Clases en la ciudad: Teles encendidas hasta tarde, chicos alegres y una jornada muy atípica

Evangelina Himitian
·6  min de lectura
Alumnos llegando al Colegio instituto Carlos Steeb de  Villa del parque
Silvana Colombo

Cuando se enteró de que se suspendían las clases, Melina Salinas Faentino, de siete años, alumna del Instituto Carlos Steeb, de Villa del Parque, le rogó a su mamá, entre lágrimas, que hiciera algo: “¡Mamá, no! ¡Por favor, un día más, aunque sea! ¡Un día más que me dejen ir al colegio”. Esta mañana, la historia cambió. Anoche, Melina y Ramiro, su hermano, de 10 años, esperaron despiertos el anuncio del jefe de Gobierno. Estallaron de alegría, como si fuera un gol en la final del Mundial cuando anunciaron que había clases. Y se fueron a dormir sin chistar. Esta mañana, saltaron de la cama y se vistieron solos. Desayunaron y antes de que Cynthia, la mamá, les dijera “vamos”, ya tenían su barbijo puesto y la mochila al hombro. “ Nunca los vi salir con tanta alegría para la escuela ”, cuenta.

El jueves pasado, la historia era otra. Ante el pedido desgarrador de su hija de tener aunque fuera un día más de clases, Cynthia sintió impotencia. Y cuando el Presidente confirmó la suspensión de las clases, un grupo de padres empezó a organizar un abrazo al colegio, como parte de la convocatoria que había lanzado Padres Organizados. Necesitaban visibilizar de alguna manera lo que les estaba pasando a sus hijos.

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“Ramiro, el más grande, el año pasado la pasó mal. Había empezado a desarrollar tocs y cuando empezó a tener actividades físicas y recreativas se le fueron. Pero la semana pasada, cuando le dijimos que se suspendían las clases de vuelta, otra vez empezó con movimientos repetitivos en los pies. Hoy todavía los tiene, porque no se va de un día para el otro. Ahora tenemos que ayudarlo, trabajar con él para que pueda dejarlos. Por eso, la noticia de que volvían las clases, nos puso tan felices a todos. A los papás y a los chicos. Ellos necesitan ir al colegio. Necesitan estar con sus compañeros en un entorno cuidado . Ya se les cortaron también las actividades recreativas, ¡pero el colegio no, por favor!, dice la mamá.

Alumnos llegando al Colegio instituto Carlos Steeb de  Villa del parque
Silvana Colombo


Melina Salinas Faentino, llegando a clases con Cynthia, su mamá (Silvana Colombo/)

Esta mañana, mientras los chicos entraban al colegio, las madres no podían ocultar la sonrisa debajo del barbijo, que se les irradiaba a los ojos. “Los chicos están felices de volver. Yo intenté mantenerlos al margen de la polémica. Pero estaban ansiosos anoche por saber qué pasaba. Y esta mañana, cuando se enteraron, se levantaron muy contentos”, cuenta Romina, la mamá de Bruno Pino, de siete años mientras su hijo entra a clases. “En casa vivimos distintas situaciones. El año pasado fueron muchas horas de Play y de tablet. Muchas horas de espera. Y, sin dudas, el colegio es el mejor lugar donde pueden estar mis hijos”, asegura.

“¿Papá, qué es el transporte público?”, le preguntó Julieta Scialfa, de cinco años a Adrián, su papá, mientras intentaba decodificar lo que estaba diciendo el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, tras el fallo que habilitó las clases. “ ¿Entonces, mañana voy al jardín? ”, insistió. ¡Sí!, fue la respuesta y estalló el festejo. Esta mañana, antes de las 8.30, Julieta era de las primeras en entrar al jardín del Devoto School. “Vino muy contenta. Y nosotros también estamos emocionados. Habíamos organizado un abrazo al colegio porque queremos que los chicos no pierdan más días de clase. Y ahora estamos todos muy felices. Esperemos que nadie revierta esta decisión, porque es lo mejor para ellos”, dice Verónica, la madre, en la puerta de la escuela.

Alumnos llegando al Colegio instituto Carlos Steeb de  Villa del parque
Silvana Colombo


Bruno Pino, de 7 años, con su mamá (Silvana Colombo/)

La alegría de los chicos y de los padres era compartida por los docentes. El ánimo era festivo, como un día de acto. Los padres mismos se recordaban unos a otros, que no había que quedarse hablando en la puerta. “¿Lo de la marcha a Olivos se canceló, no?”, preguntaba un padre a otro. Sí, sí, fue la respuesta. Si bien para ellos se canceló, estudiantes de secundario del conurbano hicieron el reclamo.

En la ciudad de Buenos Aires, los alumnos de algunos colegios volvieron a las aulas, con un ingreso escalonado. Aunque por el paro docente, muchos colegios públicos no dictaron clases, entre los privados la situación estuvo repartida. Sobre todo, porque como los anuncios se hicieron tarde, los directivos de las escuelas no llegaron a organizar en muchos casos el regreso a la presencialidad, cosa que harán mañana.

Por eso, la ciudad vive en estas horas un día atípico, en el que se ven chicos con mochilas, uniformes o guardapolvos yendo a clases y otros conectados desde sus casas a las actividades y esperando para retomar mañana.

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La felicidad de los chicos y el alivio de los padres por poder volver era evidente. “¡Volviste!”, festejó la vicedirectora, cuando vio que Amanda Marquez, de seis años, volvía con su certificado de alta, después de haber estado aislada por dos semanas. “¡Volvimos!”, festejaban las madres en la puerta. La noticia del regreso era muy esperada por Amanda. Después de haber faltado por 15 días, la semana pasada se enteró de que por otras dos semanas no iba a tener clases presenciales. Esta mañana se levantó sin demoras, se vistió y apuró el paso para llegar temprano. “Estoy muy feliz”, le dijo a la mamá antes de entrar.

En algunos colegios, los padres que se habían autoconvocado para hacer un abrazo, cuando se creía que no arrancaban las clases, se encontraron en la puerta del colegio para festejar solapadamente. En algunos casos, como en ORT de Núñez, el abrazo se reemplazó por un aplauso bocinazo, a medida que entraban los chicos a clase. ¡Aunque sea un día más que me dejen ir al colegio!, el llanto de Melina, de 7 años que hoy se convirtió en festejo. En otros casos, fue un aplauso para docentes y para la comunidad educativa por la lucha para sostener la presencialidad. “A medida que los chicos entraban a clase, los padres aplaudíamos. Fue emocionante”, contó Valeria P, madre de Leo, alumno de un colegio de Villa Urquiza. “Para los chicos, la escuela cumple un rol socializador. Y ellos necesitan socializar, en burbujas, como sea. Quieren ir a jugar con sus compañeros. Esta mañana entraron con mucha distancia social, y respetando todos los protocolos, pero contentos de volver a clases. En el chat de madres muchas contaban que hasta la noche anterior, los chicos lloraban, que no querían comer. Todo esto afecta mucho”, cuenta. Leo está en segundo grado y va a clases con un maestro integrador. “Para él son fundamentales las clases presenciales. No es como dice el presidente que no entienden lo que pasa. Necesita a su maestro porque es como su traductor, la persona que lo ayuda a entender lo que tiene que hacer. Para ellos, la escuela no solo tiene un rol educador, socializados sino que también es terapéutico”, cuenta Valeria.

“Mi hija mayor, Ana, de 17 años, que esta en quinto año, estaba muy mal cuando se enteró de la suspensión de las clase. El jueves se puso a llorar. Dice que en las clases virtuales no aprenden lo mismo que en las presenciales, que son agotadoras, que la interacción no existe ni con compañeros ni con profesores. Además, es justo quinto año y ella pensó terminarlo de determinada manera y esto no está ayudando. Es muy difícil estar desde las 7.30 a las 16, prestando En la Escuela de Comercio Número 2 Antonio Bermejo, en Riobamba al 600, los padres decidieron sostener de todas formas el abrazo al colegio.atención todo el día”, asegura Valeria.