Estos son los alborotadores que asaltaron el Capitolio de la nación

Sabrina Tavernise and Matthew Rosenberg
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Los partidarios del presidente Donald Trump que se aglomeraron en el Capitolio de Estados Unidos caminan por el Salón Nacional de las Estatuas, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Anna Moneymaker/The New York Times)
Los partidarios del presidente Donald Trump que se aglomeraron en el Capitolio de Estados Unidos caminan por el Salón Nacional de las Estatuas, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Anna Moneymaker/The New York Times)
Partidarios del presidente Donald Trump que se aglomeraron en el Capitolio de Estados Unidos se enfrentan a los oficiales de la policía del Capitolio en el edificio, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
Partidarios del presidente Donald Trump que se aglomeraron en el Capitolio de Estados Unidos se enfrentan a los oficiales de la policía del Capitolio en el edificio, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)

WASHINGTON — Hubo detestables nacionalistas blancos y famosos teóricos de la conspiración que han difundido visiones tenebrosas sobre pedófilos adoradores de Satanás que dirigen el país. Otros eran más desconocidos, personas que han viajado desde Indiana y Carolina del Sur a atender el llamado del presidente Donald Trump para mostrarle su apoyo. Uno de ellos acababa de ser elegido en noviembre como legislador de Virginia.

Todos ellos coincidieron el miércoles en el área del Capitolio de Estados Unidos, donde cientos de alborotadores chocaron contra barricadas, escalaron por ventanas y atravesaron puertas para deambular por los corredores con una sensación de alegría por haber profanado el recinto, porque, durante unas cuantas horas impresionantes, creían que habían remplazado a las élites que decían odiar.

“Queríamos demostrarles a estos políticos que somos nosotros quienes mandamos, no ellos”, afirmó un trabajador de la construcción de 40 años procedente de Indianápolis que solo se identificó como Aaron. Se rehusó a dar su apellido diciendo: “¡No soy tan tonto!”.

Luego añadió: “Tenemos la fuerza”.

Mientras el país analiza los añicos de lo que ocurrió el miércoles en Washington, lo que destaca del asalto al Capitolio es una confusa constelación de partidarios incondicionales de Trump: una multitud de personas principalmente blancas, muchas de las cuales iban armadas con palos, escudos y aerosoles químicos; algunas llevaban banderas confederadas y usaban disfraces de pieles y cuernos inspirados en QAnon; la mayoría eran varones, pero también había mujeres.

Quienes asaltaron el Capitolio fueron solo una parte de los miles de partidarios de Trump que habían llegado a Washington a impugnar la certificación del triunfo de Joe Biden sobre Trump en noviembre. Su irrupción se dio con una energía confusa y frenética, alimentada por las palabras de Trump de unos minutos antes y por el fervor de la muchedumbre que lo apoyaba.

El Departamento de la Policía Metropolitana de Washington dijo que el jueves ya no había hecho más arrestos relacionados con la revuelta, durante la cual murió una mujer a manos de la policía del Capitolio. Un día antes, los oficiales del departamento arrestaron a 68 personas, y, durante el disturbio, la policía del Capitolio detuvo a otras 14. Las autoridades federales seguían buscando otras decenas de personas. Entre ellas estaba un activista por el derecho a portar armas de 60 años procedente de Arkansas, a quien fotografiaron sentado en la oficina de la presidenta Nancy Pelosi, algunos hombres vestidos con equipo táctico tomándose selfis en la rotonda y una mujer en la Cámara de Representantes con una pancarta de QAnon acerca de los niños.

Algunos de quienes también habían entrado entre la muchedumbre parecían aturdidos por el asombro de lo que veían frente a ellos. Algunos hacían comentarios sobre la opulencia del edificio y de las oficinas del Capitolio, algo que parecía confirmar sus sospechas sobre la corrupción del gobierno.

“Mira todos esos muebles lujosos”, decía un hombre con una chaqueta invernal y sombrero rojo que estaba en el ala oeste del Capitolio y, a través del cristal, miraba los escritorios vacíos, las pantallas de computadora y las sillas ergonómicas. Varias personas golpeaban las ventanas con los puños, entre ellas, un hombre que gritaba “¡Preparen el café!”. Otro hombre se golpeó la cabeza al no ver que había una lámina exterior de cristal porque esta estaba muy limpia.

Mientras la gente corría hacia dentro, se sentía una extraña mezcla de confusión y emoción, y la casi nula presencia de policías al principio aumentaba la sensación de anarquía. Miraban boquiabiertos este lugar de riqueza y esplendor, ornamentado con obras de arte y mármol, el feudo de los poderosos donde, por un pequeño lapso de tiempo esa tarde del miércoles, los revoltosos tenían el control. Por primera vez en la vida, sentían que no podrían ser ignorados.

Ahora que las autoridades intentan identificar a los que se encontraban en la multitud, habrá quienes sean menos difíciles de reconocer que otros. En ese grupo había algunas figuras bien conocidas de la derecha conspiratoria, entre ellas Jake Angeli, quien ha promovido las afirmaciones falsas de QAnon de que Trump fue electo para salvaguardar a Estados Unidos de los burócratas de un Estado profundo y de demócratas destacados que adoran a Satanás y explotan a los niños. Lo fotografiaron sentado en el Congreso vestido con pieles y un casco de vikingo. Desde las elecciones, Angeli, a quien se le conoce como el “Q Shaman ”, ha sido un elemento habitual en las manifestaciones a favor de Trump en Arizona, y existen señales de que él y otros activistas de derecha habían planeado provocar una confrontación con las autoridades antes del mitin del miércoles.

También había líderes de los Proud Boys, un grupo de extrema derecha cuyos participantes han apoyado ideas misóginas y antiinmigrantes, como Nick Ochs, candidato perdedor a la legislatura estatal de Hawái y miembro de un colectivo llamado “Murder the Media” (Maten a los medios). El miércoles, Chris Hood y algunos miembros de su Club Nacional Socialista, una organización neonazi, publicaron fotografías en Telegram desde la parte exterior del Capitolio. Y, el martes en la noche, los Three Percenters, un grupo paramilitar de ultraderecha, fueron vistos juntos en la Plaza de la Libertad de Washington, la mayoría de ellos con cascos y chalecos antibalas adornados con el símbolo del grupo, un número tres romano.

La turba salió de una concentración más grande compuesta por decenas de miles de los partidarios más leales de Trump, muchos de los cuales habían conducido toda la noche o tomado autobuses con amigos y vecinos para verlo hablar, y participar en un día que muchas personas esperaban que finalmente diera alguna solución a los meses de falsas afirmaciones acerca de que les habían robado las elecciones. Muchas personas entrevistadas dijeron que nunca antes habían estado en Washington.

En las entrevistas del miércoles, los manifestantes de la muchedumbre más grande dijeron que tenían la sensación de que algo sucedería… algo que era más grande que ellos. Nadie podía decir qué sería exactamente. Antes de que asaltaran el Capitolio, algunas personas hablaron de manera misteriosa de violencia y de una amenaza inminente de guerra civil. Pero cuando se les presionó para que dijeran qué significaba eso, mostraban dudas y solo decían que, si las convocaban, harían lo que les correspondiera en un conflicto.

Cuando quienes entraron al Capitolio salieron más tarde después de armar su alboroto, a muchos los recibieron como héroes.

“¡Sí, detuvimos la votación!”, gritó un hombre con una chaqueta azul marino con cremallera al salir con las manos en alto por una puerta alta de madera amarilla, mientras la gente que estaba afuera gritaba y vitoreaba. Del otro lado de la puerta doble, garabatearon “Maten a los medios” con un marcador negro.

Muchas personas dijeron que no habrían tratado de entrar, pero se solidarizaron con quienes lo habían hecho.

“Yo no voy a entrar, pero me parece bien”, afirmó Lisa Todd, maestra de bachillerato de 56 años de Raleigh, Carolina del Norte. Estaba de pie con tres colegas, todos docentes como ella.

Otras personas manifestaron cierto arrepentimiento.

Asaltar el Capitolio “tal vez no fue lo mejor”, comentó Eric Dark, un camionero de 43 años de Braman, Oklahoma, a quien le lanzaron gas lacrimógeno cuando llegó a la parte superior de la escalinata, pero nunca logró entrar.

Había estado de pie con Brian Hobbs , alcalde de Newkirk, Oklahoma, cerca de la parte superior de la escalinata en el ala oeste del edificio alrededor de las 4:30 p. m. cuando oficiales vestidos con equipo antimotines comenzaron a avanzar para desalojar a las miles de personas que se habían reunido.

Podía haber sido mucho peor, afirmó.

“Éramos los suficientes; podíamos haber derribado ese edificio ladrillo por ladrillo”, aseguró.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company