¿Cuántas plantas hemos aniquilado? Cinco historias de extinción

Marion Renault
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Una página de la Gaceta Botánica de la Universidad de Chicago, de 1914, con fotografías de la Thismia americana tomadas por Norma E. Pfeiffer. (University of Chicago Press, vía JSTOR vía The New York Times)
Una página de la Gaceta Botánica de la Universidad de Chicago, de 1914, con fotografías de la Thismia americana tomadas por Norma E. Pfeiffer. (University of Chicago Press, vía JSTOR vía The New York Times)

No es fácil decir que algo en verdad se ha “extinguido”. Para empezar, una cantidad incalculable de criaturas —en especial las minúsculas, nocturnas o enigmáticas— han desaparecido antes de que los humanos siquiera las conocieran.

Y en cuanto los biólogos sospechan la extinción documentada de una especie, el reto se vuelve demostrar si ha desaparecido para siempre o tan solo se ha dejado de ver. Incluso cuando los científicos están un 99 por ciento seguros de que algo ya desapareció, tal vez nunca sepan si el fin de su existencia se debió a unos patógenos, una perturbación del hábitat, alguna especie invasora, el cambio climático u otra fuerza.

“Se tiene esta idea de que lo sabemos todo: conocemos nuestra flora y sabemos qué se ha extinguido”, comentó Anne Frances, botánica jefa de NatureServe, una organización que promueve la conservación de la naturaleza. Esa creencia no podría estar más equivocada, mencionó.

En un estudio publicado en agosto en Conservation Biology, Frances y otros quince investigadores de Estados Unidos cuantificaron cuántos árboles, arbustos, hierbas y plantas florales han desaparecido de Norteamérica desde el asentamiento europeo. Después de reunir información existente sobre las presuntas especies extintas y colaborar con botánicos locales para verificar los datos, el grupo acotó una lista de 65 especies, subespecies y variedades de plantas que se han perdido para siempre en la naturaleza.

Lo más seguro es que esa cifra sea un cálculo muy bajo, opinó Wes Knapp, botánico del Programa del Patrimonio Natural de Carolina del Norte y coautor del estudio. “Esas 65 no son ciento por ciento convincentes”, señaló. “Seguimos documentando lo que está en el campo, y nunca se puede demostrar con toda certeza una hipótesis de ‘extinto’”.

Después de todo, los científicos redescubren especies extintas todo el tiempo, y también descubren extinciones secretas que están escondidas en colecciones de museos de historia natural. “A los humanos les gusta poner cosas en categorías meticulosas, pero la naturaleza no se presenta así”, opinó Frances. “Cada una de las plantas en esta lista tiene su propio misterio”.

— Árbol de Franklin

A pesar del hecho de estar extinto, te puedes encontrar bastante con el Franklinia alatamaha. El árbol de Franklin, considerado “extinto en la naturaleza” —junto con otras seis plantas en la lista del estudio reciente— ahora solo existe en espacios cultivados como arboretos o jardines botánicos.

John Bartram, botánico del rey Jorge III en el continente americano, y su hijo, William, descubrieron la especie por primera vez (y la nombraron en honor a un amigo de la familia, Benjamin Franklin) después de toparse con el árbol desconocido a lo largo del río Altamaha en Georgia, en 1765.

En un giro afortunado, William regresó unos años más tarde para recolectar semillas y esquejes, y llevarlos a Filadelfia, donde floreció el primer árbol de Franklin cultivado en 1781. Un cuarto de siglo después, en 1803, la especie se vio por última vez en la naturaleza.

En la actualidad, todos los árboles de Franklin que quizá encuentres en cementerios, jardines y parques son descendientes de los cultivos de Bartram. “El objetivo no era evitar la extinción, pero lo logró”, comentó Knapp.

No se sabe bien cómo desapareció el árbol, aunque hay quienes han sugerido que un patógeno del algodón en la tierra, la recolección excesiva por parte de los viveros o un cambio en la frecuencia de los incendios regionales pudieron estar involucrados en su desaparición. “Llegamos a una conjetura; en realidad no tenemos ni idea de por qué desapareció”, admitió Knapp. “Pero lo puedes comprar si vas al lugar adecuado”.

— Marshallia de flores grandes

¿Cómo se puede perder para siempre una margarita de un metro de alto? Confundiéndola con otra flor. Al menos, eso sucedió con la Marshallia grandiflora, una planta con flores de gran tamaño que se recolectó por última vez en 1919.

Hasta ese año, a la especie, originaria de dos condados occidentales de Carolina del Norte, se le agrupó de manera incorrecta con una margarita distinta de una variedad más amplia.

Al comparar las Marshallias de la actualidad con especímenes herbarios más antiguos, tres botánicos se percataron de una diferencia extraordinaria en el tamaño y la forma. Para cuando se describió por primera vez en junio, la “nueva” especie ya se había extinguido hacía mucho tiempo, por razones desconocidas.

En los últimos 25 años, de una manera similar, también se descubrieron otras tres plantas extintas, incluidas en la lista del nuevo artículo, en colecciones de historia natural.

“Seguimos trabajando con ciencia básica para descifrar qué especie son”, comentó Alan Weakley, director del herbario de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, y coautor del estudio. “Sin duda, hay más especies sin describir en herbarios, recolectadas hace 100 años”.

— Una variedad pequeña del sello de Salomón

Tradicionalmente, los nativos estadounidenses comían los tallos verdes del sello de Salomón, una flor silvestre que pertenece a la misma familia del espárrago, o cocinaban sus raíces almidonadas para convertirlas en panes y sopas. En la actualidad, se sigue usando la especie en medicina herbolaria.

Aunque a la mayoría de los pequeños sellos de Salomón les va bien en la naturaleza, se presume que una de sus variedades, Polygonatum biflorum var. melleum, está extinta.

Los científicos no han llegado a un consenso para determinar si la variedad melleum, la cual se recolectó por última vez en 1930 y se considera oriunda de Míchigan y Ontario, en realidad es tan diferente como para ser categorizada aparte de los otros sellos de Salomón. “Todo está muy turbio; según los datos, podría ser real o no”, comentó Knapp. “Está en el límite”.

Aunque la variedad melleum cumplió los requisitos para aparecer en el artículo de agosto, la incertidumbre respecto de la existencia o el estatus de cientos de plantas la dejó fuera de la lista del estudio.

— Thismia americana

En 1912, Norma Etta Pfeiffer, una estudiante de posgrado de 24 años de la Universidad de Chicago, realizó un maravilloso descubrimiento botánico cerca del lago Calumet en Chicago: una planta verdaderamente diminuta adornada con flores del tamaño de cuentas de un collar.

La planta, que llamó Thismia americana, pertenece a un género raro que vive como un parásito de hongos subterráneos, a los que les roba la energía en vez de convertir la luz del sol por medio de la fotosíntesis.

“Son pequeñas, enigmáticas y en esencia subterráneas”, comentó Paul Marcum, botánico de la Encuesta de Historia Natural de Illinois. “Ni siquiera sabemos mucho sobre las que hemos descrito”.

Como casi dos de cada tres plantas en la lista del estudio de agosto, solo se sabe que la Thismia americana existió en un lugar, por eso era extremadamente vulnerable a cualquier cambio en el uso del suelo.

Poco después de que Pfeiffer encontró la planta de un centímetro de alto, un desarrollo industrial destruyó el sitio del descubrimiento.

Esto no ha evitado que generaciones posteriores de personas de Chicago la hayan buscado, aunque las guías que publica el Museo Field para los cazadores de la Thismia son de poca ayuda: “Dónde buscar: la verdad, no tenemos idea”. La especie no se ha visto desde 1916.

“Es el santo grial”, comentó Marcum. “No pierdo la esperanza de que siga por ahí. Creo que alguien que se ponga de rodillas en la tierra a buscarla con las manos tendrá suerte”.

— Manzanita franciscana

La Manzanita franciscana ha sobrevivido no una, sino varias clasificaciones de extinción. Durante casi 70 años, se asumió que la especie de arbusto, Arctostaphylos franciscana, se había extinguido en su hábitat tras ser aniquilada por las construcciones en el Presidio, un parque nacional en San Francisco.

Luego, en 2009, Daniel Gluesenkamp, el actual director ejecutivo de la Sociedad de Plantas Originarias de California, se topó con una Manzanita franciscana en un área de vegetación frondosa cerca del puente Golden Gate.

Por desgracia, el sitio de redescubrimiento quedaba directamente en el camino de un proyecto “listo para construcción”. “La mejor alternativa que teníamos era excavarla y moverla”, opinó Knapp. Los conservacionistas reubicaron el arbusto en un sitio protegido y comenzó a propagarse. Como el árbol de Franklin, en la actualidad, se considera que la Manzanita franciscana está extinta en la naturaleza.

“A una parte de mí le entristece que no hubiéramos logrado que existiera en su último hábitat natural”, comentó Knapp. “No es una gran solución, pero es mucho mejor a que estuviera extinta”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company