Anuncios

Conduciendo con el señor Gil: un jubilado les enseña a las mujeres afganas las reglas de la carretera

Gil Howard, un profesor jubilado que emprendió una segunda carrera como profesor de autoescuela, mantiene una mano preparada en el freno de emergencia durante una clase con Bibifatima Akhundzada al volante, en Modesto, California, el 21 de febrero de 2024. (Rachel Bujalski/The New York Times).
Gil Howard, un profesor jubilado que emprendió una segunda carrera como profesor de autoescuela, mantiene una mano preparada en el freno de emergencia durante una clase con Bibifatima Akhundzada al volante, en Modesto, California, el 21 de febrero de 2024. (Rachel Bujalski/The New York Times).

MODESTO, California — Bibifatima Akhundzada conducía un Chevrolet Spark blanco por el centro de Modesto, California, una mañana reciente, practicando giros, frenadas y sorteando intersecciones.

“Sigue, sigue, sigue”, le decía su profesor de autoescuela mientras ella reducía la velocidad en un cruce abierto. “No pares. No pares”.

Su profesor era Gil Howard, un catedrático jubilado de 82 años al que le surgió una segunda carrera como profesor de manejo. Y no es un instructor cualquiera. En Modesto, es el profesor al que acuden las mujeres de Afganistán, donde la conducción está prohibida para casi todas ellas.

En los últimos años, Howard ha enseñado a casi 400 mujeres de la comunidad afgana de 5000 miembros en esa zona del Valle Central de California. Según la tradición local, gracias al “señor Gil”, como se le conoce en Modesto, hay más mujeres afganas que conducen en esta ciudad de 220.000 habitantes que en todo Afganistán.

Para muchos estadounidenses, aprender a conducir es un rito de iniciación, una habilidad asociada a la libertad. Para los inmigrantes afganos puede ser un salvavidas, sobre todo en ciudades donde las distancias son enormes y el transporte público limitado. Cuando Howard se dio cuenta de la diferencia que suponía conducir para las mujeres afganas, enseñarles se convirtió en una vocación, y empezó a ofrecer clases gratuitas.

Tiene una lista de espera de 50 personas y un teléfono móvil inundado de mensajes de personas que buscan plazas. Por una recomendación, hace poco alguien de Misuri le preguntó por su servicio.

Gil Howard, un profesor jubilado que emprendió una segunda carrera como profesor de autoescuela, ayuda a Khalida Noori a mantenerse centrada en un carril de la autopista, en Modesto, California, el 21 de febrero de 2024. (Rachel Bujalski/The New York Times).
Gil Howard, un profesor jubilado que emprendió una segunda carrera como profesor de autoescuela, ayuda a Khalida Noori a mantenerse centrada en un carril de la autopista, en Modesto, California, el 21 de febrero de 2024. (Rachel Bujalski/The New York Times).

Después de que los talibanes volvieron al poder en Afganistán en 2021 e instauraran un estricto régimen islámico, prohibieron a las niñas y a las mujeres ir a la escuela y a la universidad, así como conducir.

Pero incluso antes de la caída de Kabul, la mayoría de las mujeres afganas rara vez se ponían al volante. En la conservadora sociedad afgana, las mujeres suelen quedarse en casa, a menos que vayan acompañadas de un familiar varón.

En Estados Unidos, los afganos recién llegados tienden a preservar las costumbres religiosas y culturales: la mayoría de las mujeres llevan pañuelo en la cabeza, o hiyab. Muchas de las que aprenden inglés prefieren clases para mujeres exclusivamente. Las mujeres casadas que fueron entrevistadas para este artículo solo accedieron a ser fotografiadas si su marido lo consentía, y muchas dejaron que los hombres hablaran en su nombre.

Sin embargo, cuando se trata de conducir, muchas mujeres afganas están dispuestas a asimilarse a otra cultura, aunque no las oirás invocar la igualdad de género o la autonomía. ¿Su principal motivación? Ir de punto A a punto B.

“Mi objetivo era conducir para ayudar a la familia”, comentó Latifa Rahmatzada, de 36 años, que obtuvo su permiso de conducir en septiembre.

En Kabul, Rahmatzada, madre de tres niños pequeños, había estado confinada principalmente al recinto familiar. Ir de compras era cosa de hombres. En sus pocas salidas, la acompañaba su marido o un pariente varón.

A casi 12.070 kilómetros de distancia, en Modesto, no le costó convencer a su marido, Hassibullah, de que le diera luz verde para conducir. “La apoyé enseguida. Para mí era muy estresante hacerlo todo”, relató, y por eso se puso en contacto con Howard.

Ahora, mientras su marido hace turnos de nueve horas en Walmart, Rahmatzada suele conducir un Honda Accord de 1992 —había recorrido cerca de 305.775 kilómetros antes de que se lo donaran— hasta la escuela primaria de sus hijos, el supermercado y otros lugares de la ciudad.

Howard, que vive solo y tiene hijos adultos, se mudó a Modesto en 2012, tras décadas de impartir clases de investigación de operaciones y matemáticas en la Escuela Naval de Posgrado de Monterrey, California.

“Pensé que podría trabajar en mi jardín y viajar un poco”, aseguró.

Conmovido por las imágenes de migrantes que morían ahogados en sus intentos de cruzar el Mediterráneo y llegar a Occidente, Howard decidió trabajar como voluntario en World Relief, una organización sin ánimo de lucro que ayuda a asentar refugiados en Estados Unidos. Pronto se dedicó a amueblar departamentos para refugiados, llevarlos a citas y distribuir bicicletas de segunda mano.

Muchos de los refugiados habían huido de Afganistán después de que sus vidas se vieran amenazadas por trabajar con los soldados estadounidenses. Howard se interesó profundamente por algunas de las familias.

De manera inesperada, sus 65 años de experiencia como conductor le resultaron muy útiles.

En 2017, dos hermanas afganas que se habían instalado en la zona con su madre y su hermano pequeño le preguntaron si les enseñaría a conducir.

Howard les dio las primeras lecciones en un estacionamiento vacío.

“Nunca había visto a una mujer conduciendo un auto en Afganistán”, recordó Morsal Amini, de 24 años, una de las hermanas. “Aquí es muy difícil si no sabes conducir”.

“La D es para conducir, la R es para la reversa y la P es para estacionarse”, relató Amini que le explicó Howard.

En cuanto las hermanas dominaron las nociones básicas, empezaron a recorrer carreteras rurales y luego calles urbanas con su instructor, al que Amini describió como un “ángel, reconfortante y paciente”.

La demanda de sus clases se disparó después de que los talibanes se hicieron con el control de Afganistán en 2021, lo que provocó una nueva oleada de afganos evacuados a Estados Unidos, incluyendo a Modesto.

Para controlar su creciente lista de alumnos, Howard creó una hoja de cálculo en su teléfono móvil y dio prioridad a aquellos cuyos permisos de aprendiz estaban a punto de caducar.

Algunos días, da cinco clases seguidas, cada una de 90 minutos o dos horas.

Su único reparo, afirmó, es que le ha subido la presión por todo el aceite y la sal de la rica comida afgana que recibe de las estudiantes como muestra de su agradecimiento.

Un miércoles reciente, la segunda alumna del día de Howard era Zahra Ghausi, de 18 años, cuyo examen de conducir estaba previsto para la semana siguiente.

La universitaria circulaba por una calle residencial cuando se acercó a un colegio. “Cuidado con la velocidad”, le dijo Howard, con la mano apoyada sobre el freno de mano, por si acaso.

Le indicó que se incorporara a la autopista 99. A 105 km/h, Ghausi pasó a toda velocidad junto a los campos de almendros que bordeaban la autopista y cambió de carril para rebasar a un camión cargado de láminas de metal. El velocímetro marcaba 113 km/h.

“A ella no tengo que decirle ‘sigue, sigue, sigue’”, dijo Howard. “Ella va”.

Ghausi salió por Taylor Road y se dirigió a toda velocidad a la Universidad Estatal de California, en la cercana ciudad de Turlock.

“Me encanta conducir”, dijo al entrar en el campus. “También me encantan los autos deportivos. Ojalá algún día conduzca un auto de carreras”.

Más tarde, Howard regresó a Modesto. Había otra alumna esperando su clase.

c.2024 The New York Times Company