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Días de victorias y rosas: la cobertura del Cosmos de Pelé

Al Pelé privado, al que ni siquiera sus admiradores más devotos llegaron a ver, le gustaba sentarse en la parte trasera del autobús.

Cuando el Cosmos de Nueva York se mudó al nuevo y magnífico Giants Stadium de Nueva Jersey en 1977, parecía que por fin, el equipo y el fútbol, lo habían logrado. Hasta entonces, el Cosmos rara vez había atraído a multitudes superiores a 15.000 espectadores; en la temporada de 1977, promedió más del doble de esa cifra y superó en tres ocasiones los 60.000 espectadores.

El cambio repentino se le pudo atribuir a un hombre: el incomparable Pelé, quien había salido de su retiro tres años antes, a la edad de 34 años, para unirse al Cosmos e intentar acelerar la popularidad del fútbol en Estados Unidos. La magistral maquinaria publicitaria de Warner Communications, la empresa dueña del equipo, amplificó el carisma personal de Pelé. Warner, la cual complementaba su equipo de fútbol plagado de jugadores de renombre con estrellas de sus sellos discográficos y cinematográficos, logró que los partidos del Cosmos tuvieran una alta demanda, agasajó a los jugadores del Cosmos en el Studio 54 y —al cubrir los gastos de una horda de medios políglotas de comunicación— generó un torbellino de publicidad en todas las ciudades de la liga que el equipo visitaba.

En los viajes por carretera de aquel entonces, el autobús del equipo transportaba a los jugadores, entrenadores, preparadores físicos y periodistas del aeropuerto al hotel y viceversa. El Cosmos tenía un puñado de otros brasileños, entre ellos Carlos Alberto, el capitán de los campeones del mundo de 1970, y en todos los viajes se sentaban juntos en la parte trasera del autobús, donde tamborileaban y cantaban. Los brasileños son capaces de crear un ritmo de samba en cualquier parte por eso las mesas y los descansabrazos de los innumerables autobuses rentados eran un buen territorio para el golpeteo. Y cada vez que empezaba la música, tras una rápida mirada por encima del hombro se podía ver a Pelé sentado entre sus compatriotas, con esa amplia y relajada sonrisa, tamborileando.

Cuando bajaba del autobús, Pelé entraba en otro mundo, uno que requería un manejo especial. Su compañero de equipo Franz Beckenbauer, la estrella alemana ganadora de la Copa del Mundo, alguna vez mencionó que le encantaba jugar y vivir en Nueva York porque podía pasear por la Quinta Avenida y nadie lo reconocía. La celebridad de Pelé no le permitía disfrutar esa libertad.

Había un guardaespaldas, Pedro Garay, que lo seguía a casi a todas partes adonde iba, así como un séquito de asistentes personales, ejecutivos de mercadotecnia y amigos. Durante los entrenamientos, este grupo estaba listo para satisfacer cualquier necesidad, desde reservar mesa en un restaurante y organizar un regalo hasta entregar un mensaje a su esposa, Rosemeri, y sus hijos.

En los raros momentos de conversaciones cara a cara, al parecer Pelé prefería hacer preguntas a su entrevistador en vez de hablar de sí mismo. En el caos de los vestidores después de los partidos —donde un día cualquiera, invitados famosos como Mick Jagger o Henry Kissinger podían estar circulando entre los jugadores, entrenadores y periodistas— respondía con paciencia a una ola de preguntas hasta que todos los periodistas, desde todos los ángulos, quedaban satisfechos.

Periodistas y simpatizantes rodean a Pelé, quien lleva el trofeo de campeón de la North American Soccer League de 1977, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, el 29 de agosto de 1977. (Chester Higgins Jr./The New York Times)
Periodistas y simpatizantes rodean a Pelé, quien lleva el trofeo de campeón de la North American Soccer League de 1977, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, el 29 de agosto de 1977. (Chester Higgins Jr./The New York Times)

En aquella época preinternet, decenas de periódicos, cadenas de radio y televisión, revistas y agencias de noticias enviaban a reporteros a ver a Pelé y al Cosmos y llenaban los palcos de prensa y los vestuarios con una mezcla vibrante de español, portugués, italiano, alemán, griego, turco, francés y diversas variedades de inglés.

La escena del vestidor era nueva para Pelé. Antes de fichar con el Cosmos, había respondido a las preguntas de los periodistas en ruedas de prensa después de los partidos o en entrevistas programadas. El resto del mundo del fútbol no tenía —y hasta la fecha no tiene— la costumbre estadounidense de admitir a los periodistas en los vestidores inmediatamente después de los partidos para conocer las reacciones de los jugadores.

Sin embargo, para vender el fútbol en Estados Unidos se necesitaban ajustes y Pelé —el campeón de este deporte— se lo tomaba todo con calma. Sereno como siempre, se sentaba en su cabina del vestidor, con una gruesa toalla blanca alrededor de la cintura, los pies deformes y de apariencia maltratada metidos en chanclas y respondía en un inglés genial pero entrecortado.

Pelé siempre tuvo problemas con el inglés. Lo intentaba, pero no le era fácil. En poco tiempo, aprendió a saludar a la gente que reconocía como "”mi amigo”: a veces porque había olvidado el nombre, a veces simplemente para expresar amabilidad.

Cuando tenía que expresar sentimientos más ásperos, su limitado inglés a menudo le ayudaba. Para criticar las tácticas, la alineación u otras decisiones de los entrenadores en el equipo, podía desahogarse con su viejo amigo e intérprete Julio Mazzei, conocido como el Profesor Mazzei, quien hablaba un inglés fluido y transmitía la queja. (Con el tiempo, el Cosmos convirtió a Mazzei en el director técnico del equipo). Y en el campo de entrenamiento, Pelé gritaba “¡Mira! ¡Mira!”, para señalar un pase mal colocado, o “¡Trabaja! ¡Trabaja!”, cuando consideraba que sus compañeros no se esforzaban lo suficiente.

Para 1977, cuando otras estrellas internacionales se unieron al equipo, estallaron algunos celos, un buen material para los chismes. Sin embargo, casi todos los compañeros de Pelé, en especial los más jóvenes, lo adoraban. Steve Hunt, un prometedor extremo inglés, acababa de cumplir 21 años cuando el Cosmos ganó el campeonato de la NASL de 1977, el último partido oficial de Pelé. Hunt marcó el primer gol y asistió en el gol de la victoria por 2-1 del Cosmos. Después, en un vestidor empapado y exaltado por la champaña, el joven Hunt lloró cuando valoró la medida de su contribución y espetó: “Ayudé a Pelé a ganar su último campeonato”.

No obstante, Pelé nunca exudó el ensimismamiento tan típico de las superestrellas. Hablaba sin parar con niños o gente de a pie, a menudo hasta que sus cuidadores tenían que alejarlo físicamente. Exudaba calidez y se deleitaba con la amabilidad de los pequeños gestos.

No mucho después de que el Cosmos se mudara al Giants Stadium, en junio de 1977, yo estaba en un entrenamiento entre semana, trabajando como redactora deportiva para el New York Daily News. Varios periodistas y yo estábamos platicando informalmente con Pelé, Mazzei y otras personas cuando alguien mencionó que era mi cumpleaños. “Feliz cumpleaños, mi amiga”, dijo Pelé, con esa famosa sonrisa.

Esa noche sonó el timbre de mi apartamento de Manhattan. Afuera había un repartidor con un enorme ramo de rosas rojas. Dentro del ramo había una pequeña tarjeta. En ella se leía: “Feliz cumpleaños, de Pelé”.

© 2022 The New York Times Company