El poco conocido síndrome por el que algunas personas no toleran el ruido de otra masticando o roncando

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Día Internacional de la Concientización sobre el Ruido
Son muchas las personas que dicen que algunos sonidos específicos las vuelven locas y las hacen estallar

NUEVA YORK.– Soy una persona bastante tranquila. Lo único que me saca de quicio es escuchar masticar a mi marido. No sabría decir si su forma de masticar es demostrablemente distinta de la de otras personas, salvo por el hecho de que debo escucharlo todos los días. Pero de lo que estoy segura es de que SU sonido al masticar es el único que me despierta un deseo irrefrenable de rebolear los platos contra la pared.

Y cuando a eso se suma la succión de algún líquido –se me viene a la cabeza un plato de sopa– quedó directamente catatónica. Por lo general, no puedo evitar hacer algún comentario, del estilo, “¡Por Dios! ¿No podés masticar sin hacer tanto ruido?” Y a continuación me escapo a otra parte de la casa para no terminar haciendo algo de lo que después me arrepienta.

Son muchas las personas que dicen que algunos sonidos específicos –con frecuencia, aunque no siempre, hechos por personas específicas– las vuelven locas y las hacen estallar. Hace unos días, cuando hice un sondeo entre mis seguidores en Instagram, más del 65% comentó sobre los sonidos de origen humano que los sacan de quicio, desde masticar, sorber y tragar, hasta hacer globos con el chicle, respirar por la boca o suspirar.

Nunca consulté con el médico por mi rechazo visceral al ruido de masticar, y probablemente no lo haga, porque mi sensación no es tan terrible y logro controlar mi reacción, pero es un fenómeno del que se habla cada vez más. Es muy probable que sufra de misofonía, un síndrome poco conocido y descripto por primera vez a principios de la década de 2000, que se caracteriza por una fuerte reacción emocional negativa a ciertos estímulos sonoros o visuales en determinados contextos.

Ruidos como el de alguien comiendo papitas fritas pueden desencadenar la ira de alguien con misofonía.
Ruidos como el de alguien comiendo papitas fritas pueden desencadenar la ira de un paciente con misofonía

La investigación sobre las causas de la misofonía todavía está en pañales, y es difícil recolectar datos y estimaciones de la cantidad de gente que la sufre, pero el interés por el tema va en aumento. “Quienes hayan tratado a algún paciente con misofonía, y por supuesto quienes la experimentaron, conocen la verdadera incidencia de este problema en la vida diaria”, dice Eric Storch, psicólogo clínico de la Escuela de Medicina Baylor, en Houston.

Los estudios realizados hasta el momento revelan que en las personas con misofonía algunos sonidos disparan rápidamente una respuesta automática del sistema nervioso, la parte del cuerpo que desata ese impulso involuntario de “pelear o escapar”, aunque no generan ninguna reacción en las personas que no tienen ese trastorno. “Está fuera de la esfera de la consciencia”, y por eso es tan difícil de controlar, explica Jennifer Jo Brout, psicóloga y directora de la Red Internacional de Investigación de la Misofonía. “La persona se pregunta qué le pasa, por qué tiene esa reacción si siempre fue una persona tranquila”, añade.

Las investigaciones identificaron las diversas regiones cerebrales que intervienen en el fenómeno de la misofonía, incluida la ínsula anterior, que es el área donde se procesan el temor, la ansiedad y el rechazo. Es posible que el cerebro de las personas con misofonía sea como “un sistema de alarma hipersensible”, que interpreta sonidos específicos inofensivos como una amenaza, describe Zach Rosenthal, psicólogo clínico y director del flamante Centro de Misofonía y Regulación Emocional de la Universidad Duke. El especialista recuerda que un paciente una vez le describió su sensación con mucha claridad: “Es como si de pronto sintieras que al lado tuyo tenés sentado a un terrible oso gris, y tu cuerpo reacciona automáticamente”.

Esto es lo que conviene saber sobre la misofonía:

1) Primero, entender qué es misofonía y qué no lo es

El sonido de alguien al masticar o tragar puede irritar a cualquiera, así que ¿cómo determinar si nuestra reacción es tan fuerte que puede ser síntoma de misofonía? Storch dice que lo importante es la intensidad de la reacción y hasta qué punto interfiere y se convierte en una molestia en nuestra vida diaria. Si nos molesta un poco el sonido que hace alguien al masticar, bueno, al fin y al cabo somos humanos. Si ese sonido te enoja tanto que te genera violencia o ganas de lastimar a alguien, puede ser misofonía.

Emily Boyer, abogada de Atlanta y amiga mía desde hace mucho, me contó que el sonido de los bolígrafos retráctiles y los ruidos de masticación la enfurecen y distraen tanto que, cuando tuvo que rendir examen en una sala de reuniones llena de gente, se llevó tapones para los oídos. ¿Su peor pesadilla?: el sonido que hace su marido cuando mastica hielo. Por lo general, le pide que se detenga, pero con alguna broma para no generar tensión.

Los ruidos molestos de los vecinos
En las personas con misofonía algunos sonidos disparan rápidamente una respuesta automática del sistema nervioso

Los síntomas de la misofonía se activan ante todo tipo de sonidos y estímulos visuales, y no solo por ruidos hechos con la boca. El tamborileo de dedos o de lapiceras, o el temblor de manos también pueden desatar una reacción, dice Storch. Sin embargo, los disparadores más frecuentes son los ruidos de nariz, boca y garganta: masticar, carraspear, suspirar, resoplar, roncar o estornudar.

Hay otros cuadros clínicos que pueden confundirse con la misofonía, señala Rosenthal. Algunas personas creen tener misofonía cuando en realidad son hiperacúsicos, un desorden de la audición que hace que todos los sonidos parezcan intolerablemente fuertes. A veces la misofonía también es confundida con algún desorden obsesivo compulsivo, trastorno de ansiedad o trastorno de procesamiento sensorial, agrega Rosenthal. Aunque son todas patologías distintas, las personas con misofonía podrían ser más proclives a sufrir también de esas otras condiciones médicas.

2) Contárselo a nuestros seres queridos

Si los sonidos que hace su pareja sacan sus instintos asesinos, intente hablarlo, sugiere Rosenthal. Podemos explicarle que la cabeza de cada uno funciona de manera diferente y que somos particularmente sensibles a ciertos sonidos que él o ella suelen hacer. También podemos agregar que no son elecciones conscientes y pedir comprensión si necesitamos alejarnos o comer por separado.

Un consejo basado en mi experiencia personal: hay que tratar de no culpar a la otra persona por respirar o masticar demasiado fuerte. Lo que nos ocurre no es culpa de ellos, y pedirles que hagan menos ruido probablemente no sirva de nada, porque por lo general estas reacciones no tienen que ver con el volumen o intensidad del sonido. Tampoco ayuda cuando el “masticador” en cuestión deja entrever que la persona con misofonía está exagerando (tampoco es culpa nuestra). Cuando encuesté a mis seguidores de Instagram, muchos ellos dijeron que sus seres queridos ningunearon o se burlaron de sus reacciones.

“Nadie con misofonía quiere tener misofonía –dice Rosenthal–. Nadie elige irritarse, no funciona así”.

3) Infórmese y vea si las soluciones simples ayudan

Para quienes sospechan que pueden tener misofonía, Rosenthal sugiere consultar los sitios web Misophonia Education y Soquiet.org, que brindan recursos y material informativo sobre el tema.

Reprimir las reacciones viscerales de la misofonía es difícil, pero los expertos afirman que hay métodos para aplacar la ira. Brout dice que alejarse del elemento disparador, aunque sean 30 segundos, ayuda a calmarse. Cuando vemos que una situación puede desencadenar ese tipo de repuesta, también se recomiendan ejercicios como la respiración en cuatro tiempos, o “respiración cuadrada”, la misma que se usa para controlar la ansiedad.

Storch agrega que los ejercicios de ensueño dirigido –cerrar los ojos e imaginarse en un entorno tranquilo y pacífico– también son útiles, al igual que poner música o ruido blanco de fondo para ahogar los sonidos y atenuar sus efectos.

4) Evalúe consultar con un terapeuta cognitivo conductual

Si las soluciones simples no funcionan, tanto Rosenthal como Storch señalan que la terapia cognitiva conductual pueden ser de mucha ayuda, en parte porque está enfocada en desarrollar “estrategias de afrontamiento”. Como hay muy pocos psicólogos especializados en el tratamiento de esta afección, Rosenthal sugiere buscar un terapeuta con experiencia en una variedad amplia de afecciones de salud mental.

Rosenthal aconseja describir los síntomas con el mayor detalle posible, en vez de arrancar diciendo “Tengo misofonía”, para que los terapeutas que no están familiarizados con la afección puedan entender sin preconceptos lo que está pasando. Lo que hay que explicar es que reaccionamos con ira y ansiedad ante ciertos sonidos, que esas reacciones nos complican la vida y que necesitamos ayuda con eso.

En cuanto a mí, me alivia saber que no soy la única que tiene estos síntomas aparentemente extraños y que hay soluciones y tratamientos que puedo intentar. La próxima vez que me embargue la furia inducida por la masticación, me alejaré del sonido y me concentraré en mi respiración, o tal vez me ponga a escuchar de fondo mis canciones favoritas.

Por Melinda Wenner Moyer

(Traducción de Jaime Arrambide)