¿Acaso se trata de una zarza ardiente? ¿Es el monte Sinaí? El solsticio refuerza la afirmación

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El fenómeno de la "zarza ardiente", que se produce en el solsticio de invierno, en el monte Karkom, en el desierto del Néguev, en el sur de Israel, el 21 de diciembre de 2021. (Amit Elkayam/The New York Times)
El fenómeno de la "zarza ardiente", que se produce en el solsticio de invierno, en el monte Karkom, en el desierto del Néguev, en el sur de Israel, el 21 de diciembre de 2021. (Amit Elkayam/The New York Times)

MONTE KARKOM, Israel — La montaña ha mantenido sus secretos durante siglos, con un aire de misterio sagrado reforzado por su ubicación remota en el desierto del Néguev, en el sur de Israel.

No obstante, un día de la semana pasada, cientos de aventureros israelíes se adentraron en el desierto para llegar al monte Karkom, decididos a acercarse a la respuesta de una pregunta tan intrigante como controvertida: ¿Acaso este es el monte Sinaí de la Biblia, donde se cree que Dios se comunicó con Moisés?

Durante mucho tiempo, los eruditos, tanto religiosos como académicos, han debatido respecto a la ubicación del monte Sinaí, y hay una decena de contendientes más tradicionales, la mayoría de ellos en las extensiones montañosas de la península del Sinaí, al otro lado de la frontera de Egipto.

Pero el alegato del monte Karkom ha ganado cierto apoyo popular debido a un fenómeno natural anual que un intrépido grupo de entusiastas de la arqueología y la naturaleza ha presenciado por sí mismo.

En 2003, un guía y ecologista local israelí se encontraba en la cima de la vasta meseta del Karkom un día de finales de diciembre, cerca del solsticio de invierno, cuando se encontró con una maravilla.

A mediodía, con el sol bajo en el cielo en uno de los días más cortos del año, observó la lejanía a través de un barranco profundo y divisó un extraño halo de luz, que parpadeaba como si estuviera en llamas y emanaba de una escarpada pared de roca.

Se trataba de la luz del sol reflejada en un ángulo particular en los lados de una cueva, pero el descubrimiento no tardó en llegar a la televisión israelí y fue bautizado con el curioso nombre de “la zarza ardiente”. Algunos afirmaron que era probable que se tratara del fuego sobrenatural que, según el libro del Éxodo, Moisés vio en la montaña sagrada cuando Dios le habló por primera vez, y donde más tarde recibió los Diez Mandamientos mientras sacaba a los israelitas de Egipto.

El desierto del Néguev, en el sur de Israel, el 21 de diciembre de 2021. (Amit Elkayam/The New York Times)
El desierto del Néguev, en el sur de Israel, el 21 de diciembre de 2021. (Amit Elkayam/The New York Times)

La zarza ardiente, que nunca fue consumida por el fuego, es un símbolo del judaísmo, el cristianismo, el islam y otras creencias, incluido el bahaísmo.

No obstante, décadas antes de este descubrimiento astronómico accidental, el monte Karkom ya cautivaba a algunos arqueólogos por sus indicios de que el lugar había desempeñado un papel espiritual importante hace miles de años.

Hace más de medio siglo, Emmanuel Anati, un joven arqueólogo italiano, encontró una extraordinaria concentración de miles de tallados y círculos en roca mientras inspeccionaba la meseta del monte Karkom, a unos 760 metros sobre el nivel del mar. Entre los dibujos rupestres hay muchos de íbices, pero también algunos que se han interpretado como representaciones de las tablas de los mandamientos u otras referencias de la Biblia.

En la base del monte Karkom, que debe su nombre al azafrán del desierto, hay indicios de que aquí confluían antiguas rutas migratorias y de que en la zona se celebraban rituales de culto. Anati identificó lo que creía que era un altar de sacrificios en los restos de doce pilares de piedra que podrían corresponder con el descrito en el Éxodo 24 que construyó Moisés y que representa las doce tribus de Israel.

En sus escritos, Anati señaló que no se había propuesto buscar el monte Sinaí, pero tras años de trabajo de campo y exploración, propuso a principios de la década de 1980 que, con base en las pruebas topográficas y arqueológicas, el monte Karkom “debía de identificarse con la montaña sagrada de las narraciones bíblicas”.

No obstante, aparte de las dificultades habituales de la arqueología del desierto (los nómadas tienden a dejar pocos rastros permanentes) y de la cuestión de si alguna arqueología puede vincularse a la historia bíblica del Éxodo, la teoría de Anati planteaba un problema cronológico.

Israel Finkelstein, profesor emérito de arqueología en la Universidad de Tel Aviv, Israel, y uno de los primeros críticos de la teoría de Anati, afirmó que la mayoría o todos los yacimientos fechables en torno al monte Karkom pertenecen al tercer milenio a. C.

El Éxodo, si se produjo, suele datarse entre el 1600 y el 1200 a. C.

“De modo que hay más de un milenio de diferencia entre la realidad del Karkom y la tradición bíblica”, comentó Finkelstein.

Por muy acalorado que sea el debate académico, el aire era gélido cuando un convoy de jeeps con tracción en las cuatro ruedas partió hacia la montaña, a través de un terreno escarpado, al amanecer del día del solsticio de invierno.

Cuando el grupo llegó al estacionamiento a los pies del monte Karkom, recibieron un extra inesperado: Anati, quien ya tiene cerca de 90 años, estaba sentado en una silla de playa. Era el centro de atención mientras promocionaba sus libros.

En la búsqueda del monte Sinaí, dijo Anati, algunos insisten, por razones políticas o nacionalistas, en que el sitio debe de estar dentro de las fronteras de Israel, no en Egipto. Otros, por razones religiosas, dicen que estaría más allá de las fronteras, en apego a la tradición de que los israelitas vagaron por el desierto durante 40 años antes de llegar a la Tierra Prometida.

“Ninguno de estos enfoques es correcto; hay que buscar la verdad”, dijo Anati. “Aporto todas las opiniones y pruebas y dejo que el lector decida solo”, explicó, y sobre los tesoros de la montaña añadió: “Esta es la historia de la humanidad”.

Tras una empinada subida por la ladera del Karkom hasta su ventosa meseta, decenas de personas se abrieron paso a lo largo de la cresta y observaron hacia el otro lado del barranco, a la lejana ventana del acantilado, para vislumbrar la “zarza ardiente”.

Sin binoculares ni visión bíblica, fue posible distinguir un resplandor extraño pero tenue, aunque algunos visitantes expresaron su decepción porque el halo no era más intenso.

No obstante, al caminar a tropezones por la meseta rocosa, resultaba emocionante encontrarse con piezas de arte rupestre, con imágenes astilladas en la pátina marrón oscura de las piedras, dejando al descubierto la piedra caliza clara que había debajo.

Shahar Shilo, investigador que dirige la cooperativa de turismo de las tierras altas del Néguev, habló de la importancia que tenía para los pueblos antiguos poder calcular las estaciones con fines agrícolas, y de la santidad que se le atribuye a quienes podían identificar con precisión el día más corto del calendario.

Si se trata del monte Sinaí y del fenómeno del solsticio de invierno, la zarza ardiente “está en el ojo de quien lo mira”, señaló Shilo.

“Pero”, añadió, “es un gran mito, hay que reconocerlo”.

© 2021 The New York Times Company

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