Una danza despiadada y letal se desarrolla en las trincheras del este de Ucrania

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Militares del Batallón Sich de los Cárpatos del Ejército ucraniano fuman cigarrillos en una base subterránea en la región de Járkov, en Ucrania, mientras esperan el cese del fuego de artillería en su posición, el miércoles 11 de mayo de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)
Militares del Batallón Sich de los Cárpatos del Ejército ucraniano fuman cigarrillos en una base subterránea en la región de Járkov, en Ucrania, mientras esperan el cese del fuego de artillería en su posición, el miércoles 11 de mayo de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)

El impacto de un proyectil de tanque agrietó el techo de yeso del búnker y causó que los hombres uniformados se alistaran para la batalla. Corrieron a ponerse chalecos antibalas y cascos y a amartillar armas automáticas. En medio de un crescendo de fuego de ametralladora, un militar de gran estatura se montó un lanzamisiles antitanque sobre un hombro y le dio una lenta calada a su cigarrillo.

Los rusos estaban cerca.

Los combates en el este de Ucrania se han producido principalmente a distancia: las fuerzas ucranianas y rusas se arrojan artillería entre sí, a veces desde decenas de kilómetros de distancia. Pero en algunos puntos a lo largo del zigzagueante frente oriental, el combate se ha convertido en una danza despiadada e íntima, en la que los combatientes de ambos bandos han podido ver atisbos fugaces de sus enemigos mientras hacen maniobras para controlar las colinas y los reductos improvisados en pueblos y aldeas destrozadas por los proyectiles.

El miércoles 11 de mayo se desarrolló una de esas danzas cuando una unidad rusa de unos 10 hombres ingresó a la aldea donde se habían atrincherado los militares de un contingente ucraniano, el Batallón Sich de los Cárpatos. Lo más probable es que las tropas rusas estaban allí para identificar posibles objetivos para el ataque de los tanques, incluido el que activó a los militares ucranianos a la batalla. Las fuerzas ucranianas identificaron a los militares rusos y abrieron fuego contra ellos, obligándolos a retroceder.

“Era un grupo de sabotaje, de inteligencia”, afirmó un combatiente de 30 años con el distintivo de llamada “Varsovia”, mientras jadeaba tras el breve tiroteo. “Nuestros muchachos no estaban dormidos y reaccionaron con rapidez, obligando al enemigo a huir”.

Así es la vida todos los días, a cada hora, para los combatientes del Batallón Sich de los Cárpatos, una unidad de voluntarios llamada así por las fuerzas militares de un Estado ucraniano independiente de breve duración creadas justo antes de la Segunda Guerra Mundial. El batallón, que está adjunto a la 93ª Brigada Mecanizada del Ejército ucraniano, está desplegado a lo largo de una serie de aldeas y tierras agrícolas atrincheradas en la región de Járkov y tiene la misión de contener a las fuerzas rusas que intentan avanzar desde su bastión en la ocupada ciudad ucraniana de Izium.

El batallón les dio permiso a un reportero y a una fotógrafa de The New York Times para que visitaran una posición en el frente de batalla con la condición de que no revelaran la ubicación precisa de su base. La mayoría de los militares acordaron identificarse solo por sus distintivos de llamada.

Militares del Batallón Sich de los Cárpatos del Ejército ucraniano se colocan su indumentaria en una base subterránea en la región de Járkov, en Ucrania, mientras esperan el cese del fuego de artillería en su posición, el miércoles 11 de mayo de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)
Militares del Batallón Sich de los Cárpatos del Ejército ucraniano se colocan su indumentaria en una base subterránea en la región de Járkov, en Ucrania, mientras esperan el cese del fuego de artillería en su posición, el miércoles 11 de mayo de 2022. (Lynsey Addario/The New York Times)

El batallón no ha enfrentado una pelea fácil.

El Ejército ruso ha desplegado una enorme fuerza a lo largo del frente en el este de Ucrania y ha hecho valer su abrumadora superioridad en tanques, aviones de guerra, helicópteros y artillería pesada.

Las máquinas de guerra rara vez permanecen en silencio por mucho tiempo. Los tanques en particular se han convertido en una amenaza seria, afirmaron los combatientes. A menudo, se acercan a menos de 2 kilómetros de las posiciones del batallón y generan un caos absoluto. En lo que va de mes, 13 militares del batallón han muerto y más de 60 han resultado heridos.

“Es una guerra completamente diferente a la que he visto en lugares como Afganistán o Irak”, dijo un coronel que se hacía llamar Mikhailo. “Es un combate duro. A nadie le importan las leyes de guerra. Bombardean pueblos pequeños, utilizan artillería prohibida”.

Muchos de los soldados del batallón tienen experiencia en la guerra de ocho años contra los separatistas respaldados por Rusia en el este de Ucrania y han visto combate en algunas de las batallas más intensas del conflicto. Sin embargo, la mayoría ya tenía años asentada en la vida civil.

Un militar alto y barbudo con el distintivo de llamada “Rusin” tiene un negocio de venta de bañeras en la región montañosa de Transcarpacia, en el oeste de Ucrania. Pero cuando Rusia invadió el 24 de febrero, Rusin se casó rápidamente con su novia —dijo que quería que alguien lo estuviera esperando en casa— y se dirigió a la guerra lleno de un sentido de misión.

“Entendemos que esta no es una guerra entre Ucrania y Rusia”, afirmó. “Esta es una guerra entre la pureza y la luz que existe en esta Tierra y la oscuridad. O detenemos esta horda y el mundo mejora o el mundo se llenará de la anarquía que ocurre dondequiera que haya guerra”.

Los combatientes del batallón se han instalado temporalmente en una especie de madriguera subterránea debajo de un edificio que en la actualidad está perforado por proyectiles de artillería. Las armas y cajas de municiones apiladas en los rincones están cubiertas del polvo de yeso que cae cada vez que impacta un proyectil cerca.

Además de los militares, el búnker está habitado por una colección de animales que también han buscado refugio de las bombas: varios perros pequeños y una cabra negra a la que le gusta hacer un desastre en el área de la cocina. El miércoles, Chevron, un enorme pastor alemán, dormía frente a una pila de lanzamisiles Javelin de fabricación estadounidense, ya fuera de sus estuches y listos para ser disparados.

Toda la región retumba con la guerra. Helicópteros de ataque Mi-8 que vuelan a baja altura comparten los cielos con aviones de combate que surcan la campiña, lo que provoca ocasionalmente incendios en los campos agrícolas cuando disparan bengalas para desviar misiles guiados por el calor.

El batallón es una mezcolanza. Está compuesto por combatientes de toda Ucrania y el mundo. Está Matej Prokes, un chico delgado de 18 años de la República Checa que tiene garabateado “Nacido para matar rusos” en el costado de su casco, pero que admite con cierta timidez que aún no ha disparado nada por primera vez. Elman Imanov, de 41 años, de Azerbaiyán, se sintió impulsado a luchar contra Rusia tras ver las atrocidades cometidas contra los no combatientes en Ucrania.

“Saqué a un niño de 4 meses de un apartamento en un piso nueve con mis propias manos”, afirmó, mientras desplegaba una reluciente hilera de dientes de oro bajo la dura luz fluorescente. “Nunca podré olvidarlo y nunca podré perdonar. Ese bebé no había visto nada, ¿de qué era culpable?”.

Y luego está un militar de 47 años con el distintivo de llamada “Prapor”, quien es exótico incluso para los estándares del batallón. Nacido en Siberia, Prapor tuvo una carrera completa en las fuerzas militares rusas antes de retirarse a principios de la década de 2000, aunque se negó a decir en cuáles guerras participó. Se unió a las fuerzas ucranianas cuando las tropas rusas comenzaron a bombardear Kiev.

“¿Qué puedo decir? Están bien preparados”, afirmó. “Pero el hecho de que hayan comenzado a matar civiles pacíficos y a saquear, es indecente”.

© 2022 The New York Times Company

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