Con su bicicleta ayuda a alimentar niños pobres en Guatemala

GIOVANNA DELL'ORTO
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Bonifaz Díaz pedaleó por la región montañosa de Quetzaltenango, 2.330 metros (7.640 pies) sobre el nivel del mar, para entregar un libro de sociología a una maestra de la zona. Se fue con cuatro coloridas cajas de Incaparina, una popular mezcla de cereales muy usada para combatir el hambre.

El coronavirus agravó la malnutrición de muchos menores en Guatemala, que ya sufría las peores tasas del hemisferio occidental antes del brote. Desde que estalló la pandemia, Díaz ha recorrido más de 2.000 kilómetros (1.200 millas) llevando en sus alforjas libros donados y miles de kilos de comida para una ONG que alimenta a casi 400 niños.

La gente elige un libro donado y a cambio entrega cajas o bolsas de Incaparina. Al facilitar el trueque de libros por alimentos visitando las casas de la gente, Díaz, de 44 años, se asegura de que las donaciones siguen llegando y ayudan a combatir el hambre en muchos hogares en los que sus residentes deben quedarse en casa dentro de lo posible para evitar contagiarse del virus.

“La gente quiere apoyar, pero el ‘quédate en casa’ se ha puesto muy fuerte”, expresó Díaz, un actor profesional que es un ávido ciclista. “La gente se anima si voy a su casa con la bicicleta”.

A veces arrastra una pequeña carreta para transportar hasta 57 kilos (125 libras) de comida y ha recorrido hasta 60 kilómetros (37 millas) para hacer entregas en una localidad de montaña vecina, donde muchos caminos están llenos de pozos.

Medio kilo de Incaparina representa 24 comidas y cuesta solo nueve quetzales, o el equivalente a 1,15 dólares. Esa suma está fuera del alcance de las familias que sirve la organización sin fines de lucro “34 Volcanes”, según una de sus fundadoras, la doctora Carmen Benítez. Los ingresos diarios del 97% de esos hogares no alcanzan para cubrir ese gasto.

Casi la mitad de los habitantes de las montañas occidentales de Guatemala, una región mayormente indígena, sufre de malnutrición crónica, de acuerdo con el Banco Mundial, y la Incaparina es una salvación para esas familias.

En sus visitas a las casas que se benefician con los programas de 32 Volcanes, Benítez observa pocos alimentos en sus cocinas, con excepción de la Incaparina que su agrupación suministra, algo de sal y maíz para hacer tamales, o comidas procesadas baratas que no hacen nada para prevenir la desnutrición ni la diabetes. La desnutrición, por otro lado, acarrea problemas de aprendizaje y de comportamiento.

La cantidad de niños que ayuda esa organización subió de 120 a 382 durante la pandemia. “El trueque garantiza seguridad alimenticia”, dijo Benítez. “La idea es que antes de los cinco años los niños no sean ya desnutridos crónicos”.

La iniciativa está teniendo impacto.

“Ver que los niños están menos asustados, juegan más... Ahí es dónde podemos tener resultados”, indicó Benítez.

El programa de trueques comenzó a funcionar hace casi un año y se sumaron otros dos ciclistas. Abundan las donaciones, desde libros a objetos artísticos a ser canjeados por distintos tipos de alimentos nutritivos como amaranto.

Ana Castillo, profesora de secundaria de 29 años que la semana pasada recibió el libro de sociología “Amor Líquido” (un estudio de las relaciones modernas), es una donante. Los casi dos kilos (4 libras) de Incaparina que donó alimentarán a una familia de las montañas por un mes.

A Castillo le encanta seleccionar los libros de la lista que publica Díaz en las redes sociales y ver cómo va “creciendo el círculo” de personas que participan en el programa.

“No puedes llegar a esos lugares, pero tu ayuda sí”, expresó. “Es un granito de arena para poder cambiar este país”.

Díaz planea seguir colaborando con el programa a pesar de que él también enfrenta problemas económicos desde que la compañía de teatro que fundó con otros se vio obligada a cerrar por la pandemia.

“Para mí es una oportunidad de servir de una manera en la que todos ganamos”, comentó.

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