Las ballenas jorobadas transmiten sus melodías a través de los océanos

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Una fotografía proporcionada por Judith Denkinger muestra a una ballena jorobada que salta en aguas cercanas a Esmeraldas, Ecuador. (Judith Denkinger vía The New York Times)
Una fotografía proporcionada por Judith Denkinger muestra a una ballena jorobada que salta en aguas cercanas a Esmeraldas, Ecuador. (Judith Denkinger vía The New York Times)

Una de las cosas más notables de nuestra especie es la rapidez con la que puede cambiar la cultura humana. Las palabras nuevas pueden propagarse de un continente a otro, mientras que tecnologías como los teléfonos móviles y los drones cambian el modo de vida de las personas en todo el mundo.

Resulta que las ballenas jorobadas tienen su propia evolución cultural de largo alcance y alta velocidad, y no necesitan internet ni satélites para mantenerla en funcionamiento.

En un estudio publicado el martes, los científicos descubrieron que las melodías de las ballenas jorobadas se propagan con facilidad de una población a otra a través del océano Pacífico. Un canto puede tardar solo un par de años en desplazarse varios miles de kilómetros.

Ellen Garland, bióloga marina de la Universidad de St. Andrews, Escocia, y autora del estudio, afirmó que le sorprendió descubrir que las ballenas de Australia les transmitían sus cantos a otras de la Polinesia Francesa, que a su vez los compartían con las ballenas de Ecuador.

“La mitad del planeta está conectada vocalmente para las ballenas”, dijo. “Y es una locura”.

Incluso es posible que las canciones viajen por todo el hemisferio sur. Estudios preliminares realizados por otros científicos revelan que las ballenas del océano Atlántico captan los cantos de las ballenas del Pacífico oriental.

Cada población de ballenas jorobadas pasa el invierno en las mismas zonas de reproducción. Ahí, los machos entonan fuertes cantos submarinos que pueden durar hasta media hora. Los machos de la misma zona de cría cantan una melodía casi idéntica y, de un año a otro, el canto de la población evoluciona de manera gradual hacia una melodía nueva.

Una fotografía proporcionada por M. Michael Poole muestra a Ellen Garland, bióloga marina de la Universidad de St. Andrews en Escocia, preparando la grabadora autónoma SoundTrap para su despliegue frente al arrecife de Moorea, en la Polinesia Francesa, en 2016. (M. Michael Poole vía The New York Times)
Una fotografía proporcionada por M. Michael Poole muestra a Ellen Garland, bióloga marina de la Universidad de St. Andrews en Escocia, preparando la grabadora autónoma SoundTrap para su despliegue frente al arrecife de Moorea, en la Polinesia Francesa, en 2016. (M. Michael Poole vía The New York Times)

Garland y otros investigadores descubrieron en estas canciones una estructura compleja similar a un lenguaje. Las ballenas combinan sonidos cortos, que los científicos denominan como unidades, en frases. A continuación, combinan las frases en temas y cada canción se compone de varios de ellos.

En ocasiones, las ballenas jorobadas macho cambian una unidad en su canción, a veces añaden una nueva frase o cortan un tema. Luego los otros machos pueden copiarlo. Estos adornos hacen que la canción de la población evolucione gradualmente, lo que da lugar a melodías muy diferentes de una población a otra.

Michael Noad, biólogo marino de la Universidad de Queensland, descubrió que a veces el canto de una población puede sufrir un cambio repentino y drástico. En 1996, él y sus colegas se dieron cuenta de que un macho de la costa este de Australia había dejado de cantar la canción local y ahora entonaba una melodía que coincidía con la que se cantaba antes en la costa oeste del país.

Al cabo de dos años, todos los machos de la costa este entonaban esa canción. El histórico estudio de Noad fue el primero en descubrir este tipo de revolución cultural en alguna especie animal.

Garland obtuvo su doctorado con Noad a principios de la década del 2000, con la grabación de los cantos de las ballenas jorobadas en zonas de reproducción más al este del océano Pacífico. Cuando comparó sus cantos, ella encontró el mismo patrón que Noad: las melodías que se cantaban en el este de Australia aparecían un par de años después en la Polinesia Francesa, a unos 9600 kilómetros de distancia.

Después de publicar ese descubrimiento inicial en 2011, Garland siguió grabando a las ballenas jorobadas en las mismas zonas de reproducción. También se preguntó si sus cantos se estaban extendiendo más al este del Pacífico.

La oportunidad de averiguarlo se presentó cuando Judith Denkinger y Javier Oña, biólogos marinos de la Universidad San Francisco de Quito en Ecuador, se ofrecieron a colaborar. Ellos estudian a las ballenas jorobadas que se reproducen en la costa de Ecuador.

Para su nuevo estudio, Denkinger y Oña grabaron ballenas jorobadas desde 2016 hasta 2018. Durante el mismo periodo, Michael Poole, biólogo marino del Programa de Investigación de Mamíferos Marinos en la isla de Moorea, en la Polinesia Francesa, grabó ballenas en ese lugar.

Los investigadores instalaron micrófonos submarinos anclados que podían escuchar a escondidas a las ballenas que pasaban por allí. También siguieron a las ballenas en barco y sumergieron micrófonos en el agua para captar sus cantos.

En 2016 y 2017, las dos poblaciones de ballenas tenían cantos claramente diferenciados, pero en 2018 se produjo una revolución: las ballenas de Ecuador entonaban temas de la Polinesia Francesa en sus canciones.

Los científicos informaron sus hallazgos el martes en la revista Royal Society Open Science.

Elena Schall, investigadora postdoctoral del Instituto Alfred Wegener de Bremerhaven, Alemania, quien no participó en el estudio, aseveró que está registrando algunos patrones similares en el océano Atlántico. Las ballenas jorobadas de la costa de Brasil y Sudáfrica están eligiendo temas registrados con anterioridad en la costa de Ecuador.

Es viable, dijo Schall, que las canciones fluyan por todo el hemisferio sur. “Es posible, pero falta información del océano Índico”, señaló. “Creo que en definitiva ese será el paso siguiente, si podemos encontrar datos suficientes para comparar”.

Garland y Schall coincidieron en que lo más probable es que los cantos se propaguen cuando las jorobadas abandonan sus zonas de reproducción y migran a zonas de alimentación cercanas a la Antártida. En ese viaje, una jorobada macho puede acabar nadando junto a machos de otra población. Cuando escuchan su canción radicalmente diferente, a veces toman prestados algunos temas o robarse la canción entera. Las ballenas seguirán cantando su nueva canción cuando regresen a sus áreas de reproducción.

En cuanto a la razón por la que las canciones fluyen sobre todo de oeste a este, Garland dijo que podría deberse al enorme tamaño de la población de ballenas jorobadas que se encuentran alrededor de Australia. Hay mayores posibilidades de que una ballena de esa población se desvíe hacia el este a que una se desvíe hacia el otro lado.

Por su parte, Schall sospecha que el flujo de agua en el sentido del reloj alrededor de la Antártida, conocido como la corriente circumpolar antártica, es la responsable, al menos en parte. Una ballena jorobada macho que se separa de su población migratoria quizá se deje llevar por la corriente hacia el este hasta que encuentre a otras ballenas.

“Podría imaginar que tal vez se deba a esto, pero por supuesto es difícil de demostrar”, dijo Schall.

Para comprender por completo la notable difusión de los cantos de las ballenas jorobadas, los investigadores tendrán que averiguar por qué cantan en primer lugar. Muchos investigadores sospechan que el canto de las jorobadas es como el de las aves, que sirve para atraer a las hembras hacia los machos.

Por el momento, solo es una hipótesis. Los ornitólogos han demostrado que el canto de un pájaro macho es crucial para su éxito reproductivo, pero es mucho más difícil seguir los hábitos de apareamiento de un macho de ballena jorobada en alta mar.

Embellecer el canto puede ser una manera de destacar. “Hay un impulso de novedad”, concluyó Garland. “La gran pregunta es si a las hembras les gusta”.

© 2022 The New York Times Company