Un artista mexicano está listo para ser descubierto, de nuevo

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PUEBLA, México — A sus 52 años y con una experiencia de casi tres décadas de exposiciones, Cisco Jiménez no es un novato en absoluto en el mundo del arte ni en la escena de las galerías, y en México, donde vive, es una especie de leyenda viva, que irrumpió en el mundo de las bellas artes durante el movimiento del grafiti en la década de 1990 y ha mantenido su carrera desde entonces.

No obstante, aquí está, exponiendo este mes en Art Basel Hong Kong en la sección de Descubrimientos, una zona de la feria en la que las galerías presentan a las promesas que esperan que se abran camino entre los coleccionistas.

Es algo curioso, reconoció Jiménez, y una de las peculiaridades del negocio del arte internacional, que le ha dejado altibajos. Su expositor, MAIA Contemporary de Ciudad de México, está consciente de que su fama no se extiende del todo a los mercados asiáticos. De este modo, la instalación lo presenta a un público nuevo, pero con la urgencia de que es una de las próximas grandes cosas que debe conocer.

“Me presentaré como un artista eternamente emergente”, bromeó, aunque dejó claro que la puesta en escena tiene cierta lógica. “Es una experiencia totalmente nueva para mi trabajo. Tendré que enfrentarme a un público nuevo y desde un contexto lejano en todos los sentidos”.

En el aspecto geográfico, esa distancia va desde Art Basel hasta Cuernavaca, en el estado de Morelos, donde el artista tiene un estudio desde hace tiempo, pero también hay una separación cultural, porque su obra es muy específica de México y está llena de referencias que definen el arte contemporáneo en este lugar: la política y la actualidad latinoamericanas, la violencia del narcotráfico, la influencia omnipresente de la cultura pop estadounidense y cómo gran parte de lo que ocurre hoy en día puede relacionarse con la agitación de la Colonia que comenzó hace cinco siglos.

A lo largo de su carrera, Jiménez ha ido haciendo este retrato de México, utilizando herramientas comunes de los artistas como la pintura, la pluma, la arcilla y la madera tallada, pero también una multitud de objetos desechados que recoge en la calle: zapatos viejos, juguetes, sierras oxidadas, platos astillados, artículos religiosos baratos y grabadoras portátiles. Jiménez utiliza muchas de esas grabadoras.

Ha concebido miles de obras individuales, pinturas acrílicas, tejidos, esculturas cinceladas a mano y más, que se enlazan como una imagen de su país en su conjunto y de Cuernavaca, en particular.

En su opinión, esos lugares se definen por sus contradicciones (todo aquello que se ve en la superficie y las distintas verdades que hay debajo) y su arte ilustra esa idea, a veces de manera literal. Sus cuadros se despliegan a menudo como diagramas anatómicos o arqueológicos, con cortes seccionales que van retirando capas para que el espectador pueda ver las inconsistencias del interior. Hay una sensación de estabilidad en el exterior, pero con un núcleo tumultuoso.

A menudo pinta o dibuja vistas internas de estómagos, folículos pilosos u otros órganos. Un ejemplo sería su cuadro de 2014 “Triperío”, con el que el artista pretendía captar la esencia de ser mexicano. No es más que una representación de cómic a color de los intestinos con varias burbujas de alimentos que viajan con etiquetas como “chilaquiles con pollo” y “huevos con chorizo”. La gente de verdad es lo que come, explicó.

Jiménez no evita la vulgaridad; sus estudios anatómicos con frecuencia incluyen órganos sexuales y suelen ser exagerados. Tampoco les rehúye a los comentarios políticos; entre sus obras más recientes se encuentra una serie de pistolas de cerámica falsas. El artista concibió las piezas y les encargó a mujeres indígenas del cercano estado de Guerrero que las fabricaran utilizando técnicas centenarias de alfarería de su región.

Tanto lo grotesco como lo impactante tienen propósitos estéticos. Hacen que el espectador se acerque, y entonces este se encuentra con las observaciones sociales más refinadas de Jiménez. Por ejemplo, las pistolas pretenden mostrar cómo la gente de Guerrero, lugar que ahora es escenario de narcoviolencia frecuente, encuentra maneras de sobrevivir y mantener su estilo de vida.

Esas grabadoras son símbolos de la riqueza que los mexicanos ven al otro lado de la frontera con Estados Unidos, pero que a menudo es inalcanzable debido a las condiciones económicas en su país. Cuando era joven y escuchaba a grupos como Talking Heads y U2, las imágenes de las grabadoras estaban por todas partes en los medios de comunicación, pero él mismo no podía pagar uno, dijo.

Ese deseo lo formó, y la metáfora ha perdurado en su obra. Para otra pieza reciente, coleccionó viejas grabadoras y contestadoras automáticas y se los entregó a otros ceramistas de Morelos para que los replicaran en arcilla.

“Vuelve a las mismas preocupaciones, a los mismos símbolos y los reutiliza a lo largo del tiempo”, aseveró Tobias Ostrander, veterano de la escena artística de Ciudad de México y actual curador adjunto de arte latinoamericano del museo Tate de Londres. “Pero pueden significar cosas diferentes en distintos momentos”.

Otras imágenes y objetos que se repiten en la obra de Jiménez son los volcanes, que a veces simbolizan la virilidad y el poder; los objetos sagrados tanto del catolicismo como de las religiones prehispánicas que han contribuido a la profunda división de la identidad mexicana moderna; y las cajas de madera que llevan los boleros, que para el artista representan la resiliencia de las personas que encuentran alguna forma de ganarse la vida incluso cuando las situaciones son desalentadoras.

“Como artista, tomo toda esta energía, materiales y objetos y, con algunos cambios, se transforman en obras de arte que contienen una rica variedad de lecciones y significados”, dijo.

Es quizás esa repetición, o tal vez su voluntad de darle a su trabajo una inclinación cruda, lo que ha desafiado a los curadores y a los críticos a tomarlo en serio en ocasiones.

“Es una figura interesante que ha entrado y salido de la visibilidad en términos de interés en su trabajo durante los últimos 30 o 25 años”, comentó Ostrander.

Jiménez afirmó que se había acostumbrado a esa fluidez y había aprendido a adaptarse. Su éxito original se debió a la oleada de coleccionistas adinerados durante el auge de la burbuja puntocom (de empresas vinculadas a internet) y cayó cuando la burbuja estalló. “Tuve que reinventarme”, dijo, pero dejó de preocuparse por ganar dinero y decidió que lo mejor era limitarse a hacer arte.

© 2022 The New York Times Company

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