El drama personal de descubrir el Alzheimer antes de tiempo

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Demencia. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).
Demencia. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).

A medida que la esperanza de vida ha ido aumentando con los avances en medicina y en prevención, muchos más de nosotros acabamos por enfrentarnos a enfermedades asociadas al envejecimiento. Particularmente dolorosas resultan las mentales ligadas a la senilidad, a las que solemos llamar demencia, entre las que destaca el mal de Alzheimer.

Sabemos ciertamente que existe un componente genético. Aquellos que han tenido la desgracia de ver a sus mayores languidecer poco a poco mientras se sumergían en el mundo del olvido, saben (con temor) que tienen más probabilidades que otros de enfrentarse a la demencia, llegado el momento.

Aparte de eso, lo cierto es que a día de hoy sabemos muy poco, más bien nada, sobre cómo tratar a la enfermedad. Es cierto, gracias a la ciencia podemos explicar los efectos del Alzheimer, que implican la pérdida de la mielina (la sustancia que recubre a las neuronas y que permite la transmisión de impulsos nerviosos entre ellas). También hemos identificado a alguno de los posibles causantes (e incluso se han desarrollado fármacos candidatos prometedores), pero la dura realidad es que el Alzheimer sigue siendo un mal para el que no tenemos cura. Los científicos achacan los malos resultados cosechados por algunos de esos fármacos al momento en que se probaron. Demasiado tarde, cuando el mal ya estaba muy avanzado.

Y es que, al igual que sucede con el cáncer, la detección temprana del Alzheimer resulta la forma más efectiva de combatirlo. Por desgracia las pruebas que existen en la actualidad para diagnosticarlo no son sencillas de implementar de forma masiva, ni baratas. Los que consiguen averiguar con cierta antelación que su riesgo de padecer la enfermedad es más alto que el de la media, lo hacen combinando test genéticos, punciones lumbares, escáneres PET (tomografía de emisión de positrones que permiten detectar amiloides en el cerebro) y consultas al historial médico familiar.

Existe cierta esperanza de que en el futuro podamos contar con pruebas diagnósticas sencillas que se puedan adquirir en la farmacia sin receta. Se habla por ejemplo de un test que mida el nivel de la proteína tau en sangre (un biomarcador asociado al Alzheimer), pero como digo, hoy por hoy descubrir si uno tiene un riesgo mayor que otros es bastante complicado.

Y hete aquí que algunos científicos comienzan a sugerir que en realidad podríamos hacer mucho más por detectar de forma temprana nuestras probabilidades de desarrollar Alzheimer. Y lo mejor de todo es que para hacerlo no tendríamos que hacer muchos sacrificios, salvo eso sí, en el campo de la privacidad.

En el New York Times, Paula Span ha publicado un interesante artículo en el que enumera alguno de esos métodos que en realidad no tienen nada que ver con la medicina. ¿Te importaría mucho llevar un GPS en el automóvil que analizase el modo en que conduces? Bien, pues este podría ser precisamente una de esas formas baratas y sencillas de implementar, para detectar el Alzheimer con tiempo suficiente para actuar contra él. Estudios recientes que implicaban a personas a las que se les detectó el mal en fase temprana (aunque no se les comunicó) demostraron que existía una probabilidad del 88% de detectar con acierto a los enfermos, simplemente analizando los patrones de conducción, que incluían acelerones y frenazos inesperados, y velocidades muy por encima o por debajo de las normales para las vías por las que circulaban.

El artículo de Span cita varias fórmulas similares capaces de encontrar “pistas” de lo que está por venir, basados en estrategias similares. Analizar los pagos de letras que se olvidan, la forma de comunicarse por teléfono, las respuestas a los test y exámenes que algunas empresas realizan periódicamente a sus trabajadores, etc. Algunos de ellos, según cita el New York Times, podría hacer sonar la alarma entre dos y seis años antes de que el mal se convirtiera en incapacitante.

Sea como sea, bien porque nos decidimos a poner en marcha esos “biomarcadores” tecnológicos y resulta que funcionan, o bien sea porque finalmente llega a las farmacias el test que te dice si vas a padecer demencia en tus años de anciano o no, el día en que ese conocimiento esté a disposición de la ciencia muchos se enfrentarán a un dilema formidable.

A la izquierda mitad sana del cerebro, a la derecha afectada por Alzheimer en fase avanzada. (Imagen CC vista en sms.snl.no).
A la izquierda mitad sana del cerebro, a la derecha afectada por Alzheimer en fase avanzada. (Imagen CC vista en sms.snl.no).

Piensa en primera persona. ¿Querrías saberlo? Descubrir que te encuentras en el grupo “maldito” te cargaría con una losa “mental” tremenda, ya que como como digo hoy por hoy no existe tratamiento ni cura para el Alzheimer. Pero al mismo tiempo, detectar de forma temprana las probabilidades de desarrollar la enfermedad es justamente lo que los científicos están esperando. ¡El principio del fin!

Todos esos prometedores fármacos que finalmente quedaron en nada (tal vez porque sus posibles beneficios médicos solo podían funcionar antes de que la mielina se viera afectada gravemente) podrían ponerse a prueba en el momento correcto. La ciencia podría de este modo poner su maquinaria en marcha, crear hipótesis, probar, desechar, descubrir, observar resultados.

Sin duda, nos encontraríamos frente a una ocasión formidable para que algunos de esos potenciales enfermos, mostraran su generosidad en aras del futuro bien común. Obviamente habrá quien prefiera no conocer las sombrías perspectivas, pero pensadlo, si todos actuásemos así se desvanecería la ventana de oportunidad para encontrar soluciones al problema. El debate que se abre es interesantísimo y habría que respetar todas las opciones.

Por mi parte lo tengo claro. Siempre he pensado que si algún día un médico se encuentra frente a mí con una muy mala noticia sobre mi salud que darme, y me pregunta si quiero la versión dura o la edulcorada, elegiré la primera. Eso me daría la oportunidad de arreglar con tiempo mis asuntos, reconocer las lealtades, expresar mis afectos y dar gracias por poder recordar todos los momentos de mi vida.

¿Acaso no harías tú lo mismo?

Me enteré leyendo un interesante artículo de The New York Times.

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