El acoso escolar se ceba en los estudiantes con altas capacidades

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La violencia entre iguales es uno de los problemas que más preocupación social suscita en los centros educativos debido a su prevalencia, su gravedad y su relación con variables de salud y de ajuste psicosocial.

Numerosos estudios han puesto de manifiesto problemas de salud física, dificultades emocionales y de comportamiento, desarrollo social problemático y bajo rendimiento académico asociados a la exposición de los jóvenes a esta violencia.

El acoso escolar se define como una forma de violencia en la que una o varias personas agreden a otro igual (o iguales) de forma repetida en el tiempo con intención dolosa, habiendo un desequilibrio de poder entre las partes implicadas.

Una “pandemia” escolar

El acoso escolar (y particularmente la violencia entre iguales) es un fenómeno de naturaleza “pandémica”, es decir, es una problemática que se extiende a muchos países y continentes, traspasa fronteras, supera el número de casos esperados y persiste en el tiempo.

Para constatar esta triste afirmación, remitimos al lector al informe de la UNESCO de 2018 sobre el asunto. En él se recogen datos de encuestas internacionales en más de 40 países en alumnado entre los 11 y los 17 años. Los resultados revelan que aproximadamente uno de cada tres estudiantes ha sido acosado por sus compañeros durante uno o más días en el mes previo a la encuesta.

En España, según el Informe realizado por UNICEF en 2021, encontramos que los datos de victimización por acoso escolar varían entre el 22.5 % y el 33.6 %, según los puntos de corte. De tal forma que entre 2 y 3 alumnos de cada 10 son víctimas.

Alumnos con altas capacidades

La relación del acoso escolar y el alumnado con altas capacidades lleva en estudio casi dos décadas con resultados muy dispares: unos reportan más acoso a este colectivo, otros no perciben diferencias y unos pocos sostienen que el alumnado con altas capacidades padece menos acoso que el alumnado sin altas capacidades.

Los datos preliminares en España ya sugerían que había un problema relevante con este grupo heterogéneo de alumnos y parecían indicar que estos recibirían los envites de la violencia con mayor frecuencia.

Más victimizados

Nuestro estudio es el más amplio en el ámbito español sobre acoso escolar y altas capacidades hasta la fecha. Han participado 449 adolescentes diagnosticados con altas capacidades de todo el territorio nacional y 950 estudiantes sin diagnóstico de altas capacidades, de 14 centros de siete comunidades autónomas (Principado de Asturias, Comunidad de Madrid, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Comunidad de Aragón y País Vasco).

Los resultados señalan que el alumnado con altas capacidades presenta una prevalencia de victimización significativamente superior: el 50,6 % está implicado en problemas de victimización, frente a un 27,6 % del alumnado sin altas capacidades.

Por el contrario, el número de agresores puros (es decir, que solo son agresores) en ambas muestras no presenta diferencias estadísticamente significativas (un 1,1 % en alumnado con altas capacidades y 2,4 % en alumnado sin altas capacidades).

Efectos y causas

La violencia afecta a todo aquel que la recibe, aunque también a quien la ejerce y a quien la observa. De tal manera que toda persona que esté relacionada con un circuito de violencia va a verse afectada por ella y los datos del estudio lo corroboran.

Ser víctima o víctima–agresiva está relacionado con altos niveles de estrés, ansiedad, depresión y una menor calidad de vida relacionada con salud para todo tipo de alumnado. No obstante, las víctimas que presentan altas capacidades reportaron significativamente mayor estrés que las víctimas sin altas capacidades.

En el contexto social en el que nos movemos, cualquier diferencia puede hacer que las personas no mimetizadas con su entorno sean vistas como objetivo potencial de burlas, mofas, agresiones verbales o físicas, etc.

De una parte, esta mayor victimización del alumnado con altas capacidades puede deberse a su constitución como grupo minoritario, siendo este rasgo de minoría versus mayoría (población general en edad escolar) el que puede explicar parte de la propensión a ser acosados.

Distintos a los demás

Esta diferencia puede darse en cualquier sentido (independientemente de si es algo positivo o no) y puede volverse un factor de riesgo para la victimización. Las diferencias pueden ser de todo tipo: físicas, como ser muy alto, bajo, obeso o delgado; presentar problemas con el habla (disfemia); llevar aparato corrector dental, gafas o implantes cocleares; pertenecer a un grupo étnico minoritario, una religión distinta a la de la mayoría o tener una orientación sexual no normativa.

Además de lo dicho, la teoría de identidad social, señala que los procesos intergrupo llevan a los individuos a comportarse de tal manera que se favorezca al propio grupo (endogrupo) y se discrimine a otros (exogrupo).

Los efectos de contraste grupal son cruciales para el desarrollo de sus normas y señales de identidad y se basan típicamente en la característica más destacada que distingue a sus miembros (paradigma mínimo dentro del grupo), lo que justifica la intimidación simplemente porque un compañero no es miembro del endogrupo, fomentando incluso la agresión.

Este efecto de distanciarse del exogrupo ha sido encontrado incluso en niños de 4 y 5 años. De esta forma puede comprenderse mejor cómo distintos grupos minoritarios sufren más victimización en comparación con el grupo mayoritario.

El respeto a la diferencia

Al menos dos de los retos clave pendientes son:

  1. Que los centros sean entornos seguros para todo el alumnado.

  2. Incluir y respetar lo diferente en el contexto escolar.

De forma general, desde la sociedad, la familia y otros ámbitos de socialización se sigue viendo lo “diferente” como negativo. Esta es la primera gran reflexión de fondo: la aceptación de las diferencias y de la diversidad es una gran asignatura pendiente.

Claves para el futuro

Los alumnos con altas capacidades son diversos, también entre sí, por lo que este hecho diferencial no aceptado los hace más vulnerables. Si además, la concepción que se tiene de ellos es incorrecta o está difuminada y teñida de estereotipos, el problema se agrava. Para evitarlo, es necesario, al menos:

  1. Comprender correctamente qué significa presentar altas capacidades.

  2. Identificar adecuadamente a esta población.

  3. Desbancar los numerosos mitos en torno a las altas capacidades, que causan un problema cierto en esta población escolar y en sus entornos familiares.

  4. Abordar la atención educativa del alumnado con altas capacidades de manera adecuada y evitar, especialmente, que el docente señale al alumno o alumna con altas capacidades como diferente.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Joaquín Manuel González Cabrera recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación a través del Programa Estatal de I+D+I Orientada a los retos de la Sociedad, así como fondos de investigación propios de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Él es miembro de organizaciones animalistas y solidarias que no guardan relación alguna con la temática de estudio.

Javier Tourón y Juan Manuel Machimbarrena no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

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