Cómo la lluvia de millones está transformando un país de Latinoamérica

Anatoly Kurmanaev
Una calle repleta de gente en un mercado de Georgetown, la capital de Guyana, el 3 de marzo de 2020. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)

GEORGETOWN, Guyana — En un extenso ingenio azucarero que se encuentra abandonado en la costa de Guyana, de inmediato se observa la magnitud de los cambios que se están propagando por el país.

En apenas pocos años, en medio de los matorrales, los canales de irrigación y los campos de caña silvestre, han brotado almacenes enormes y edificios de oficinas que brindan servicios a empresas petroleras internacionales.

Las personas están “pasando de ser cortadores de caña a empresarios”, comentó Mona Harisha, una tendera local. “Cambió muy rápido”.

A toda prisa, Guyana está dejando atrás una economía basada en la agricultura por un futuro a corto plazo como un gigante petrolero. Por lo tanto, Harisha ha renovado su tienda de mercancía general, evocadora de las especias de India, que tiene al lado de su casita en el vecindario de Houston en Georgetown, la capital del país.

Harisha comentó que las empresas petroleras han traído empleos y mejores caminos, además de elevar el valor de las casas… y la demanda en su tienda.

Su hija está pensando en regresar de Nueva York, un ejemplo de los mecanismos que está usando el gobierno para persuadir a la inmensa diáspora de Guyana de volver a casa con la promesa del botín petrolero.

Para muchas personas, la transformación hacia una economía petrolera ha generado optimismo por la posibilidad de una mayor prosperidad. Sin embargo, a menudo ese optimismo está mezclado con un fatalismo, pues consideran que en realidad nada va a mejorar para la gran mayoría de la gente en uno de los países más pobres de Sudamérica.

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Viviendas en New Amsterdam, en Guyana. Foto: Getty Images.

El ingenio abandonado de Houston alguna vez albergó a 3.000 trabajadores, pero poco a poco lo ha absorbido la expansión suburbana de Georgetown. Unas cien familias todavía viven en las casitas uniformes de un solo piso que construyó la empresa dueña del ingenio para sus trabajadores en la década de 1960. Para ellas, los cambios recientes han generado oportunidades.

Como la mayoría de los residentes de Houston, los ancestros de Harisha llegaron a Guyana como peones contratados desde la India a fines del siglo XIX, para remplazar a los esclavos africanos en las plantaciones de azúcar después de que los británicos, quienes en ese entonces gobernaban Guyana como una colonia, abolieron la trata de esclavos.

Cuando terminaron los contratos de los obreros indios, algunos se quedaron para convertirse en el mayor grupo étnico de Guyana y darle forma a una cultura única y vibrante, que recuerda más al Caribe que a sus vecinos latinoamericanos.

En busca de oportunidades económicas

Aunque los efectos de los gigantescos hallazgos petroleros en la costa de Guyana son más evidentes en Georgetown y sus alrededores, ahora también empiezan a extenderse un poco más allá de la capital.

En una choza de ladrillos ubicada al borde de la selva a unos 25 kilómetros de Houston, Jason Bobb-Semple, de 25 años, está haciendo su gran apuesta en el petróleo.

Con un préstamo gubernamental de 3.000 dólares, construyó una pequeña granja avícola y compró 4.000 pollos pues busca satisfacer una floreciente demanda de comida en un país que se está desarrollando con rapidez.

“Con todo este petróleo”, mencionó Bobb-Semple, la gente querrá comer. “Eso espero”.

Unas pocas horas más tarde de que Bobb-Semple recibiera los pollos, lo visitó su primer potencial inversionista, un empresario expatriado de Guyana que regresó a casa en busca de huevos para venderlos en las plataformas petroleras de la costa.

El inversionista, Lancelot Myers, señaló que en la actualidad las empresas petroleras deben importar la mayoría de sus provisiones, lo cual es una oportunidad empresarial para los emprendedores locales que pueden llenar los espacios del suministro. “Llegó el momento de arrancar a toda marcha”, opinó.

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Una tarde dominical, en un corredor cercano a unos edificios en construcción que corre a lo largo del rompeolas de Georgetown, en Guyana, el 1.° de marzo de 2020. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)

La energía emprendedora de los guyaneses que buscan beneficiarse del auge petrolero contrasta dramáticamente con la profunda depresión, económica y psicológica, que domina el cinturón rural azucarero, el cual ha impulsado la economía de este país desde el siglo XVII.

La decisión que tomó en 2018 el presidente David A. Granger —de cerrar la mayor parte de las improductivas plantas procesadoras de caña de azúcar que poseía el Estado de Guyana— dejó sin empleo a unos 7.000 trabajadores del sector azucarero, y devastó las regiones circundantes.

Los cierres han convertido a lugares como Skeldon, ubicado en el oriente fértil del país, en pueblos fantasma, y han aniquilado los mercados y negocios locales que alguna vez fueron vibrantes y solían dar servicio a los trabajadores del azúcar.

Los despidos exacerbaron las tensiones étnicas: los trabajadores del sector azucarero, principalmente indoguyaneses, acusan al gobierno de Granger, predominantemente negro, de una represión económica focalizada.

Según el último censo, los indios étnicos representan el 40 por ciento de las 750.000 personas que conforman la población de Guyana, en comparación con el 30 por ciento de afroguyaneses. Las comunidades indígenas, alrededor de un diez por ciento de la población, tradicionalmente son el voto decisivo en el país.

“A veces no solo se trata de la rentabilidad, sino de la calidad de la vida de las personas”, comentó David Armogan, gobernador de la región de Skeldon, para referirse a la oposición que enfrenta con el cierre de los ingenios. “Esto es un acto de venganza y no una cuestión económica”.

Las tensiones reflejadas en las elecciones

Estas tensiones étnicas llegaron al límite durante las elecciones celebradas el 2 de marzo, las cuales se han reducido a una amarga disputa entre Granger y el principal partido de oposición, cuyo respaldo principal son los indios étnicos. Aún no se ha llegado a una conclusión, y el país sigue en una pausa política.

Los riesgos financieros del conflicto político son enormes, pues se espera que los ingresos del petróleo produzcan decenas de miles de millones de dólares para las arcas del gobierno en los años por venir. En su mayor parte, las elecciones fueron un referendo para determinar la manera en que Guyana debía gastar ese dinero caído del cielo.

El partido en el poder propone usar el dinero para capacitar a los agricultores a fin de que participen en el sector público y el de servicios. A su vez, la oposición quiere subsidiar las fincas de azúcar para mantener vivas las comunidades rurales.

Las primeras exportaciones de petróleo a pequeña escala comenzaron en enero. Aunque el dinero que recibirá el gobierno en 2020 tan solo es una fracción de lo que vendrá cuando la producción llegue a 1,2 millones de barriles al día a finales de esta década, se espera que una tercera parte del presupuesto del Estado para este año provenga de los ingresos del petróleo.

El Fondo Monetario Internacional proyectó que la diminuta economía de Guyana iba a crecer un 86 por ciento este año, la tasa más veloz del mundo. No obstante, es probable que ese pronóstico reciba un golpe significativo del colapso repentino en los precios del petróleo, la pandemia del coronavirus y la parálisis política que padece Guyana.

Para el pequeño pero estruendoso grupo ambientalista de Guyana, la política polarizada y los agravios étnicos en el país son distractores de sus problemas existenciales y esa situación está impulsando el consumo de combustibles fósiles.

A lo largo de la costa central del país con su densa población, el aumento del nivel del mar provocado por el cambio climático poco a poco está saturando un sistema de diques construido por primera vez hace siglos por los colonos holandeses que precedieron a los británicos.

En Guyana, nueve de cada diez personas viven por debajo o cerca del nivel del mar.

“La gente no relaciona el aumento de la marea con el combustible fósil”, comentó Annette Arjoon, una empresaria y ambientalista local. “Si no tenemos una verdadera conversación a nivel nacional, usaremos los ingresos del petróleo para crear rompeolas más altos”.

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This article originally appeared in The New York Times.

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