Por qué en Cuba no ha surgido un Gorbachov | Opinión

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A la salida del salón principal del restaurante Quanjude en Pekín hay una gran tarja de bronce que recuerda al visitante una anotación en el diario de Mao Zedong. El Gran Timonel señala que el Quanjude es una gloria de China y como tal debe existir por siempre. Mijaíl Gorbachov, por su parte, se limitó a participar en un comercial para McDonald’s.

Fidel Castro —quien por cierto comió en el Quanjude— decidió seguir tras las huellas de Mao y nunca las de Gorbachov. Un McDonald’s en la Plaza Roja, qué tiempos aquellos. Vladimir Putin ha terminado por complacerlo.

Castro escribió en 2012: “El alemán más revolucionario que he conocido fue Erich Honecker”. No era más que otra prueba del carácter reaccionario del fallecido gobernante cubano. El mandato de Honecker fue particularmente represivo para los alemanes orientales, que sufrieron los rigores de una Stasi más poderosa.

Lo más interesante venía después, al añadir Castro: “Me correspondió el privilegio de observar su conducta cuando este pagaba amargamente la deuda contraída por aquel que vendió su alma al diablo por unas pocas líneas de vodka”.

¿A quién se refería? Por la época, y por las diferencias de entonces, entre los gobiernos de la República Democrática Alemana (RDA) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), resultaba indudable que a Gorbachov. Pero la acusación de borrachín a quien cuadraba era a Yeltsin.

Difícil precisar si mezclar dos políticos tan disímiles obedecía a un desliz o a una actitud soez, aunque es totalmente secundario. Lo importante es que Fidel Castro elogiaba al retrógrado y denigraba al reformista. Hay que recordar que Honecker siempre se negó a poner en práctica las reformas que propugnaba Gorbachov.

No fue solo contra las reformas en la URSS que “reflexionó” Castro. El 9 de junio de igual año, en otro texto, citaba profusamente un artículo de la BBC, que bajo el título ¿Se desinfla la economía de China? presentaba un escenario de posible crisis económica en el país asiático. Al final, y en un único párrafo, Castro buscaba distanciarse del análisis demoledor de la BBC: “Estoy lejos de compartir este siniestro infundio yanqui sobre el destino de China”.

Pero entonces, ¿por qué lo incluía en un texto que comenzaba tratando otro tema? Y lo que es más importante: ¿por qué no lo analizaba y criticaba? Solo ese párrafo oportunista, en que hasta parece arrepentirse de lo que acaba de reproducir; que por cierto, no está tomado de la prensa “yanqui” sino la británica.

Nunca hasta entonces, desde que supuestamente renunció al poder, Fidel Castro había hecho tantas referencias reiterativas en contra de un pensamiento reformista. Que estas se manifestaran de forma indirecta no les restaba importancia, en un país donde es costumbre la lectura entre líneas y la interpretación de gestos.

¿Evidenciaba todo ello un desacuerdo o disputa entre Fidel y Raúl Castro? Siempre he tenido la sospecha que fue todo lo contrario, que el hermano mayor estaba protegiendo al más chiquito, para que no lo criticaran por no hacer más para cambiar la situación del país. Porque ningún Castro es reformista, ni el que murió ni el que está vivo.

Ni tengo esperanzas en el sucesor de dedo, incluso tras la muerte de Raúl. Acomodo a las circunstancias sí, verdadero reformismo no.

Entre equívocos e ilusiones construyó el régimen de La Habana su base de sustentación. Fue una opción arriesgada y poco promisoria, pero que en la práctica le brindó resultados excelentes, y nunca han pensado en cambiarla.

Las posibilidades del surgimiento de un reformista nunca dependen solo o principalmente del individuo, sino de las circunstancias —la situación del momento— y en la isla tanto el territorio como las fronteras conspiran para que ello no ocurra.

Por décadas Fidel Castro impidió el más mínimo avance de un verdadero movimiento reformista, e incluso en durante su deterioro físico persistió en detenerlo. El adaptarse al momento que practicó Raúl no significó un verdadero reformismo, sino simplemente muestras de conveniencia y temor.

En Cuba no ha surgido un Gorbachov —por favor, no me vengan con el cuento de Ochoa— ni parece posible que aparezca pronto en el escenario. Cabe la eventualidad de que primero surja un Putin.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.