‘Cuentos cubanos: isla y exilio’ selección de cuentos de Manuel C. Díaz

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Como casi todos los periodistas, Manuel C. Díaz suele compartir sus escritos en las redes sociales. Sin embargo, por mucho tiempo el escritor cubano –asiduo colaborador de el Nuevo Herald– se resistió a hacer lo mismo con sus trabajos de ficción. Eso a pesar de los elogios que recibía por la publicación de sus artículos de opinión, reseñas de libros y crónicas de viajes. Díaz opinaba que en estos tiempos casi nadie tiene paciencia para ponerse a leer en Facebook un relato de seis, ocho o diez cuartillas. Pero cuál no sería la sorpresa del autor cuando, tras decidirse a compartir un cuento inédito con sus seguidores –La visita–, en pocos días recibió tal cantidad de comentarios que lo llevaron a replantearse la opinión que hasta ese momento había sostenido. Ahora, pensando tal vez en los lectores que no conocen su obra, Díaz acaba de publicar Cuentos cubanos: isla y exilio, una selección donde por primera vez reúne sus mejores historias junto a otras que han permanecido inéditas. La visita es el cuento que encabeza dicha selección.

Pero, ¿qué aspecto de la cuentística de Manuel C. Díaz, en este caso de La visita, motivó una reacción tan masiva entre sus lectores digitales, como si en vez de un cuento hubiese publicado una foto de su último viaje a Madrid o Roma? Pienso que la principal virtud de su arte narrativo radica en la habilidad para integrar en una misma historia las experiencias individuales y las vivencias colectivas, los recuerdos personales y la evocación histórica, esto dentro de los consabidos límites del género y sus rigurosas leyes. Para lograr esa síntesis se requiere de un olfato especial en la selección de temas, ambientes y personajes, talento para el que Díaz parce estar especialmente dotado. Por ejemplo, tanto en La visita como en un cuento titulado El chorizo del capitán Maldonado, el autor relata los horrores del presidio político cubano sin recurrir a los tópicos que suelen hallarse en la literatura y el cine de temática carcelaria. La vieja máxima de que “menos es más”, tan afín a la narrativa breve, queda confirmada en estas historias que también reafirman lo que Juan Bosch explicaba con un aforismo: “La novela es extensa; el cuento es intenso”.

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La visita está protagonizada por una abuela y su nieta que viajan desde La Habana a Isla de Pinos para ver a un familiar que cumple una condena en el Presidio Modelo. La mayoría de los pasajeros de El Pinero, el barco que las conduce a “la isla”, hacen la travesía con el mismo propósito que ellas: pasar unas horas con sus seres queridos y ofrecerles la única comida decente que probarán en un mes. El chorizo del capitán Maldonado transcurre en el almacén de víveres de un campamento de trabajo forzado situado en las afueras de La Habana. El encargado del almacén es Agustín, un preso político que se ha acogido al Plan de Reeducación Penal, “un engendro soviético importando de las estepas siberianas” con el que las autoridades carcelarias aspiran a conjurar las ideas contrarrevolucionarias de los reclusos. El Plan ha creado una relación singular entre los victimarios y las víctimas, circunstancia que Agustín utiliza a su favor cuando decide ajusticiar al jefe del campamento, un capitán que a lo largo de los años se ha destacado por su crueldad y despotismo.

La experiencia del presidio político (Díaz pasó trece años en las cárceles de Castro), también está presente en As Time Goes By, la historia de un recluso que cada domingo entretiene a sus compañeros contándoles una película diferente, y en El parque de la fraternidad, que relata las últimas horas de un verdugo revolucionario que comenzó dirigiendo pelotones de fusilamiento en la Sierra Maestra y terminó en la Fortaleza de la Cabaña dándoles el tiro de gracia a miles de fusilados. Otras historias que se desarrollan en Cuba son Un paraíso bajo las estrellas, que aborda el tema del jineterismo, y La aparición de la virgen y El maremoto, dos cuentos que después se convirtieron en capítulos de La virgen del malecón, novela donde el autor imagina un escenario apocalíptico para el castrismo y el comienzo de una nueva era para Cuba.

El resto de los cuentos –Un obituario para Juan Vicente, La encomienda y Doña Josefa– se desarrollan en Miami o en un espacio onírico, una dimensión intermedia entre la isla y el destierro, como es el caso de La casona. La nostalgia, los conflictos familiares, la inminencia de la muerte y su llegada, son la materia de la que están compuestas estas historias inspiradas en la experiencia del llamado exilio histórico. Pocos escritores como Díaz han sabido retratar, con profundidad psicológica y sin sentimentalismo, los avatares de ese colectivo humano que le dio a Miami uno de sus sellos distintivos: la cubanidad.

Una voz tan autorizada como la de José Abreu Felippe, narrador, dramaturgo y poeta cubano, se ha referido a Manuel C. Díaz como uno de los cuentistas más importantes del destierro. Algo similar afirmaba el desaparecido periodista Agustín Tamargo, que fue el primero en celebrar la excelencia literaria del autor. En Cuentos cubanos: isla y exilio, los admiradores de Díaz se toparán con nuevas historias mientras que otros lectores tendrán la oportunidad de descubrirlo. Ninguno, de eso estoy seguro, quedará defraudado.

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