Cómo al mundo se le pasó por alto la propagación asintomática del virus

David Kirkpatrick

MÚNICH.- Estaba a punto de salir a cenar, pero la frenó el llamado del laboratorio del gobierno con el sorprendente resultado del análisis: positivo. Era el 27 de enero, y la doctora Camilla Rothe acababa de descubrir el primer caso decoronavirus en Alemania . Pero el diagnóstico no tenía pies ni cabeza. La paciente, empresaria de una autopartista de la localidad, solo podía haberse contagiado de una persona: una colega de China que había estado de visita. Y esa colega no podía haber sido contagiosa.

A la visitante se la había visto en perfecto estado de salud durante su estadía en Alemania. Durante esos dos días de extenuantes reuniones de trabajo, no había tenido ni tos, ni fiebre, ni dolor corporal. Ni siquiera había estornudado. Tras volar de regreso a China empezó a sentirse mal y se lo comunicó a sus colegas. Días después, su testeo daba positivo: tenía coronavirus.

Por entonces, los científicos creían que solo las personas con síntomas contagiaban la enfermedad. Dieron por sentado que el nuevo coronavirus se comportaba como su primo genético, el SARS.

"Incluso estaban seguros los profesionales que saben mucho más que yo de coronavirus", recuerda Rothe, especialista en infectocontagiosas del Hospital Universitario de Múnich.

Pero si los expertos estaban equivocados y el virus podía propagarse también a través de portadores aparentemente sanos o de gente que todavía no había desarrollado síntomas, las consecuencias eran potencialmente catastróficas. Las campañas de concientización, los termómetros en los aeropuertos y el pedido de quedarse en casa para quienes se sintieran mal tal vez no frenarían los contagios, y quizá fuesen necesarias medidas más drásticas, como la orden de usar tapaboca o la restricción de los vuelos internacionales.

El Diamond Princess: la primera confirmación

La doctora Roth y sus colegas fueron de los primeros en advertírselo al mundo. Pero por más que los científicos seguían acumulando evidencias, las máximas autoridades sanitarias decían estar completamente convencidos de que el contagio a través de asintomáticos no era un problema.

En los días y semanas que siguieron, los políticos, las autoridades de salud pública y las instituciones académicas rivales desacreditaron o ignoraron al equipo de Múnich. Algunos incluso operaron activamente para debilitar esas advertencias en un momento crucial de la pandemia, justo cuando se estaba propagando inadvertidamente en las iglesias francesas, en los estadios del fútbol italiano y en los bares de los centros de esquí austríacos. Un crucero, el Diamond Princess, se convertiría en el primer heraldo negro del contagio asintomático.

Las entrevistas a médicos y funcionarios de salud de más de una docena de países demuestran que durante dos meses cruciales, y con creciente evidencia genética ante sus ojos, las autoridades sanitarias y los líderes políticos de Occidente ningunearon o negaron el riesgo del contagio asintomático. Las instituciones de salud más importantes del mundo, incluida la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC) daban recomendaciones contradictorias o que a veces incluso inducían al error. Un crucial debate sanitario que quedó reducido a una discusión semántica sobre cómo denominar a una persona infectada sin síntomas claros de la enfermedad.

Esa demora de dos meses fue producto de suposiciones científicas deficientes, de rivalidades académicas, y tal vez de algo todavía más importante: negarse a aceptar que las medidas drásticas eran inevitables para contener el virus. Esa negación ante la evidencia fue parte de la perezosa respuesta del mundo ante la crisis.

Es imposible calcular las pérdidas humanas atribuibles a esa demora, pero los modelos de simulación sugieren que con medidas más tempranas y drásticas se habrían salvado decenas de miles de vidas. A los países como Australia y Singapur, que hicieron testeos, rastreo de contactos, y aislaron de inmediato incluso a los viajeros aparentemente sanos, les fue comparativamente mucho mejor en términos de vidas humanas.

(Photo by Lesley MARTIN / AFP) (Photo by LESLEY MARTIN/AFP via Getty Images)

Ahora hay amplio consenso y se sabe que los asintomáticos contagian el virus, aunque queda la duda de cuánto contribuyeron a la propagación de la pandemia. Aunque las estimaciones varían, las simulaciones hechas con datos de Hong Kong , Singapur y China revelan que entre un 30 y un 60% de los contagios que provoca una persona se producen cuando no tiene síntomas.

"En mi opinión, era una verdad a todas luces evidente", dice Roth. "Me sorprende tanto revuelo, me resulta inexplicable."

Incluso hoy, con casi 10 millones de casos y 500.000 muertos alrededor del mundo, el Covid-19 sigue siendo un enigma irresuelto. Es demasiado pronto para saber si lo peor ya pasó o si está a punto de caer una segunda oleada de contagios a nivel global. Lo que sí queda claro es que un amplio surtido de países, desde los regímenes políticos más inescrutables hasta las democracias más pagadas de sí mismas, chapucearon su respuesta, juzgaron mal al virus e ignoraron sus propios planes para una eventual emergencia.

También resulta dolorosamente claro que el factor tiempo era un activo crucial para frenar el virus, y que gran parte de ese activo se desperdició.

"Si es verdad, estamos en problemas"

Pero el foco de Múnich no fue la única alarma desatendida.

Las autoridades sanitarias chinas ya habían advertido explícitamente que los infectados eran contagiosos desde antes de manifestar síntomas. Un colectivero japonés, por ejemplo, se contagió transportando a turistas aparentemente sanos provenientes de Wuhan.

Y para mediados de febrero, 355 de las personas a bordo del crucero Diamond Princess ya habían dado positivo, y solo una tercera parte de los pasajeros y tripulantes contagiados habían desarrollado síntomas de la enfermedad.

Pero las autoridades sanitarias internacionales sintieron que era peligroso difundir el riesgo de los "propagadores silenciosos", porque si los gobiernos veían que aislar a los enfermos y rastrear a sus contactos no alcanzaba para contener la pandemia, tal vez decidirían cancelar incluso esas medidas y directamente no hacer nada.

En Suecia y Gran Bretaña , por ejemplo, la discusión giró en torno a dejar correr el virus hasta que la población alcanzara la "inmunidad de rebaño". Los funcionarios de salud temían que ese enfoque provocara el desborde de los hospitales y dejara un tendal de muertos.

Para colmo, para prevenir la propagación silenciosa era necesaria una agresiva política de testeos que por entonces era inviable en muchos países.

"No es que tuviéramos demasiadas alternativas", dice el infectólogo canadiense Michael Libman. "Básicamente, el mensaje era este: si es verdad, estamos en problemas."

Las autoridades de salud europeas dicen no haber querido insistir sobre el tema de la propagación silenciosa porque la evidencia llegaba por goteo y las consecuencias de una falsa alarma habrían sido terribles. "Son informes que llegan a todo el mundo, y cuando se difunden es imposible frenar sus efectos", dice el doctor Josep Jansa, alto funcionario de salud de la Unión Europea .

Con el diario del lunes, puede decirse que las autoridades sanitarias deberían haber informado que el contagio a partir de pacientes asintomáticos se estaba produciendo y que todavía no había modo de saber qué incidencia tenía, dice el doctor Agoritsa Baka, funcionaria médica de la Unión Europea.

Pero hacerlo habría sido equivalente a una advertencia implícita para muchos países: que no estaban haciendo lo suficiente para frenar el brote.

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The New York Times

(Traducción Jaime Arrambide)