Cómo una banda de rock experimental de los 90 se convirtió en suceso musical

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"Toda la obra de David Lynch se resume en tres suspiros de Miguel a la hora de la siesta". Así hablan de su baterista los integrantes de Reynols, la banda argentina que empezó haciendo rock experimental en la década del 90 y se convirtió en uno de los sucesos musicales más inclasificables del mundo. No se entiende bien qué genero tocan hoy: se ha dicho que hacen post-noise, post-conceptualismo, avant punk dadá o que son l'avant-garde de l'avant-garde. "Somos una alfombra al final del infinito que dice: Bienvenidos", es la definición que dan sus músicos para despejar dudas, por si quedara alguna. Lo que sí se sabe es que tienen 130 discos encima y que cuentan con material para sacar 350 más; que su baterista y líder, Miguel Tomasín, tiene síndrome de Down y es un ícono mega punk de la improvisación libre. Y que la revista inglesa The Wire catalogó su último álbum, Minecxio Emanations 1993?-?2018, lanzado el año pasado por un sello noruego, como uno de los mejores de 2019, a la par de reediciones de Brian Eno y John Coltrane.

Hubo en tiempo en que Reynols fue la banda residente del pediatra Mario Socolinsky, cuando hacía el programa de tevé La salud de nuestros hijos, por ATC. Una tarde cualquiera, llevaron un hámster diciendo que era el mánager del grupo y mostraron un vinilo de la Velvet Underground jurando que era el primer disco de Reynols.

Fue, quizá, la primera pata de una estrategia de terrorismo mediático que les dio buenos frutos. Años más tarde, en el talk show de Lía Salgado, llevaron panes con micrófonos de contacto y se pusieron a acoplar, avisando que hacían "pan rock". Hasta quisieron regalarle 100 dólares a Susana Giménez en vivo, pero el intento se frustró porque la diva solo quiso invitar a Tomasín y no al resto de la banda. "A veces lo quieren tratar como a un bebé y no entienden que Miguel es Charles Bronson, es implacable", coinciden hoy Alan Courtis y Roberto Conlazo, músicos de Reynols, sentados en un café en Cabildo y Juramento. Una de las anécdotas que circulan en las redes es que hace unos años un periodista encontró a Tomasín acodado a la barra de un bar de Palermo. Cuando le quiso hacer una consulta sobre la banda, Miguel le contestó a lo Bronson: "Rajá de acá".

Sinfonía de 10.000 pollos

Quien busque el nombre Reynols en Wikipedia obtendrá algunos datos estadísticos y un par de anécdotas que para algunos son intervenciones artísticas y, para otros, un delirio completo. A saber: su primer álbum, Gordura vegetal hidrogenada (1995), fue una caja vacía porque el disco "se desmaterializó"; como la audiencia se sintió estafada, los Reynols decidieron suprimir al público y hacer un concierto para plantas, insectos, rocas y hielo seco. También grabaron una sinfonía para 10.000 pollos y decidieron el nombre de la banda cuando le dieron el control remoto a un chihuahua. El perrito se ubicó frente a la tele y, al pisar el control, encendió una película en la que actuaba el galán norteamericano Burt Reynolds.

Es difícil ponerse serio para contar la historia del grupo. Pero estas son, a grandes trazos, las coordenadas primarias: Courtis y Conlazo tenían a principios de los 90 una escuela de música en Caballito, a una cuadra de la casa de Tomasín. "Un día cayó Miguel con sus padres para tomar clases de batería. Se presentó diciendo: 'Hola, soy Miguel Tomasín, un gran baterista famoso'", cuenta Conlazo. "Mi hermano [Pacu Conlazo] le dio unas clases y enseguida le propusimos que tocara con nosotros", recuerda.

Si se les pregunta cómo fue el primer ensayo, no dudan: "No hubo ensayo, nunca ensayamos, no pensamos desperdiciar ni un segundo de lo que tocamos". Con esa política grabaron cada acorde, cada melodía desde 1993 en adelante, y durante una década no pararon de tocar. Hasta 2002 editaron 38 discos en Argentina, Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Suiza, Holanda, República Checa y Japón. En 2000, se fueron de gira a Norteamérica y en 2003, a Europa, de donde fueron deportados cuando quisieron entrar al Reino Unido. De esa experiencia surgió otra instalación sonora, Deportation Simphony, con fotocopias de los papeles rechazados en la frontera y un vinilo con dos canciones: Don't Cry for Me England y Cry for Me Argentina.

En ese período generaron una relación con la precursora de la música minimalista norteamericana, Pauline Oliveros (grabaron juntos el disco Pauline Oliveros In The Arms Of Reynols), y cosecharon fanáticos famosos, como Thurston Moore, de Sonic Youth, con quien compartieron recitales. Entre 2004 y 2005, el director argentino Néstor Frenkel lanzó el documental Buscando a Reynols, en el que aparecen el propio Socolinsky y un perturbado Jazzy Mel recién escapado de su pasado de rapero comercial, diciendo cosas de pastor de la avenida Corrientes al estilo "Reynols es el camino".

Lo curioso es que, un año antes del estreno de la película, el grupo había anunciado su separación con un comunicado. "Queríamos que sepan que el ciclo de vida de Reynols llegó a su fin natural", decía el texto, pero en el fondo nadie les creyó.

Un Terminator bueno

Escuchar la música de Reynols es transportarse a un universo en el que hablar de "improsación libre" queda corto. La música suena caótica, por momentos hermética, algo que podría ser punk rock industrial con palabras inventadas, o una vibración de muchos minutos, una autopista sonora que conduce a casi nada; "un aleph que contiene, en una sola nota, todas las canciones del universo", dirá algún fanático.

Como no hay ensayo, todo lo que se toca es una obra que se corporiza a medida que va sonando. "Los tres somos Miguel; él escucha lo que hacemos y propone cosas; conectar con esa frecuencia es sentirse como el Terminator líquido que iba eligiendo la forma que quería, pero un Terminator bueno", explican. "Miguel es la libertad creativa misma. Puede ser Sandro, Johnny Rotten o Pavarotti", entiende Courtis. Las palabras mismas son invenciones de Tomasín: "Moros Ostros", "Gavon Poliver", "Uno Munego Amison", "Nave Ormigas Tomica", "Jaz Ronco Mentalimo", son algunos de los títulos de los temas.

Sin embargo, todo proyecto musical, por más delirante que sea, debe tener un costado operativo para sacar discos y dar conciertos con cierta regularidad. Reynols no hace más de dos shows al año. En junio de 2019, actuaron en el Malba y de ese recital saldrán dos álbumes: Reynols plays the audience (en el que grabaron los sonidos del público, con consignas específicas) y un DVD del concierto.

La banda regula el ritmo de su producción en vivo en función de las ganas de su líder y gurú, que en estos días prefiere estar en su casa antes que ponerse el traje de rockstar. "Si le preguntaran si quiere tocar en River frente a 50.000 personas o tomar el té con su mamá, elige a su mamá", elogian Courtis y Conlazo. Y cuentan que una vez tuvieron que cancelar una gira a Chile, con pago en dólares y superhotel incluido, porque Miguel quería quedarse a supervisar que vinieran a pintar su cuarto del beige que había imaginado. "Eso también fue una obra de arte de Reynols", festejan.

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