Preocupación por los trastornos cerebrales vistos en personas con síntomas leves de COVID

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Coronavirus y cerebro. (Imagen CC vista en Pixabay).
Coronavirus y cerebro. (Imagen CC vista en Pixabay).

A raíz de la pandemia actual de coronavirus, muchos han vuelto la vista atrás sobre el antecedente más grave sucedido en el último siglo: la mal llamada gripe española de 1918. Se cree que en las cuatro oleadas con las que atacó desde 1918 hasta 1920, aquel virus aviar del tipo H1N1 infectó a 500 millones de personas en todo el planeta, matando a entre 40 y 50 millones (250.000 de ellos en España).

Sin embargo, poco se ha hablado de las secuelas cerebrales que provocó aquel virus surgido en Estados Unidos, y traído a Europa por las tropas norteamericanas destinadas a Francia durante la Primera Guerra Mundial. Por desgracia, como digo se realizaron escasos trabajos sobre este campo al finalizar la pandemia.

Por fortuna algo ha cambiado y en los últimos años un puñado de investigadores han intentado recuperar toda la información posible consultando los archivos históricos. Entre ellos se encuentra el demógrafo histórico de la Universidad Metropolitana de Oslo Svenn-Erik Mamelund, que recolectó datos sobre ingresos en hospitales psiquiátricos ocurridos en Noruega entre los años 1872 y 1929.

Mamelund descubrió así que los datos de primeros ingresos de pacientes con trastornos mentales, atribuidos a la gripe de 1918, se incrementaron en un porcentaje anual de 7,2% durante los seis años que siguieron a la pandemia. Además, su trabajo señala que los supervivientes de la gripe española reportaron interrupciones del sueño, depresión, distracción mental, mareos y dificultades para centrarse en el trabajo. Otras revisiones históricas realizadas en los Estados Unidos, parecen mostrar una relación positiva (y significativa) entre las tasas de mortalidad vistas entre 1918 y 1920 y el suicidio.

¿Por qué os hablo ahora de las secuelas provocadas en el cerebro de los supervivientes por la influenza de 1918? La respuesta es que en los años venideros podríamos ver algo así entre los supervivientes del coronavirus de Wuhan, incluso aunque hubieran sufrido casos leves. Al menos eso es lo que parece indicar un trabajo recientemente publicado en la revista Brain por un equipo de neurólogos del University College de Londres (UCL)

Como siempre digo, estamos en una etapa demasiado temprana como para hablar seriamente de las secuelas futuras que provocará la COVID-19, ya que vivimos una oleada de pre-prints y estudios realizados sobre muestras de pacientes demasiado pequeñas como para confiar ciegamente en sus conclusiones. Este podría ser también el caso del trabajo publicado en Brain, en el que se ha estudiado únicamente a 40 pacientes infectados por COVID-19 durante los meses de abril y mayo.

Las conclusiones hablan de un aumento de una extraña enfermedad que provoca inflamación en el cerebro y la médula espinal, llamada encefalomielitis aguda diseminada (o Adem por sus siglas en inglés). Antes de la llegada del COVID-19, la incidencia media del Adem observada en el Instituto de Neurología del UCL era de un caso al mes. Durante los meses de abril y mayo de 2020, los casos ascendieron a dos o tres a la semana.

Una de las mujeres que participaron en el ensayo, de 59 años, falleció debido a complicaciones por esta enfermedad. Otra docena de pacientes mostró inflamación del sistema nervioso central, 10 más mostraron enfermedades cerebrales acompañadas de delirio o psicosis. Ocho de ellos tuvieron infartos cerebrales y otros ocho exhibieron problemas en los nervios periféricos. La mayoría de ellos fueron diagnosticados de síndrome Guillain-Barré, una reacción inmunológica que ataca a los nervios y provoca parálisis. Este síndrome es mortal en el 5% de los casos.

Representación gráfica del virus SARS-CoV-2 (Imagen creative commons vista en Wikipedia).
Representación gráfica del virus SARS-CoV-2 (Imagen creative commons vista en Wikipedia).

Los neurólogos británicos advierten que están observando afecciones cerebrales provocadas por el COVID-19 que no habían sido vistas con otros virus. Una de las cosas que más les han llamado la atención al observar a estos afectados por Adem y a otros pacientes, es que se puede sufrir daños neurológicos severos y estar muy enfermo, al mismo tiempo que se experimentan daños pulmonares muy leves.

Obviamente estos casos añaden preocupación sobre la clase de secuelas a largo plazo provocadas por el COVID-19 que veremos en el futuro, y que se suman a las más conocidas: fatiga, falta de aliento, entumecimiento, debilidad, problemas de memoria, etc.

Los testimonios de algunos de los pacientes participantes en el estudio realmente asustan. Se habla del caso de una señora de 55 años que no tenía historial psiquiátrico previo que comenzó a comportarse de manera extraña días después de recibir el alta hospitalaria. Al parecer se ponía y se quitaba su abrigo repetidamente y comenzó a reportar alucinaciones (veía monos y leones en su casa). Tras ser ingresada de nuevo y tratada con antisicóticos comenzó a recuperarse.

¿Entonces van a acabar locos todos los pacientes que se recuperaron del COVID-19, incluso en los casos más leves? Ni mucho menos, los daños cerebrales se han observado solo en un número bajo de infectados. Además, como he dicho el trabajo se basa en una muestra de pacientes muy pequeña, por lo que habrá que realizar estudios a mayor escala antes de preocupar a la población.

No obstante, el grupo de neurólogos responsables de este trabajo (que confían en que no se estén pasando por alto afecciones cerebrales que puedan aparecer de forma retardada en los años venideros) prefieren alertar a sus colegas de otras instituciones, para que mantengan los ojos abiertos y se preparen ante lo que podría venir.

Me enteré leyendo The Guardian.

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