Las amenazas de Putin subrayan los peligros de una nueva era nuclear más peligrosa

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El presidente Joe Biden y el presidente surcoreano Yoon Suk-yeol visitan la base aérea de Osan en Pyeongtaek, Corea del Sur, el domingo 22 de mayo de 2022. (Doug Mills/The New York Times).
El presidente Joe Biden y el presidente surcoreano Yoon Suk-yeol visitan la base aérea de Osan en Pyeongtaek, Corea del Sur, el domingo 22 de mayo de 2022. (Doug Mills/The New York Times).

WASHINGTON — El viejo orden nuclear, arraigado en los impensables resultados de la Guerra Fría, se estaba resquebrajando antes de que Rusia invadiera Ucrania. Ahora, está dando paso a una inminente era de desorden como no se había visto desde el comienzo de la era atómica.

Los recordatorios regulares de Rusia sobre su poderío nuclear durante los últimos tres meses, aunque en gran medida sean fanfarronerías, fueron la prueba más reciente de cómo la amenaza potencial ha resurgido de forma más directa y peligrosa. Estos bastaron para que el presidente Joe Biden advirtiera el martes a Moscú, en lo que supuso un reconocimiento tácito de que el mundo había entrado en un periodo de mayor riesgo nuclear.

“Por ahora no vemos ningún indicio de que Rusia tenga intención de utilizar armas nucleares en Ucrania, aunque este país suela blandir el sable nuclear, lo cual es peligroso y en extremo irresponsable”, escribió Biden en una columna de opinión especial en The New York Times. “Permítanme ser claro: cualquier uso de armas nucleares en este conflicto a cualquier escala sería completamente inaceptable para nosotros, así como para el resto del mundo, y tendría graves consecuencias”.

Esas consecuencias, sin embargo, serían casi con toda seguridad no nucleares, aclararon los funcionarios, un fuerte contraste con el tipo de amenazas de escalada nuclear a las que Washington y Moscú recurrieron durante la Guerra Fría.

Esos cambios se extienden mucho más allá de Rusia e incluyen los movimientos de China para expandir su arsenal, el colapso de cualquier esperanza de que Corea del Norte limite —y mucho menos abandone— su depósito de ojivas nucleares y el surgimiento de los llamados Estados umbral, como Irán, que están tentadoramente cerca de poder construir una bomba.

Durante el gobierno de Donald Trump, Estados Unidos y Rusia se retiraron de los tratados de armas que habían limitado sus arsenales. Solo uno —el Nuevo START, que limita a ambas partes a tener 1550 armas estratégicas desplegadas— se mantuvo. Luego, al comenzar la guerra de Ucrania en febrero, las conversaciones entre Washington y Moscú sobre lo que podría sustituir al acuerdo terminaron de manera abrupta.

Con el incremento del flujo de armas convencionales a Ucrania por parte del gobierno de Biden y las tensiones elevadas con Rusia, un alto funcionario del gobierno admitió que “ahora mismo es casi imposible imaginar” cómo podrían reanudarse las conversaciones antes de que el último tratado expire a principios de 2026.

Los restos carbonizados de una escuela, supuestamente incendiada por los soldados rusos en retirada, en el pueblo de Bohdanivka, al noreste de Kiev, Ucrania, el miércoles 18 de mayo de 2022. (Ivor Prickett/The New York Times).
Los restos carbonizados de una escuela, supuestamente incendiada por los soldados rusos en retirada, en el pueblo de Bohdanivka, al noreste de Kiev, Ucrania, el miércoles 18 de mayo de 2022. (Ivor Prickett/The New York Times).

El verano pasado, cientos de nuevos silos de misiles comenzaron a aparecer en el desierto chino. El Pentágono declaró que Pekín, que llevaba tiempo diciendo que solo necesitaba una “disuasión mínima”, estaba avanzando para construir un arsenal de “al menos” mil armas nucleares para 2030.

El comandante del Mando Estratégico de Estados Unidos, la unidad militar que mantiene el arsenal nuclear listo para su lanzamiento, aseguró el mes pasado que le preocupaba que Pekín estuviera aprendiendo de las amenazas de Moscú sobre Ucrania y las aplicara a Taiwán, al que considera igualmente un Estado separatista.

Los chinos están “observando de cerca la guerra en Ucrania y probablemente utilizarán la coerción nuclear para su beneficio” en futuros conflictos, declaró el comandante Charles Richard ante el Congreso. El objetivo de Pekín, señaló, “es conseguir la capacidad militar para reunificar Taiwán en 2027, si no es que antes”.

Otros funcionarios del gobierno se muestran más escépticos, pues afirman que el estruendo de Rusia no logró disuadir a Occidente de enviar armas a Ucrania, y que la lección que China podría extraer es que las amenazas nucleares pueden ser contraproducentes.

Otros están aprendiendo sus propias lecciones. Corea del Norte, país que el expresidente Donald Trump presumió que desarmaría con la diplomacia cara a cara, está construyendo nuevas armas.

Corea del Sur, que Biden visitó el mes pasado, ha vuelto a debatir de manera abierta si construir una fuerza nuclear para contrarrestar al Norte, un diálogo que recuerda a la década de 1970, cuando Washington obligó al Sur a renunciar a un programa de bombas encubierto.

En Corea del Sur y más allá, algunos consideran que la renuncia de Ucrania a su arsenal nuclear hace tres décadas es un error que dejó a la nación vulnerable a las invasiones.

Irán ha reconstruido gran parte de su infraestructura nuclear desde que Trump abandonó los acuerdos nucleares de 2015. Informes del Organismo Internacional de Energía Atómica sugieren que Teherán ahora puede producir el combustible para un arma nuclear en semanas, aunque la ojiva tardaría un año o más.

Lo que se aproxima rápidamente, según aseveran los expertos, es una segunda era nuclear llena de nuevos peligros e incertidumbres, menos predecibles que durante la Guerra Fría, con restricciones establecidas que dan paso a amenazas más descaradas de conseguir ese tipo de armas, y una necesidad de nuevas estrategias para mantener la paz atómica.

Andrew Krepinevich Jr., investigador principal del Instituto Hudson, argumentó hace poco en Foreign Affairs que la era que se avecina presentaría “un mayor riesgo de una carrera armamentística nuclear y mayores incentivos para que los Estados recurran a las armas nucleares durante una crisis”.

Amenazas de muerte

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, inició la guerra en Ucrania con una declaración de que pondría sus capacidades nucleares en una especie de alerta máxima, un claro mensaje a Washington para que se retirara. (No hay pruebas de que haya movido ningún arma nuclear o haya relajado los controles sobre su uso, explicó hace poco William Burns, el director de la CIA).

Fue la expresión más reciente de una estrategia de Putin para recordarle al mundo que, aunque la economía de Rusia es del tamaño de la de Italia y su influencia se ve eclipsada por el ascenso de China, su arsenal nuclear sigue siendo el más grande.

En los años previos a la invasión de Ucrania, Putin incluyó de manera regular en sus discursos videos de propaganda nuclear, incluido uno que mostraba un enjambre de ojivas descendiendo sobre Florida. En marzo de 2018, cuando anunció el desarrollo de un torpedo de 24 metros de largo, equipado con armas nucleares, destinado a cruzar un océano y cubrir un área más grande que California con radiactividad, lo calificó de “increíble” y “verdaderamente fantástico”, mientras un video que lo acompañaba lo mostraba explotando en una bola de fuego colosal.

Un popular programa de noticias dominical en Rusia presentó recientemente una animación que volvía a mostrar el torpedo gigante, afirmando que el arma podría explotar con una fuerza de hasta cien megatones —más de 6000 veces la potencia de la bomba atómica estadounidense que destruyó Hiroshima— y convertir al Reino Unido “en un desierto radiactivo”.

Todo eso resultó un poco tosco, incluso para un Putin lastimado. Pero dentro del Pentágono y el Consejo de Seguridad Nacional, sus desplantes han centrado la atención en otra parte del arsenal ruso: las armas tácticas o de “campo de batalla”, armas relativamente pequeñas que no están cubiertas por ningún tratado y que son fáciles de transportar. Rusia posee una reserva de casi 2000, veinte veces más que los arsenales de la OTAN.

Preparar una respuesta

Una señal de los riesgos de esta nueva era ha sido una serie de reuniones urgentes dentro del gobierno para trazar la manera en que Biden debería responder si Rusia lleva a cabo una detonación nuclear en Ucrania o alrededor del mar Negro. Los funcionarios se rehúsan a ofrecer comentarios sobre los resultados clasificados de esos ejercicios de simulación.

No obstante, en un testimonio público ante el Congreso el mes pasado, Avril Haines, directora de Inteligencia Nacional, declaró que los funcionarios creían que Putin utilizaría su arsenal solo si “percibe que está perdiendo la guerra en Ucrania y que la OTAN en efecto está interviniendo o a punto de intervenir”.

Los funcionarios de inteligencia afirman creer que las posibilidades son bajas, pero eso es un pronóstico más alto de lo que cualquiera estaba proyectando antes de la invasión.

“Hay muchas cosas que él haría en el contexto de una escalada antes de llegar a las armas nucleares”, explicó Haines.

La Casa Blanca, el Pentágono y las agencias de inteligencia están examinando las implicaciones de cualquier posible afirmación rusa de que está realizando una prueba nuclear o del uso por parte de sus fuerzas de un arma nuclear relativamente pequeña en el campo de batalla para demostrar su capacidad.

Como insinuó el artículo de opinión de Biden, sus asesores están estudiando discretamente, y casi de manera exclusiva, respuestas no nucleares —probablemente una combinación de sanciones, esfuerzos diplomáticos y, si se necesita una respuesta militar, ataques convencionales— a cualquier demostración de detonación nuclear de este tipo.

La idea sería “dar una señal de desescalada inmediata”, seguida de una condena internacional, opinó un funcionario del gobierno que habló bajo condición de anonimato para proporcionar información sobre temas clasificados.

“Si se responde de la misma manera, se pierde el terreno moral y la capacidad de aprovechar una coalición global”, afirmó Jon Wolfsthal, un experto nuclear que estuvo en el Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Obama.

Sin embargo, los detalles importan. Una prueba de Rusia sobre el océano, en la que no muera nadie, podría ser una cosa; una en una ciudad ucraniana que mate a la gente podría dar lugar a una respuesta diferente.

Henry Kissinger señaló en una entrevista reciente con The Financial Times que “hay un consenso casi total a nivel internacional sobre lo que sucedería si las armas realmente se usaran”. Agregó: “Ahora estamos viviendo en una era totalmente nueva”.

Un nuevo rompecabezas chino

Durante décadas, Pekín se conformó con tener algunos cientos de armas nucleares para asegurarse de que no pudiera ser atacado, y mantener la capacidad de un “segundo ataque” en caso de que se usaran armas nucleares en su contra.

Cuando las imágenes satelitales comenzaron a mostrar nuevos silos de misiles balísticos intercontinentales excavados en el borde del desierto de Gobi el año pasado, provocó un debate en el Pentágono y las agencias de inteligencia de Estados Unidos sobre lo que pretendía el líder de China, Xi Jinping, especialmente en un momento en que parecía estar dirigiéndose hacia una confrontación en torno a Taiwán.

La teoría más simple es que, si China va a ser una superpotencia, necesita un arsenal del tamaño de una superpotencia. Pero otra es que Pekín reconoce que todas las teorías familiares sobre el equilibrio de poder nuclear están perdiendo fuerza.

“Todo el mundo se apresura a conseguir un escudo nuclear y, si no lo consiguen, piensan en conseguir sus propias armas”, señaló David Albright, presidente del Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional, un grupo privado en Washington que hace un seguimiento de la expansión de las armas nucleares.

Albright dijo que Oriente Medio es un territorio ideal para las nuevas ambiciones atómicas. A medida que Irán se acerca a la bomba, Arabia Saudita y Turquía han hablado públicamente sobre la posibilidad de igualar lo que haga Teherán.

“Están tramando algo, y son ricos”, sugirió Albright sobre Arabia Saudita.

© 2022 The New York Times Company

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