AMLO y por qué condenar al clasismo en el Grito es importante, pero no basta

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AMLO en Palacio Nacional, mientras daba el Grito de Independencia. (AP Photo/Fernando Llano)
AMLO en Palacio Nacional, mientras daba el Grito de Independencia. (AP Photo/Fernando Llano)

El Grito de Independencia de AMLO se instaló de inmediato como el tema favorito en todas las mesas de discusión: las reales y las virtuales. No es para menos. El presidente añadió unas cuantas proclamas de su autoría. No es la primera vez que lo hace, pero la mención al clasismo y al racismo abrió una caja de Pandora que muchos todavía quieren ignorar.

No han faltado las visiones encontradas. Lo de siempre: una multitud en contra y otra a favor. Ya ni siquiera se pueden disimular las adhesiones. Para unos, una consigna necesaria, que refleja el compromiso del gobierno con los desaventajados; para otros, un mero capricho de López, carente de sentido y que sólo sirve como masaje a su ego. Como en cada caso de este tipo, conviene ir al medio para encontrar certezas.

México es un país clasista. A estas alturas, las evidencias se desbordan por doquier. En cada aspecto de la vida mundana, en la televisión, en los centros comerciales: no hay manera de negar un mal sistémico que tiene tantas formas de manifestarse. Quizá por eso incomoda tanto escuchar proclamas alusivas al clasismo en un acto como el Grito. Incomoda el mensaje y el mensajero, sí, pero de cualquier modo la sustancia de los dichos es el origen de una comezón insoportable.

No, no estamos acostumbrados. Desde siempre, esta ceremonia ha tenido como fin invocar a los héroes de otros tiempos para tratar de darle sentido al presente: el pasado tampoco fue generoso, pero al menos hubo valentía y tesón para liberar ataduras. ¿Y después? Festejo y jolgorio popular, que para eso existe esta fecha. La reflexión y la autocrítica siempre se pueden dejar para otro momento, como si disfrutar de un buen pozole nos inhibiera para encontrar nuevas maneras de significar la historia.

Nos duele hablar de clasismo y racismo. Creemos que estamos lejos de ahí y que todo intento por desvelar al monstro es un acto de resentimiento. No importa que la realidad dictamine la existencia de ambos, clasismo y racismo, porque siempre quedará el pretexto de que así somos, así nos llevamos, y que nadie ose a meterse con nuestro particular sentido del humor. El asunto, desde luego, es que los modos y las estructuras permanecen intactos. Por eso, señores, es importante ajustar un poco el Grito y darle cabida a temas contextuales.

Claro, después toca recordarle a López Obrador por qué y por quiénes ganó. Está claro que, a nivel discursivo, su cruzada ideológica goza de la salud que él quiere y que tan feliz lo hace. Y, para lamento de los 30 millones de votantes de hace cuatro años, ese plano, el simbólico, sigue siendo el más importante para el presidente. Una cosa es colocar los temas apremiantes en la mesa, como sin duda sucedió ayer, y otra, muy diferente, poner manos a la obra en hechos concretos. Y en ese terreno la deuda no hace sino agigantarse.

Zócalo de la Ciudad de México. (AP Photo/Eduardo Verdugo)
Zócalo de la Ciudad de México. (AP Photo/Eduardo Verdugo)

Es cierto, este gobierno ha padecido más que ningún otro los embates clasistas de una oposición que, moribunda, ha optado hasta por atacar al hijo adolescente de AMLO. Pero, justamente, la Cuarta Transformación se siente muy cómoda en ese rol defensivo: que nos ataquen y nosotros veremos la forma de capitalizar esto para nuestros fines. No se pone la mira en donde corresponde: acciones efectivas para compartir clasismo y racismo.

Las conferencias de prensa mañaneras sirven como escaparate y podrían cumplir con esa función eternamente, pero hay que dar muchos pasos más allá de lo rutinario. Nombrar los problemas es apenas el comienzo. Se sabe, con evidencia de treinta años, que López Obrador es especialista en detectar los problemas, describirlos y, cómo no, llevarlos a las mejores vitrinas políticas. Pero el voluntarismo se termina en las campañas y pasa al bote de basura cuando los opositores se convierten en gobierno.

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