El apoyo a la democracia nacional e internacional es lo más importante en la agenda de Biden

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El presidente Joe Biden pronuncia un discurso en el Salón de la Independencia de Filadelfia, el 1 de septiembre de 2022. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Joe Biden pronuncia un discurso en el Salón de la Independencia de Filadelfia, el 1 de septiembre de 2022. (Doug Mills/The New York Times)

WASHINGTON — El elemento de la política exterior del presidente Joe Biden que coincide de manera más contundente con su agenda nacional es defender la democracia.

Su impulso de apuntalar la democracia en Estados Unidos y en el extranjero es más urgente ahora que Rusia libra una guerra en Ucrania, China expande su poder y el expresidente Donald Trump y los republicanos que lo apoyan atacan las normas democráticas y las elecciones justas en el país.

La semana pasada, en un discurso en Filadelfia, Biden hizo una advertencia sobre la amenaza para la democracia en Estados Unidos y dijo que los ciudadanos estadounidenses se encontraban en “una batalla por el alma de esta nación”.

Mientras el presidente insiste en este mensaje antes de las elecciones intermedias de Estados Unidos, sus esfuerzos por reforzar la democracia en el extranjero están a punto de verse con mayor claridad. Se espera que la Casa Blanca anuncie una segunda cumbre multinacional para la democracia. Y la Estrategia de Seguridad Nacional, que podría publicarse este mes, pondrá de relieve el refuerzo de las democracias como una prioridad política, según los funcionarios.

En su viaje más reciente al extranjero, en la República Democrática del Congo, el secretario de Estado Antony Blinken anunció que Estados Unidos ayudaría a este país con “los preparativos para las elecciones libres, justas y puntuales del año próximo”, haciendo hincapié en la inviolabilidad de las elecciones, lo cual a su vez hace eco de la defensa de Biden de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 frente a los persistentes intentos de Trump de socavar sus resultados.

La implementación de políticas paralelas para fortalecer la democracia en casa y en el extranjero le permite al gobierno de Biden centrarse en un solo mensaje, mientras los asesores políticos presidenciales moldean la identidad del Partido Demócrata en torno a dicho mensaje.

Esto le permite a Biden afirmar que él es el portador de una tradición estadounidense en materia de política exterior que contrasta bastante con el enfoque aislacionista del “Estados Unidos primero” y los elogios a los autócratas de Trump. Dicha tradición, el internacionalismo liberal, gira en torno a la idea de que la estabilidad global proviene de los sistemas democráticos, el libre mercado y la participación en organizaciones multinacionales encabezadas por Estados Unidos.

Los residentes analizan los daños a un edificio bombardeado por las fuerzas rusas, que dejó un cráter en el suelo y destruyó varios apartamentos, en Sloviansk, Ucrania, el 25 de agosto de  2022. (Tyler Hicks/The New York Times)
Los residentes analizan los daños a un edificio bombardeado por las fuerzas rusas, que dejó un cráter en el suelo y destruyó varios apartamentos, en Sloviansk, Ucrania, el 25 de agosto de 2022. (Tyler Hicks/The New York Times)

“Creo que el énfasis retórico —y yo diría de una moral honesta— es bienvenido, al igual que el esfuerzo de unir a las democracias”, comentó Larry Diamond, estudioso de la democracia de la Universidad de Stanford.

Sin embargo, en años recientes, políticos, legisladores y académicos que no pertenecen al ámbito de Trump han criticado el internacionalismo liberal y Biden corre el riesgo de ser visto como un ingenuo o imperialista al centrar su política exterior en el fortalecimiento de las democracias.

Los críticos señalan las guerras desastrosas y los esfuerzos para construir una nación en Irak y Afganistán llevados a cabo en nombre de la democracia. Y afirman que el impulso del libre comercio y los mercados libres de Estados Unidos alimentan desde hace décadas la desigualdad global, la catástrofe medioambiental y el empoderamiento de figuras y grupos autoritarios como el Partido Comunista de China, que ahora presenta al mundo un modelo de gobierno antidemocrático pero materialmente exitoso.

Los funcionarios del gobierno de Biden dicen que están abordando la defensa de la democracia con un sentido de humildad y están abiertos a aprender de otras naciones.

En su gira del mes pasado, Blinken reveló que la nueva estrategia de Estados Unidos para África se centra en el apoyo a la democracia. Pero también dijo en una conferencia de prensa en la capital del Congo, Kinshasa, que Estados Unidos no “quiere una relación unilateral y transaccional”.

Elogió al Congo por ser un “participante sólido” en la Cumbre por la Democracia que Biden convocó en Washington el año pasado.

El Congo es una democracia en ciernes. Tras unas elecciones presidenciales problemáticas en 2019, tuvo su primer traspaso de poder pacífico. Blinken prometió al país 10 millones de dólares adicionales “para promover la participación política pacífica y la transparencia” en las elecciones del próximo año, que hacen un total de 24 millones de dólares en programas de este tipo supervisados por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

Los asesores de Biden dicen que su estrategia enfatiza la “resiliencia democrática” en lugar de la “promoción de la democracia”, a diferencia de esfuerzos de administraciones anteriores. Argumentan que están fortaleciendo las naciones democráticas y la cooperación entre ellas en lugar de impulsar cambios de sistemas políticos o de gobiernos.

Este marco es más defensivo que ofensivo y reconoce que las democracias están amenazadas, a menudo por fuerzas internas, como no lo habían estado en décadas.

Los funcionario también afirman que los desafíos globales como el cambio climático, la pandemia y la recuperación económica son mejor atendidos por democracias que trabajan al alimón.

Además, argumentan, ningún otro gobierno reciente había tenido que congregar a socios y aliados con urgencia para confrontar los retos que suponen China y Rusia, que por distintas vías socavan lo que los funcionarios estadounidenses denominan el “orden internacional basado en reglas”. Los funcionarios gubernamentales afirman que existe una competencia entre las democracias y las autocracias para demostrar cuál de ellas puede cumplir con lo prometido a sus pueblos y al mundo.

Pero al dar seguimiento a esos temas tan amplios, el gobierno de Biden tendrá que determinar caso por caso si trabaja con naciones autócratas o da prioridad a los principios en su línea de “democracia contra autocracia”.

“Este marco tan estrecho dificulta más acercarse a esas naciones que pudieras necesitar”, comentó Emma Ashford, investigadora sénior de política exterior en el Centro Stimson. “Tal vez reste espacio para cuestiones más globales, aquello de lo que podrías querer hablar con las autocracias”.

En el Medio Oriente, es evidente que Biden calibró su postura ante las autocracias, cuando se reunió en julio con el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salmán, a pesar de prometer antes que haría de esa nación un “paria” por el asesinato de Jamal Khashoggi, un columnista de The Washington Post, por parte de agentes sauditas. Los asesores de Biden dijeron que el presidente estaba centrado en trabajar con Arabia Saudita en la diplomacia con Israel, la seguridad energética global, la competencia con China y el fin de la guerra de Yemen.

Además, los funcionarios dicen que Estados Unidos todavía necesita encontrar formas de cooperar con Rusia y China en ciertos temas: para empezar, los programas nucleares de Irán y Corea del Norte, el cambio climático y la pandemia.

Para oponerse a la guerra de Rusia en Ucrania, el gobierno de Biden ha tenido que trabajar de manera cercana con Hungría y Turquía, países que, aunque son miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, se han vuelto sinónimo de erosión de la democracia.

Biden ha solicitado al Congreso cientos de millones de dólares para iniciativas a favor de la democracia, incluidos dos programas destinados a apoyar los esfuerzos contra la corrupción, el periodismo independiente, las elecciones y los activistas a favor de la democracia.

Funcionarios de todo el mundo estarán atentos para ver exactamente cómo ejecuta Estados Unidos esos programas y si Washington puede evitar ahora las dificultades que las potencias occidentales han tenido al tratar de difundir ideas y prácticas en el extranjero.

En una conferencia de prensa con Blinken en Pretoria, la ministra de Relaciones Exteriores de Sudáfrica, Naledi Pandor, declaró que Estados Unidos debía trabajar con las naciones africanas como iguales y usar las herramientas ya desarrolladas por los africanos.

“Creo que venir y tratar de enseñarle a un país que sabemos cómo funciona la democracia y decirle: ‘Háganlo ustedes. Les funcionará’, está destinado al fracaso”, dijo. “Así que tenemos que pensar de otra manera”.

Algunos analistas señalan que varias naciones africanas que tienen autócratas como gobernantes fueron excluidas de la cumbre sobre la democracia organizada por Biden en diciembre, entre ellas Ruanda y Uganda, en detrimento potencial de la política estadounidense en el continente.

“Esa selectividad pone de antemano a los líderes y a los países en un estado de crítica a Estados Unidos”, dijo Bob Wekesa, académico de la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo. “Ya cometieron el primer error”.

© 2022 The New York Times Company