Caficultores rescatan prácticas agroforestales y apuestan por la variedad para luchar contra enfermedad que acaba con el café

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Caficultores luchan por el café
Caficultores luchan por el café

Lucio Jiménez Ocampo siempre está rodeado de café. En el patio de su casa, en Santiago Atitlán —en las tierras altas de la Sierra Norte, en el estado de Oaxaca— hay unos 100 pequeños cafetos orgánicos de diferentes variedades, todos en pleno crecimiento. En la terraza, granos de café de la variedad Geisha esperan para ser vendidos a otros caficultores.

Las plantas son parte de un proyecto de los caficultores de Oaxaca en el que prueban variedades de café y desarrollan plantaciones agroforestales resistentes a una enfermedad micótica que no tiene cura, conocida como roya del café, que arrasó con los cultivos siete años atrás.

Lucio Jiménez y otros caficultores mixes esperan que el proyecto les permita proteger la mayor parte de su producción, ante la expansión del hongo que asciende por las montañas y se reproduce con facilidad en donde hay temperaturas más húmedas y cálidas.

Cuando apareció la roya del café en Atitlán en 2015, los caficultores no estaban preparados para combatirla. Cuando el hongo parasitario Hemileia vastatrix entra en contacto con un cafeto (como se le llama a la planta de café), se pega a este y cubre las hojas con manchas anaranjadas. Básicamente, reduce la habilidad de la planta para realizar la fotosíntesis. A medida que se caen las hojas, nacen menos cerezas y las semillas (conocidas como granos de café) se encogen, lo cual afecta a la calidad y valor del café.

En el último año, Oaxaca perdió alrededor del 50% de su volumen de producción, de acuerdo con cifras oficiales. Los caficultores de Atitlán sostienen que la disminución fue más alta: alrededor del 80%. La roya del café sigue presente en la región. Muchos productores abandonaron el pueblo y sus cultivos para trabajar en otros estados del país o en Estados Unidos.

“El café era la única fuente de ingresos para nuestra familia, el único cultivo que mantiene nuestro sustento —explica León Castañeda Rojas, caficultor de Santiago Atitlán—. Y, entonces, la roya destruyó todas nuestras plantas”.

La roya del café es cada vez más frecuente; el cambio climático podría ser la principal causa de su presencia, según un estudio publicado en Science of the Total Environment.

Con el más leve aumento de la temperatura o de las precipitaciones, el hongo prospera, según indica la doctora Elda Melchor Martínez, una de las autoras del estudio. Nacen nuevas generaciones y escalan hasta altitudes más cálidas, donde suele crecer el cafeto arábigo (Coffea arabica), la especie más popular producida en México.

La roya del café apareció por primera vez en Brasil en los años 70 y se extendió a los cafetales de América Latina. En Colombia, los caficultores informaron sobre una pérdida de alrededor de un tercio de su producción en 2008. En América Central, el hongo destruyó entre el 10% y el 55% de todos los cultivos de cafetos arábigos entre 2012 y 2016.

Para los habitantes de las tierras altas de la Sierra Norte, las temperaturas ascendentes de México son las culpables del brote en Atitlán. En los últimos 40 años, las temperaturas han aumentado 1.4 °C en el país, según el Servicio Meteorológico Nacional.

“Habíamos visto cambios en el clima. Estaba volviéndose muy caluroso y las lluvias eran muy fuertes —recuerda Lucio—. Llovía en abril y en mayo, cuando era la temporada seca. Las personas de afuera nos advirtieron que nos preparáramos para la roya del café, pero no las escuchamos”.

Según las Reglas de Operación del Programa de Fomento a la Agricultura de México de 2019, los pequeños productores de café enfrentan el enorme desafío de perder su producción debido a la roya y a otros hongos devastadores, como el Mycena citricolor. Es preocupante que el sector cafetero no se considere en las políticas climáticas nacionales, destaca el doctor José Luis Jaramillo Villanueva, profesor de Desarrollo Rural en el Colegio de Postgraduados de Puebla.

Un proyecto de caficultores de todo Oaxaca intenta ayudar a los productores a enfrentar los desafíos. La roya del café no tiene cura, pero quienes impulsan esta iniciativa esperan que este proyecto pueda reducir el impacto.

Producir café orgánico y resistente

Después del desastre de 2015, una organización sin fines de lucro, la Coordinadora Estatal de Productores de Café del Estado de Oaxaca (CEPCO), se acercó a los caficultores de Atitlán con un plan: cortar todos sus antiguos cafetos y plantar unos orgánicos. Querían volver a instalar el tradicional sistema agroforestal con sombra para los cafetos, investigar cuáles variedades son resistentes y ver si podían reducir la propensión a la aparición de la roya del café.

“Muchas personas estaban en contra, fue muy difícil convencerlas, en especial a los productores más mayores —comenta Ana Tejero Aranda, coordinadora de asuntos medioambientales en CEPCO—. Analizamos los problemas y soluciones, y luego organizamos reuniones con cada cooperativa (unidas en CEPCO), en las que intentamos motivar a los productores a reestructurar sus cafetales. Después de eso, seguimos insistiendo”.

Con el tiempo, finalmente, estuvieron de acuerdo. Los agricultores de Atitlán son parte de los más de 3 mil 300 caficultores que conforman las 46 cooperativas regionales de CEPCO.

Lucio Jiménez, miembro de la cooperativa Defensa de la Ecología Atitlán, plantó sus primeros cafetos nuevos en 2016 y esperó tres años para que produjeran cerezas y semillas que estuvieran listas para venderse. En 2021, vendió una cosecha de casi 290 kilos de granos de café, recolectados de 2 mil cafetos.

En la actualidad, caminar entre los cafetales de Lucio Jiménez es como explorar un bosque encantado de vegetación exuberante, árboles frutales y cafetos frondosos. Las hojas y los tallos violeta de la planta trepadora conocida como Matalí (Tradescantia zebrina) se entrelazan entre algunos de los cultivos.

“Estas plantas le dan nitrógeno a la tierra”, explica Lucio Jiménez. La calidad y fertilidad de la tierra eran bajas cuando llegó la roya del café, lo que les quitó una capa de defensa a los cafetos.

“Los productores de café se enfocaban demasiado en las plantas. Cambiamos el foco hacia la tierra. Podría revitalizarse con sus propios microorganismos o mediante el uso de composta. Si bien muchas de estas prácticas ya estaban en marcha, las alentamos aún más”, cuenta Ana Tejero.

Para aumentar la nutrición de la tierra y proteger a las plantas de la erosión durante las precipitaciones fuertes, los caficultores crean “barreras vivas” y “barreras muertas”. Hay pilas de ramas secas bajo los cafetos para proteger a la planta del hongo: forman las barreras muertas. Distribuidas entre los cafetos de Lucio Jiménez, hay hileras de árboles de canela y de lima junto con árboles de aguacate: crean las barreras vivientes.

“Este es como un ‘padre árbol’ para los cafetos”, dice Lucio Jiménez, señalando el árbol que cubre el cafeto completo con su copa. Cuenta que se llama chalahuite y agrega que no solo provee sombra, sino también nutrientes para el cafeto.

El árbol brinda sombra, algo que ha sido clave para proteger a los cafetos de la roya del café, ya que reduce las temperaturas y crea condiciones más secas para evitar que el hongo se propague.

“También estamos enfocándonos en la diversificación de árboles que pueden proveer la mejor sombra al tiempo que regeneramos el paisaje”, explica Ana Tejero.

CEPCO está colaborando con Livelihoods Funds para aumentar la cantidad y diversidad de sombra y árboles frutales para ofrecerles a los caficultores mayores ingresos. Por ejemplo, Lucio Jiménez plantó cedro blanco y planea vender la madera dentro de 20 años.

Aunque el proyecto requería una renovación completa de los cafetos utilizados, los caficultores de Atitlán son cautelosos y solo cortan los cafetos viejos y los reemplazan con nuevas variedades, sección por sección. Plantan diferentes variedades en una parcela y observan cuáles son más resistentes a la roya del café. Se plantan distintas variedades, una junto a la otra, para ver cómo reaccionan ante la presencia del hongo una vez que quedan expuestas.

“Recibimos muchas variedades diferentes, seleccionamos parcelas específicas y las plantamos para ver cómo se adaptan”, explica Ana Tejero. Las semillas de las variedades exitosas se venden a otros caficultores.

Los técnicos supervisan el modo en que resisten ciertas variedades de cafeto y están presentes cuando los productores necesitan consejos sobre cómo trabajar sus cultivos. Algunos de los cafetos nuevos han perdido sus hojas debido a la roya del café.

“El soporte técnico también es una de las cosas que más les faltan a los caficultores de Oaxaca —afirma Jaramillo Villanueva—. El gobierno brinda asistencia técnica, pero solo a un 2% de los productores. El problema es que, aun con la mejor voluntad política, no hay suficientes personas con experiencia, y este tipo de educación lleva años”.

CEPCO colabora con el gobierno para ofrecer este apoyo educativo a los caficultores de Atitlán y de otras regiones de Oaxaca. Hace poco, Lucio Jiménez se convirtió en técnico comunitario de CEPCO y asesora a otros caficultores sobre cómo cultivar su café: desde cómo preparar los plantones y regenerar la plantación hasta cuidar los cultivos y observar cuáles variedades son resistentes a la roya.

El Oro Azteca, una variedad nativa de México, muestra muy poca resistencia a la roya del café: volvió a perder sus hojas por la roya cinco años después del primer brote en 2015. Las variedades Típica y Borbón tampoco son resistentes, pero son populares en el mercado del café y tienen demanda por su sabor. Lucio Jiménez aún las cultiva, a pesar de que necesitan mucho cuidado, pero no recomienda a los caficultores cultivar una sola variedad.

“Aunque la roya del café esté bajo control por el momento, vino aquí para quedarse, y debemos aprender a vivir con esto”, argumenta Lucio Jiménez.

En su tierra, Lucio Jiménez planta variedades como Costa Rica, Sarchimor y Geisha. Si bien las dos primeras son las más resistentes en sus plantaciones y generan más granos con menos inversión, el caficultor recibe alrededor de un dólar más por kilo de Geisha vendido: una gran diferencia para un productor local. Planea tener pronto hasta unas 27 variedades diferentes de cafetos en una de sus parcelas para evaluar su resistencia.

Cultivar café orgánico en tiempo de clima impredecible es arriesgado, costoso y una tarea laboriosa. Intentar conseguir un precio justo en el mercado cuando el costo de producción solo aumenta afecta el entusiasmo y la capacidad de los caficultores de Oaxaca para seguir cultivando este grano.

“Limpiar las plantaciones es costoso, y es necesario hacerlo al menos dos veces por año —explica Adelina Castañeda Martínez, de la cooperativa La Puerta del Rey Condoy, en San Isidro Huayápam, a una hora de distancia de Atitlán—. No pude cosechar todos los granos en estos últimos meses porque no podía pagarles a los trabajadores. También nos cuesta encontrar trabajadores debido a la migración fuera de la región”.

Las variedades de café que son más resistentes a la roya no siempre son las que demanda el mercado. Lucio Jiménez decidió intentarlo por su cuenta. Él cree que algunas de las variedades de alta resistencia pueden procesarse en una taza de café de alta calidad, por la que el mercado estaría interesado en pagar un precio alto.

“Estoy intentando aumentar la calidad cambiando el modo en que proceso los granos”, explica.

Jaramillo Villanueva, del Colegio de Postgraduados en Puebla, concuerda. Según él, si los caficultores quieren cubrir el costo que implica evitar que la roya del café se expanda por la región, no pueden vender los granos más económicos. Deberían pasar los granos por un proceso de descascarado para remover la capa externa de pergamino.

Si bien los agricultores podrían no tener los fondos para invertir en máquinas procesadoras de café, Jaramillo Villanueva cree que las cooperativas podrían compartir los gastos y beneficios de procesar el café.

Organizarse en cooperativas como CEPCO ofrece mayor educación, así como también mayores oportunidades de vender café por un precio estipulado, independientemente del precio de mercado, según cuenta Lucio Jiménez.

Cuando se detiene junto a su composta de lombrices, comienza a llover en pleno abril. Por lo general, es el mes más caluroso en Oaxaca, y las primeras lluvias suelen caer recién en junio.

El agricultor observa la lluvia inesperada en medio del calor, sabiendo que son condiciones ideales para que el hongo se propague. En dos horas, graniza cuatro veces. Lucio se queda de pie bajo un techo de metal bebiendo una taza de café y preguntándose qué será de sus cultivos esta temporada.

 

Este texto se publicó originalmente en el sitio Mongabay.

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