Sus abejas vuelan hacia la línea del frente, la cual podría alcanzarlo pronto

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Petro Fedorovych, apicultor, atiende a sus abejas en Bohdanivka, Ucrania, el 30 de agosto de 2022. (Tyler Hicks/The New York Times)
Petro Fedorovych, apicultor, atiende a sus abejas en Bohdanivka, Ucrania, el 30 de agosto de 2022. (Tyler Hicks/The New York Times)

BOHDANIVKA, Ucrania — Cuando el tiempo se hizo más cálido después de una primavera fría, los campos de girasoles donde, durante décadas, las abejas de Petro Fedorovych recolectaban néctar para producir su miel ambarina estaban en su mayoría abandonados y sin plantar.

La guerra se había extendido por la estepa ucraniana oriental tras la invasión rusa de febrero. Cayó la ciudad de Severodonetsk, luego Lisichansk. Las líneas del frente se recorrieron hasta que los incesantes golpes de la artillería llegaron al pequeño poblado del apicultor, Bohdanivka, junto con el calor.

Aun así, sus abejas salieron de sus colmenas como cada verano. Fedorovych, de 71 años, las vio volar más allá de los campos de su familia. Volaban hacia las carreteras y los cráteres de los proyectiles, cada vez más cerca de la línea del frente, donde las tropas rusas y ucranianas se mataban unas a otras con armas, granadas y cohetes.

Y luego volaron a casa.

Millones de ucranianos han huido de sus hogares desde que comenzó la guerra hace más de seis meses, pero muchos se quedaron, refugiados en sótanos y otros lugares, decididos a afrontar la embestida por una variedad de razones: no tener otro lugar a dónde ir, no tener dinero, tener familiares discapacitados, o por sentimientos a favor de Rusia. La lista continúa.

No obstante, la decisión de Fedorovych de permanecer en su casa con sus abejas, su esposa, Ira, y su cabra, Flower, fue de lo más sencilla: este era su hogar, un mundo en sí mismo, donde incluso la destrucción que se avecinaba poco a poco parecía mejor que enfrentarse a lo desconocido en las ciudades y poblados más allá del alcance de la artillería rusa.

“Construí esta casa con mis manos”, aseveró a finales del mes pasado, con el pelo canoso despeinado y el sudor de una mañana de apicultura en la frente. “Nunca me iré”.

Petro Fedorovych, apicultor, atiende a sus abejas en Bohdanivka, Ucrania, el 30 de agosto de 2022. (Tyler Hicks/The New York Times)
Petro Fedorovych, apicultor, atiende a sus abejas en Bohdanivka, Ucrania, el 30 de agosto de 2022. (Tyler Hicks/The New York Times)

Bohdanivka, que tiene una población de unos 150 habitantes, se ubica entre donde están ahora las tropas rusas y su destino final: el resto del Dombás, una región de campos ondulantes, pueblos mineros y los cientos de miles de abejas de Fedorovych.

Para Fedorovych, quien formó parte del ejército soviético en plena Guerra Fría, la invasión rusa no es ni una invasión ni una guerra; es solo “eso”. No empezó una guerra, “empezó eso”, afirmó.

Tras dejar el ejército, se mudó a Bohdanivka en 1972, donde trabajó muchas horas como veterinario en una granja lechera colectiva. Ira era enfermera en la ciudad vecina que entonces se llamaba Artemivsk, actualmente Bajmut. Se conocieron poco después, aunque a él le costó un tiempo armarse de valor para hablar con ella.

Se casaron el 19 de junio de 1976 y tuvieron dos hijas y un hijo. Después del fin de la Unión Soviética, Fedorovych construyó para su familia una casa de ladrillo de dos plantas en las afueras de Bohdanivka. Estaba rodeada de campos tranquilos y cerca de una reserva donde ahora el ejército ucraniano tiene tropas y vehículos.

Para sus abejas, construyó unas colmenas de madera pintadas de azul que están distribuidas por su patio trasero como faros entre la hierba alta, y sus habitantes se desplazan frenéticamente entre las gallinas, un destartalado Volga sedán blanco y arbustos de facelias, viboreras y plantas de mostaza. Según ira, la cerca de hierro que da a la calle antes estuvo bordeada de rosas, pero esta temporada desaparecieron.

Las abejas han formado parte de la vida de Fedorovych desde que él era niño en lo que ahora es el oeste de Rusia. Su padre luchó con el ejército soviético en la Segunda Guerra Mundial y participó en algunas de sus batallas más cruentas, como la defensa de Brest en 1941.

Las abejas, según él, fueron una forma de que su padre se adaptara a la vida civil y dejara atrás esa guerra cuando empezó a dedicarse a la apicultura en la década de 1950.

Ahora se acercaba otra guerra, tras una tregua de casi una década, después de que las fuerzas ucranianas hicieron retroceder a los separatistas apoyados por Rusia de los pueblos cercanos y de la ciudad de Bajmut en 2014.

“Cuando empezó todo hace ocho años, el poblado cercano, Klishchiivka, fue atacado con fuerza”, dijo. “Yo tenía muchas abejas en invierno, los cristales de nuestras ventanas tintineaban y las abejas se dispersaban en invierno debido al estruendo”.

La población de abejas, explicó, nunca se recuperó por completo de ese invierno. Este verano, las cerca de veinte familias de abejas que tiene están mucho más enojadas que antes. Ira, su esposa, no se atreve a acercarse a las colmenas por miedo a que le piquen las abejas y el apicultor tiene un pequeño ahumador lleno de leña ardiendo que utiliza con frecuencia para calmar a los insectos.

“Las abejas se transformaron”, dijo el apicultor, refiriéndose al bombardeo. “Ira no quiere ir al jardín, no le dan ni un minuto de descanso. Es por el ruido”.

“Las abejas aman el silencio”, señaló Ira.

“Lo necesitan”.

Ya no hay silencio en Bohdanivka, un lugar conocido por su quietud, donde la gente podía pasar los fines de semana con tranquilidad, lejos de Bajmut u otras ciudades del Dombás como Kramatorsk y Sloviansk.

Ahora, Bohdanivka se está convirtiendo en una ciudad de línea del frente y las abejas de Fedorovych, señaló con una sonrisa triste, se han convertido en “abejas de la línea del frente”.

Después de volar varios kilómetros hacia los combates durante el verano, los meses de mayor producción de miel, las abejas regresaron con cerca de 290 kilos de miel. Fue una buena producción para cualquier temporada.

A medida que se aproximan los combates, han huido muchos apicultores de Bohdanivka y de la vecina Bajmut, lo que deja menos colegas con los cuales intercambiar notas en una profesión de por sí solitaria.

Aun así, incluso con el rugido de los cohetes en lo alto, el apicultor se ocupó de algunos de sus últimos bastidores de miel de la temporada. Raspó la cera, colocó los marcos en la centrifugadora y los hizo girar, hasta que la rica cosecha se escurrió hasta el fondo y, finalmente, cayó en un frasco de cristal.

Tras décadas de apicultura, la miel de girasol seguía siendo su favorita, pero ahora, en su ocaso, no había nadie que retomara el trabajo de su vida y cuidara de las abejas, y él preferiría morir antes que abandonarlas.

“Por supuesto, papá sueña con que alguien de la familia herede este oficio, pero hasta el momento los nietos crecen” y muestran poco interés, comentó Lilia, la hija menor de la familia, sentada en un restaurante a cientos de kilómetros de distancia en Kiev, la capital ucraniana.

Lilia ha visto con miedo cómo la guerra se acerca a la casa de sus padres. Ella, que es enfermera como su madre, vende a los vecinos la miel que su padre le envía por correo; medio kilo cuesta aproximadamente un dólar. Hace dos años, Lilia, de 45 años, le compró en internet a su padre un traje nuevo de apicultor, decorado con primeras planas de periódicos.

Lilia ha intentado una y otra vez que sus padres se vayan de Bohdanivka, pero sin éxito.

“Duele sobre todo cuando nuestros amigos y conocidos se llevan a sus padres”, narró. “Pero los están sacando y yo, por más que aborde este tema con mis padres, no están de acuerdo”.

“Papá no dejará a sus hijas”, añadió, refiriéndose a las abejas. Sus otros hijos se fueron de casa hace tiempo.

© 2022 The New York Times Company