que son sorprendidos con pequeñas bolsas de marihuana sobre los peligros de las drogas o la vida criminal.

Pero en las redes sociales han circulado videos que muestran a las autoridades empleando tácticas más severas: hombres y chicos agrupados en las calles que reciben golpes en la cabeza o son obligados a besarse entre ellos. En un video muy compartido se ve a un adolescente obligado a restregarse un tatuaje del cuerpo hasta que le sangra el pecho.

En las prisiones a las que el ejército fue enviado para desmantelar el control de las bandas, se llevan a cabo abusos similares, según defensores de las familias de los reclusos.

“A los presos los tienes flagelados peor que a Jesucristo”, dijo Fernanda Lindao, cuyo hijo está cumpliendo condena por hurto en la penitenciaría del Litoral de Guayaquil. “Para los PPL”, dijo refiriéndose por sus siglas a las personas privadas de la libertad, “no hay derechos humanos”.

No obstante, los videos de las detenciones son inmensamente populares y muchos ecuatorianos reconocen a los soldados y al presidente.

“La gente aplaude todo lo que pasa”, dijo Alvarez, el alcalde de Guayaquil, “y no lo aplaude por ser mala persona sino porque está cansada de toda la violencia que ha vivido”.

Para explicar su respaldo a las tácticas de Noboa muchos describen lo mal que estuvo la situación.

“Aquí mataban, aquí dejaban cuerpos botados”, dijo Rosa Elena Guachicho, quien vive en Durán, una zona de Guayaquil sin agua potable ni calles pavimentadas. “Hace un mes encontraron uno en una funda, hecho pedazos”.

Dolores Garacoia dijo que las bandas se habían adueñado de Durán. Los taxistas se negaban a entrar, por miedo de que los robaran o secuestraran, dijo. Ni la policía se sentía segura.

A los dueños de pequeños negocios, como Garacoia, los extorsionaban las bandas. Contó que cerró la tienda que tuvo durante años luego de que la llamaran para pedirle un pago de miles de dólares conocido como vacuna.

“Tuve que cerrar y bajar el letrero, de una”, dijo.

De la misma manera que los guayaquileños se han adaptado la violencia —quedándose en casa, comprando pitbulls— la apariencia exterior de la ciudad también ha cambiado. Las casas se han convertido en jaulas cerradas, rodeadas de barrotes que se alzan dos y tres pisos.

Ángel Chávez, de 14 años, estaba sentado detrás de las barras de metal de un centro comunitario en Monte Sinaí, parte del distrito más peligroso de Guayaquil, en donde se registraron más de 500 homicidios el año pasado.

La llegada de los militares le causaba sentimientos encontrados.

“Eso me parece bien para ver si por fin se acaba esto que estamos sufriendo”, dijo.

Pero añadió que le inquietaba la forma en que los soldados trataban a algunos adolescentes en los videos. “No me gusta cuando los maltratan”, dijo.

No obstante, para muchos en Guayaquil, el miedo es que el ejército se retire.

Cisneros, la cocinera que al fin puede servir comidas afuera dijo: “Que no se vayan, por favor”.

Thalíe Ponce colaboró con la reportería.

Annie Correal reporta desde Estados Unidos y América Latina para el Times. Thalíe Ponce colaboró con la reportería.

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