“Darle a la maquinita”: ¿la emisión monetaria realmente está causando la inflación en EE.UU.?

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El Estado norteamericano cubre algunos de sus gastos con emisión de moneda, un proceso conocido con el obsoleto término de “señoreaje”
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NUEVA YORK.- El lunes me divertí mucho con un tuit de Josh Mandel, el ultraderechista y trumpista candidato a senador por Ohio, donde declaraba su compromiso incondicional con los grandes valores norteamericanos: Dios, familia y el bitcoin. No tengo espacio para explayarme sobre todas las cosas que ha dicho Madel sobre el Bitcoin, que está realmente en el centro de su campaña electoral. Pero me impresionó mucho un tuit de octubre, donde parece asegurar que el “dinero fiat”, o sea lo que un gobierno decreta que sea dinero -el único respaldo que tiene cada dólar es que se trata de una moneda “de curso legal”, y la emisión de esos dólares es discrecional de la Reserva Federal- es un factor crucial del aumento del gasto impulsado por la inflación.

“Cuanto antes adoptemos todos el bitcoin como nuestra cuenta de ahorros cotidiana, más rápido impediremos que Biden y los Gastócratas sigan devaluando el dólar y licuando el ahorro de los estadounidenses. ¡Hagamos grande el ahorro otra vez!”.

Burlas aparte, ¿cuánto hay de verdad en esa afirmación? ¿El gobierno de Estados Unidos viene dándole a la maquinita para cubrir el déficit y, por lo tanto, la inflación?

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YUKI IWAMURA


El precio del combustible creció en los últimos meses en Estados Unidos; en la imagen, una estación de servicio de Nueva York (YUKI IWAMURA/)

En principio, la idea no es del todo absurda. Financiar el déficit con emisión, que a veces desemboca en hiperinflación, es algo que se ha hecho en muchos lugares y épocas distintas. Y tal vez valga la pena recordar cómo funciona, aunque más no sea para diferenciarlo de lo que realmente está ocurriendo en Estados Unidos en 2022.

El asunto de la hiperinflación funciona así: hay un gobierno que no puede endeudarse ni subir los impuestos para lograr cubrir sus gastos, entonces recurre a la maquinita y se pone a imprimir billetes para pagar sus cuentas. Esa emisión de dinero provoca un rápido incremento del dinero circulante, y por lo tanto genera más inflación.

Cuando la inflación es alta, cada billete es una papa caliente de la que hay que desprenderse lo antes posible, la velocidad de ese “circulante” se acelera de manera exponencial, y eso empuja los precios todavía más. El problema es que cuanto más se devalúa la moneda, más rápido tiene que darle el gobierno a la maquinita, para no quedarse atrás de la inflación y poder cubrir su déficit. Eso provoca más inflación, más aceleración, y la espiral desemboca en el caos.

Como todo el mundo conoce esta historia, la hiperinflación solo se da con gobiernos muy débiles, y en general en medio de una guerra o algún desastre. Y en Estados Unidos, el contexto actual no es ese. Más bien todo lo contrario: los inversores prácticamente le están rogando al gobierno que acepte su dinero, y eso que el rendimiento real de los bonos de la deuda del Tesoro norteamericano está muy por debajo de cero.

Sin embargo, el Estado norteamericano cubre algunos de sus gastos con emisión de moneda, un proceso conocido con el obsoleto término de “señoreaje”, que se deriva de la antigua tradición de los monarcas, que cobraban una comisión por acuñar monedas de oro y plata. Entonces, ¿qué tan grave es el “señoreaje” en el Estados Unidos actual?

Papelitos verdes

Lo cierto es que la pregunta es más peliaguda de lo que a simple vista parece. Cuando la gente habla de masa monetaria, suele incluir los depósitos bancarios, que no son creados por el gobierno. Históricamente, el “señoraje” se medía en función del aumento anual de la base monetaria: el dinero en manos de la gente sumado al encaje obligatorio de los bancos. Pero desde la crisis financiera de 2008, los bancos se convirtieron en tenedores voluntarios de un descomunal exceso de circulante -tal vez porque no les rinde prestarlo- y la Reserva Federal (Fed) viene pagando intereses por esa masa dinero, que queda convertida más en una deuda del gobierno que en fondos que el sector privado se vio obligado a aceptar.

Mi abordaje es que conviene enfocarse solo en los billetes -los papelitos verdes con la efigie de los expresidentes norteamericanos-, que representaban el 98% de la base monetaria hasta la crisis de 2008. Así que ¿cuántos billetes nuevos está poniendo en circulación el gobierno norteamericano? Para el año 2021, la respuesta ronda los 150.000 millones de dólares: menos que durante el último año de Trump.

Los consumidores norteamericanos experimentan una suba de precios de los alimentos. Justin Sullivan/Getty Images/AFP
JUSTIN SULLIVAN


Los consumidores norteamericanos experimentan una suba de precios de los alimentos. Justin Sullivan/Getty Images/AFP (JUSTIN SULLIVAN/)

No es tanto. Ya sé que 150 de acá y 150 de allá se van sumando hasta que empieza a importar. Pero representa una fracción mínima del déficit fiscal, y un grano de arena respecto del conjunto de la economía.

Ah, y en cuanto a los que afirman que al darle a la gente papeles verdes, en vez de oro o bitcoin, les están cobrando implícitamente un impuesto, ¿quién sería el que paga ese impuesto? Como señalé recientemente en otra columna, más del 80% del valor de los dólares circulantes está en billetes de 100.

No sabemos exactamente quiénes tienen esos billetes, pero no creo que sea la clase trabajadora norteamericana. Una parte significativa probablemente esté en manos de extranjeros: imprimir dinero para extranjeros que quieren esconder su patrimonio y sus actividades de sus respectivos gobiernos siempre ha sido una de las grandes exportaciones de Estados Unidos, aunque no de las más honorables.

Así que no, los norteamericanos de a pie no están siendo esquilmados por un gobierno que abusa de su poder para darle a la maquinita. La inflación de 2021 fue dura, aunque puede decirse que permitirla fue mejor que cualquiera de las alternativas. En cualquier caso, decir que nada de esto habría pasado su usáramos bitcoins es tan tonto como suena y no resiste el menor análisis.

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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