Las cicatrices del régimen del Estado Islámico son muy profundas para la hija de una militante estadounidense

Edificios en ruinas después del régimen del Estado Islámico en Raqqa, Siria, el 13 de junio de 2018. (Ivor Prickett/The New York Times)
Edificios en ruinas después del régimen del Estado Islámico en Raqqa, Siria, el 13 de junio de 2018. (Ivor Prickett/The New York Times)

ALEXANDRIA, Virginia — Leyla Ekren, una chica tranquila pero valiente de la zona rural de Kansas, perdió su infancia en Siria, donde su madre la llevó tras el estallido de la guerra hace más de una década.

Incluso cuando enfermó de fiebre tifoidea, su madre, una militante aguerrida que escalaba los peldaños de la jerarquía del Estado Islámico, le exigía que llevara a cabo un adiestramiento militar. Cuando el delirio y el dolor le invadieron la mente y el cuerpo, Leyla, quien entonces tenía 10 años, vio que su ánimo decaía y lo único que quería era morirse.

“Estaba cada vez más cerca de la muerte y mi mente comenzaba a deteriorase”, comentó. “Las costillas se me veían a través de la piel como si fueran una escalera. El estómago se me hundía y parecía un cuenco. La nariz me sangraba todo el tiempo. Me daban convulsiones imprevistas conforme el cuerpo se me comenzaba a desmoronar y mi madre no hacía nada”.

Leyla pudo sobrevivir, pero su madre, Allison Fluke-Ekren, volvió a someterla a su voluntad y cuando tenía 13 años la obligó a casarse con un combatiente del Estado Islámico que la violaba. En el otoño de 2017, con la ayuda del gobierno de Estados Unidos, Leyla, quien llevaba varios meses de embarazo y todavía era una adolescente, logró llegar a su casa de Kansas, donde dio a luz.

Se conocen muy bien las atrocidades que llevó a cabo el Estado Islámico en Siria, pero esta historia, avalada por entrevistas, testimonios y expedientes judiciales, es un relato excepcional del maltrato sufrido por una chica a manos de su madre. Así de excepcional fue su deseo de ayudar a que los investigadores federales localizaran a Fluke-Ekren, a quien trasladaron en enero a Estados Unidos para que enfrentara las acusaciones y, meses más tarde, se declarara culpable de brindar ayuda material a una organización terrorista.

Años después de que Estados Unidos proclamara su victoria en Siria, el daño causado por el Estado Islámico sigue teniendo repercusiones en lugares tan alejados como Overbrook, Kansas, un pueblito en las colinas suavemente onduladas de las afueras de Topeka. El relato de Leyla pone de manifiesto la profundidad de esas cicatrices y nos recuerda que el extremo sufrimiento en Siria no solo se quedó en Medio Oriente.

El martes, Leyla Ekren, quien ahora tiene 20 años, contó su historia por primera vez en público al ver que un juez federal de Virginia del Norte sentenciaba a su madre a una condena máxima de 20 años en la cárcel. Con estremecimiento, Ekren relató cómo su madre la maltrataba en Siria. En una carta dirigida al tribunal, también denunció a su madre por acoso sexual.

“Toda mi vida me sentí ultrajada”, comentó Ekren, a quien a veces le costaba trabajo terminar sus frases. Su madre la había ofrecido en matrimonio a un “combatiente cualquiera de EIIL, como una esclava sexual”, agregó, usando un nombre alternativo para el grupo Estado Islámico, y la abandonó en Raqqa, Siria, con “mi violador”.

Antes de la audiencia, Raj Parekh, el primer fiscal adjunto de Estados Unidos para el distrito este de Virginia, presentó un memorando de sentencia que describía el maltrato que Fluke-Ekren ejercía sobre sus hijos, incluso sobre su hijo mayor, Gabriel Fluke, quien hizo unas breves declaraciones en el juicio.

Dichos memorandos casi siempre contienen un relato convencional de los delitos, pero Parekh quiso ofrecer una imagen despiadada del incesante maltrato que ejerció Fluke-Ekren sobre sus hijos y de su inquebrantable devoción al extremismo.

Fluke-Ekren “dejó un rastro de traiciones”, mencionó Parekh, y se convirtió en “una dirigente militar terrorista; de hecho, en la emperatriz del EIIL”. Parekh añadió que fue “empujada por el fanatismo, el poder, la manipulación, la invencibilidad obsesiva y la crueldad extrema”.

Vestida con un velo islámico y una camisa verde que decía “prisionera”, Fluke-Ekren, de 42 años, negó con firmeza haber acosado a su hija y haberla obligado a casarse, y aseguró que fue su propia decisión.

Fluke-Ekren afirmó, llorando por momentos: “Me arrepiento mucho de mis decisiones”.

Fluke-Ekren creció en Lawrence, Kansas, en una granja de 32,7 hectáreas que ha pertenecido a su familia durante más de un siglo. Se casó en 1996 y poco después dio a luz a Gabriel y a una hija, Alaina. Pero el matrimonio se vino abajo y la pareja se divorció en 2002. Su esposo recordó que era una “embaucadora”, una descripción que su hijo repitió, quien la calificó como “un monstruo”.

En 2002, siendo estudiante de la Universidad de Kansas, Fluke-Ekren se convirtió al islam y se volvió a casar, esta vez con Volkan Ekren, un estudiante extranjero procedente de una próspera familia de Turquía. Tuvieron cinco hijos, incluyendo a Leyla.

Según algunos familiares, Fluke-Ekren radicalizó a su segundo esposo. En 2008, la familia se mudó a El Cairo, donde, según Ekren y Fluke, continuaron las golpizas. En la disyuntiva de quedarse o no para proteger a sus hermanos, Fluke decidió dejar Egipto para irse a vivir con su padre.

Para fines de 2011, la familia residía en Libia, donde, según la chica, en su madre se afianzó un afán por buscar y preparar a jóvenes reclutas y su deseo de perpetrar ataques violentos comenzó. Fluke-Ekren ideó un plan para usar una escuela como centro de adiestramiento militar para mujeres jóvenes, con la esperanza de que su esposo convenciera al grupo militante islamista Ansar al-Sharia de que financiara la iniciativa. Ekren mencionó que, en el caso de algunas chicas, el adiestramiento incluía ver videos de soldados estadounidenses en los que parecen atacar sexualmente a mujeres iraquíes.

En el momento de los ataques de 2012 a un complejo diplomático estadounidense y a una base de la CIA cercana, Fluke-Ekren y su esposo vivían en Bengasi. Después de los ataques en los que murieron cuatro estadounidenses, Fluke-Ekren ayudó a analizar y sintetizar algunos documentos robados de ese complejo que luego le proporcionó a Ansar al-Sharia.

Al final, el plan de la escuela no tuvo éxito. Como estaba decepcionada de Ansar al-Sharia, el cual, al parecer, no era lo suficientemente violento, a fines de 2012 o principios de 2013, obligó a su familia a mudarse a Siria, donde se unió a las filas del Frente Al Nusra, una rama de Al Qaeda, y su esposo se convirtió en un traductor fundamental en ese grupo. Según los fiscales, vivían en una fábrica abandonada en las afueras de Alepo, Siria.

Para 2015, se habían mudado a Mosul, Irak, donde Fluke-Ekren ayudaba al Estado Islámico a encargarse de las mujeres cuyos maridos habían muerto en combate. De acuerdo con los fiscales, la familia regresó a Siria y Volkan Ekre murió en un ataque aéreo mientras encabezaba un viaje de reconocimiento para un ataque terrorista.

Según el relato de Leyla Ekren, al no poder aprovechar la autoridad de su esposo, en 2015 su madre la obligó a casarse con un combatiente del EIIL con la intención de adquirir influencia política en el Estado Islámico y establecer un batallón de mujeres. Finalmente lo logró y adiestró a mujeres y niñas en Raqqa para que aprendieran a usar los rifles de asalto AK-47, las granadas y los cinturones suicidas. Fluke-Ekren también tenía el gran deseo de atacar un centro comercial y una universidad en el medio oeste de Estados Unidos

Un matrimonio siguió a otro: primero con un bangladesí que trabajaba en el Estado Islámico, que era especialista en drones y planeaba soltar bombas químicas usando estos artefactos, luego con un líder del ejército del Estado Islámico responsable de defender Raqqa, quien después murió en batalla.

En total, Fluke-Ekren tuvo once hijos y adoptó uno, dejando tras de sí un rastro de restos familiares. Dos de ellos murieron en Siria, un bebé y Zaid, un niño de 5 años que murió en un ataque con misiles. Su hija mayor, Alaina, sigue sin aparecer, mientras que otro hijo vive en Turquía y seis más se encuentran en hogares sustitutos en Virginia.

En el otoño de 2017, cuando el Estado Islámico perdía el control sobre Raqqa, Ekren huyó de la ciudad y llegó a un puesto de control en Baguz gestionado por las Fuerzas Democráticas Sirias. Ese octubre, en una entrevista con CBS News, Ekren, quien entonces tenía 15 años, reveló de manera anónima que era de Kansas y que su padre la había llevado a Siria contra su voluntad. Pero todavía bajo el aparente dominio de su madre, planteó que tal vez Fluke-Ekren estuviera en Estados Unidos.

“Hola, mami”, decía. “Si ves este video, por favor comunícate conmigo”. Al describir los horrores en Raqqa, mencionó que su esposo, un combatiente de ISIS, había sido asesinado en un ataque aéreo y que estaban esperando un hijo.

Fluke-Ekren no estaba en Estados Unidos, sino en Siria, donde se volvería a casar otra vez. Segura de que su madre intentaría hallarla, Ekren abrió una cuenta en redes sociales y, en coordinación con los agentes del FBI ansiosos por encontrarla, planeó grabar sus comunicaciones a escondidas.

En diciembre de 2020, Fluke-Ekren se comunicó con su hija por una aplicación de mensajería cifrada: “También tengo miedo, tal vez esté hablando con el FBI, no lo sé. Solo mándame un mensaje”.

Ekren contestó unos días después, ocultando que los agentes la habían presionado durante varios días para encontrar a Fluke-Ekren y asegurarle que el FBI no tenía ningún interés en ella.

“Qué bueno”, contestó Fluke-Ekren. “Y tú estás muy bien. Estoy orgullosa de ti”. Un día, añadió, su hija regresaría a Siria.

© 2022 The New York Times Company