Así consumían tus abuelos, y tal vez tú deberías volver a hacerlo

El consumo de usar y tirar es un invento relativamente reciente. Muy pocas generaciones han tenido la costumbre de que todo lo que compran pudiera irse a la basura mañana sin importarles. De hcho, fue hacia los 80 cuando esta costumbre empezó a generalizarse, y se instauró más profundamente en los 90, hasta llegar a nuestros días, en los que todos los productos de uso corriente tienen un envase de usar y tirar, cuando no es el mismo producto el que está diseñado para durar poco y acabar en la basura.

La ropa era eterna

Cuando pensamos en la frase popular “lo barato sale caro” podemos pensar fácilmente en cuánto nos cuesta la ropa que tenemos, cuál es su duración y cómo podríamos disponer de ropa que durase más. Más allá de las modas y los diseños, los tejidos de la mayoría de la ropa que consumimos ahora no están preparados para durar por generaciones, son productos textiles de usar y tirar.

Nuestros abuelos podrían estar utilizando un mismo abrigo, una camisa o un vestido durante años, e incluso décadas. No solo porque en épocas anteriores el carácter del vestir fue más austero e inmovilista en cuanto al estilo, que también, sino porque se trató de prendas muy bien fabricadas que mantenían al máximo su resistencia, tanto por la calidad de los tejidos como por las costuras con las que se confeccionaban.

Además, el ciclo de vida de la ropa no terminaba en un solo dueño. La ropa de los niños pasaba a los hermanos pequeños, y después a los primos. Esto pasaba también con la ropa de las madres a las hijas, que se atesoraba como auténticas herencias.

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Así consumían tus abuelos, y tal vez tú deberías volver a hacerlo

Cuando finalmente una camisa ya estaba inservible, un vestido o las propias sábanas de la cama, se hacían trapos con ella para las finalidades más diversas: para limpiar el polvo, para hacer manualidades, para hacer remiendos o para confeccionar otras prendas. La ropa nunca moría del todo.

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Menos impulsividad, más planificación

Otra frase popular actual que explica muy bien cómo consumimos en hoy viene de una canción de Queen, y es la siguiente: “lo quiero todo y lo quiero ahora” (“I want it all and I want it now). 

Por ese motivo los productos y servicios cada vez son más rápidos. Las entregas de compras online ya no tardan un par de semanas, sino que se entregan en el acto si pagas un extra. La música y el cine se puede ver online sin esperar a ser comprada en una tienda física, la comida viene a tu casa velozmente, los productos llegan a tu mercado aunque no estén en temporada y existe una interminable oferta de comida preparada y empaquetada disponible para que consumas en cualquier sitio y a cualquier hora.

De esta forma los procesos de producción se aceleran, disparan la necesidad de empaquetados de plástico y cartón, y se genera una dinámica de consumo veloz y voraz, incidiendo directamente sobre la huella de carbono de nuestros hábitos comunes de alimentación y ocio.

Además, cuanto más se normaliza el hábito de consumir, más consumimos, y menos nos pensamos gastos superiores y de mayor impacto en nuestra economía. Si pagar productos online es un acto común para encargar comida diariamente, pagar suscripciones a streaming o para abonar entradas de espectáculo, tendremos más fácil hacer gastos superiores como unos vuelos en avión o tecnología de mayor importe.

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La electricidad es un bien preciado

No malgastar en el recibo de la luz, agua o teléfono parecía una de las obsesiones de nuestros abuelos. Pero poco a poco los hábitos de consumo nos han ido des-enseñando que no debemos ser muy rigurosos con el gasto. Sin duda ese consejo no es en nuestro favor, sino que favorece un mayor consumo. Los dispositivos electrónicos cada vez están más basados en un concepto “always on”, que implica que no se encienden solo cuando son necesarios, sino que siempre están disponibles.

Uno de los principios más rupturistas de la tecnología fue la llegada de las tablets, cuando dejamos de entender que un “ordenador” debe apagarse cuando no se utiliza, y se mantiene siempre encendido, en reposo. Se ha demostrado que no solo todos los aparatos en reposo consumen energía (y por tanto están malgastándola), sino que los que parecen apagados pero tienen un modo de encendido rápido (como la televisión) también consumen una cantidad importante de energía eléctrica mientras no producen ningún efecto.

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