Coronavirus en la Argentina. Dos guerras en paralelo con lo peor de la crisis en el horizonte

Martín Rodríguez Yebra

Lo peor está por delante. Dos meses de cuarentena lograron contener el número de muertes por coronavirus, a costa de un desplome de la actividad a niveles históricos. Pero la rutina del encierro en los centros urbanos se irá extendiendo, en cuotas y con matices, por lo menos hasta finales de agosto, descuentan ya en el Gobierno.

El pico de contagios -y sus consecuencias angustiantes- está a la vista. El piso del desplome económico, en cambio, resulta aún inimaginable.

Alberto Fernández empezó a matizar el aire triunfalista al que lo empujaron las encuestas de imagen y la curva achatada. El diálogo con expertos y el análisis de la evolución de la pandemia lo invitan a elaborar mensajes más austeros que aquello de "estamos dominando al virus" o "vamos a terminar como Suecia". Para colmo, le toca lidiar con miserias políticas que en nada ayudan a quien está en el timón en medio de una tormenta que incluye nada menos que la caída en otro default de la deuda.

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Los epidemiólogos que lo aconsejan advirtieron que los niveles actuales de circulación del virus hacen muy difícil imaginar que podrá evitarse un incremento pronunciado de casos en junio. Si ya antes recomendaban firmeza en las medidas de aislamiento ahora insisten en que aflojar sería temerario. Quienes, fuera de ese claustro científico, le piden definir ya un plan para resucitar la economía se resignan a pasar un invierno hostil.

Atado ya a la lógica de limitar las muertes y después ver todo lo demás, Fernández decidió esperar a que termine el derrumbe antes de encarar la reconstrucción. No se conoce un plan real para desmontar la cuarentena, más allá de las fases trazadas en sus "filminas". Durará "todo lo que tenga que durar", como dijo anoche. Quien se lo discuta tendrá que enfrentarse a un fastidio manifiesto.

Su liderazgo, construido bajo la ilusión de una "guerra contra el virus", enfrentará las batallas de verdad en las próximas semanas, con foco excluyente en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Las armas serán encierro preventivo, más despliegue policial y una apelación al miedo para limitar todo lo posible los movimientos. La preocupación se agiganta por lo que pueda pasar en los barrios vulnerables, donde la disparada de casos supera las previsiones.

La coincidencia en que no se puede salir ahora de la cuarentena le permitió sellar una trabajosa alianza con Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof. El jefe porteño y el gobernador bonaerense viven conectados por el WhatsApp, pero no pueden ocultar su procedencia de mundos incompatibles.

A Fernández le tocó actuar de componedor para aplacar las acusaciones cotidianas del gobierno provincial a la Ciudad. Larreta se juramentó no contestar en público y tratar mano a mano con Kicillof, de un carácter mucho más afable en privado que cuando tiene un micrófono enfrente.

Son míticos los reproches que le hace en privado Kicillof a Larreta por críticas que le dedican en medios o en simples tuits de dirigentes del ala dura del Pro

La última discusión se centró en la reapertura de comercios en la Capital. "Kicillof nos pedía que cerráramos los negocios para que los habitantes de la provincia no vinieran a la ciudad. ¡Pero ellos tienen el poder de controlar a su gente en el transporte para que no salgan!", se quejó una fuente del gobierno porteño. En la provincia retrucan: "Nos mandan a hacer a nosotros el trabajo sucio de bajar a la gente del tren".

Limitado a una cuestión de quién paga el costo de restringir las libertades, Fernández terció por el punto medio de incrementar los retenes policiales en los accesos y el control en el transporte público. Y dar marcha atrás con la apertura de algunas actividades. La dinámica de "cerrar más que abrir" dominará las próximas semanas, al menos en el corazón económico del país que es el AMBA. El miedo aceitó el acuerdo. Hasta permitió el milagro de que Kicillof le diga en público "Horacio" a su colega porteño.

Tregua frágil

La tregua Kicillof-Larreta tiene una fragilidad de origen. Ninguno de los alinea detrás de sí a todo el amplio universo de los partidos que integran. Son ya míticos los reproches encendidos que el gobernador descarga sobre Larreta cuando se encuentran por declaraciones o simples tuits de dirigentes del ala dura del Pro con los que el jefe porteño tiene trato casi nulo. Y al gobernador le toca demasiado seguido corregir -no siempre del todo- a ministros de su gabinete cuya fuente de poder está fuera de la provincia.

El caso de Daniel Gollán, ministro de Salud bonaerense, fue el más notorio esta semana después de su acusación al gobierno porteño de ser el responsable de irradiar el virus. Se disculpó en persona ante Larreta, pero mantuvo la ambigüedad en el universo Twitter.

Otro que jugó al límite fue Sergio Berni, de Seguridad, al sugerir que podría bloquear los accesos de la Capital. También lo enmendaron. A Berni, sin embargo, en la ciudad lo valoran como "el más realista" del gobierno de Kicillof. Lo evalúan con el racional de Néstor Kirchner: miran lo que hace y no lo que dice. El ministro tiene a la policía bonaerense trabajando en un régimen especial por la pandemia: se dividen en turnos de 14 días, en los que una porción trabaja y otro hace "cuarentena". Sostiene que así tiene al "ejército sano y preparado" por si llega lo peor. Entiende "lo peor" como un brote de violencia social a raíz de las consecuencias de la crisis.

En la Casa Rosada minimizan ese riesgo. Destacan la enorme inyección de fondos estatales para pagar salarios y beneficios extraordinarios de la Anses. Juega también, y mucho, la red de contención desplegada por el peronismo en las zonas más vulnerables del país, sobre todo en el conurbano. "Nadie está fogoneando a la gente", admite un dirigente peronista que vivió estallidos del pasado, en épocas en la que su partido era oposición.

Así como esa falta de incentivo a la protesta parece irrefutable, también lo es que el desplome económico movilizó al kirchnerismo duro a una toma de posiciones que incomoda a Fernández.

La sombra de Cristina

Si el Presidente prefería calma para concentrarse en la pandemia, los socios que lo llevaron al gobierno decidieron marcar la cancha. Lo que algunos en las cercanías del poder llaman "la guerra inconfesable" con Cristina Kirchner.

Le guste o no a Fernández (nunca queda del todo claro), la celebración del estatismo avanza al ritmo de la crisis

Pasó con el proyecto del impuesto a la riqueza, resistido al principio por la Casa Rosada y avalado luego por Fernández.

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Mucho más curioso es lo que ocurre con la propuesta aireada por la diputada cristinista Fernanda Vallejos de que el Estado se quede con parte de las empresas que reciben asistencia por las consecuencias de la pandemia. El debate público que generó causó malestar incluso en Máximo Kirchner porque lo interpretó como un posible obstáculo (o competencia) para el proyecto del impuesto a las grandes fortunas que él sí promueve activamente, señalan fuentes del kirchnerismo. Pero aun así, dos ministros a los que los consultaron en público por el plan Vallejos -Claudio Moroni y Nicolás Trotta- respondieron que les parecía una idea interesante. Para evitar meterse en un terreno minado, terminaron por darle una entidad oficial a un proyecto que generó escándalo en el mundo empresarial y que nadie discutió previamente con el Presidente.

Le guste o no a Fernández (nunca queda del todo claro), la celebración del estatismo avanza al ritmo de la crisis. La dirigencia más cercana a Cristina Kirchner gana despachos y copa la agenda. A falta de un plan económico, el asistencialismo es el programa. Y allí pesan La Cámpora y las organizaciones sociales que reportan al Insituto Patria.

Desde esos sectores se animan a bombardear a funcionarios nacionales por sus políticas en la crisis. Le llueve fuego amigo a hombres de Fernández, como Daniel Arroyo, Matías Kulfas o Moroni (de quien el sindicalista Pablo Micheli dijo que "parece un ministro de Macri").

Los notan (¿a Fernández también?) tibios en el avance del Estado sobre lo privado. No falta quien percibe que es el momento de cumplir con aquella premisa frustrada del "vamos por todo". Ahora que, como dijo Kicillof casi celebratoriamente, "la normalidad no existe más".