30 monedas es una enciclopedia de Alex de la Iglesia, con lo mejor y lo peor de su estilo

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Un irreconocible Eduard Fernández en 30 monedas
Un irreconocible Eduard Fernández en 30 monedas

30 monedas (España/2020). Dirección: Alex de la Iglesia. Guion: Jorge Guerricaechevarría y Alex de la Iglesia. Fotografía: Pablo Rosso. Música: Roque Baños. Edición: Domingo González. Elenco: Eduard Fernández, Megan Montaner, Miguel Angel Silvestre, Macarena Gómez, Pepón Nieto, Javier Bódalo. Disponible en: HBO Max. Nuestra opinión: buena

Con 30 monedas, lo primero que hace Alex de la Iglesia es dejar la sensación de haber querido construir en imágenes la gran novela que todavía no escribió. En esta ambiciosa historia en formato de miniserie, el prolífico director vasco vuelca todo lo que hizo a lo largo de su vida en el cine. Como si quisiera cerrar con una obra de largo aliento, en la que se reconocen a cada momento las marcas su identidad como director, el camino iniciado en 1995 con El día de la bestia.

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Todo está servido en bandeja para que los seguidores del realizador puedan sentirse a sus anchas y disfrutar esta entrada a lo grande en ese mundo intransferible de palabras e imágenes construido a cuatro manos por De la Iglesia y su eterno colaborador Jorge Guerricaechevarría. Nadie puede acercarse mejor que ellos al retrato esperpéntico de la España profunda desde un lente deformado que juega todo el tiempo con la exageración, el humor negro, la religiosidad y unas cuantas tradiciones.

30 Monedas, una serie dirigida por Álex de la Iglesia que se verá por HBO en 2021
30 Monedas, una serie dirigida por Álex de la Iglesia que se verá por HBO en 2021


Megan Montaner y Miguel Angel Silvestre, protagonistas de 30 monedas

Las mejores películas de De la Iglesia (Muertos de risa, 800 balas, La comunidad, Crimen ferpecto, Balada triste de trompeta, Mi gran noche) surgen del cruce entre esas influencias y la gran memoria cinéfila del director, con el terror como referencia esencial. Y las peores caen en el regodeo, la desmesura y las vueltas de tuerca innecesarias alrededor de esa españolidad llena de excesos y de espantos.

Todo eso, lo bueno y lo malo de De la Iglesia se acumula en 30 monedas. Cada uno de los ocho episodios equivale a un tomo de la gran enciclopedia acuñada por el director. En este caso, la historia comienza cuando una veterinaria se ocupa del parto de un ejemplar bovino y se sorprende, como todos, al extraer de su interior un recién nacido con rasgos humanos.

Todo ocurre en un pequeño pueblo de Segovia, la ciudad que guarda en España el mayor legado de la antigua Roma y otros períodos históricos. Ese alumbramiento se produce en el mismo pueblo en el que se instala un sacerdote experto en exorcismos (el gran Eduard Fernández, irreconocible detrás de una larga barba bíblica) que al parecer le debe favores a una misteriosa y enigmática secta religiosa que expresaría cierto apego a las ciencias ocultas escondido en los pliegues secretos del Vaticano. Y una búsqueda codiciosa que se remonta a los tiempos de la crucifixión de Cristo y la traición de Judas.

No hay medias tintas en 30 monedas. La serie tiene momentos fascinantes, cuando De la Iglesia muestra todo su talento para la representación del mal a través de grandes escenas colectivas de locura y destrucción, así como en el retrato de personajes que expresan con perfección histriónica la mirada que el director tiene de la España profunda. En este sentido, el director es capaz de iluminarse con escenas de gran intensidad (en las que se aprecia el talento del director de fotografía argentino Pablo Rosso) y de sacar lo mejor de sus actores. El habitualmente inexpresivo Miguel Angel Silvestre, por ejemplo, aquí se muestra mejor que nunca.

Pero al mismo tiempo la voluntad abarcadora del director y sus ganas de sumar y sumar elementos a la historia se convierten rápidamente en un problema. La narración muchas veces sale de su eje (hay largos momentos en que no sabemos qué pasa con el monstruoso personaje que pone en marcha la trama) y 30 monedas se pierde en vueltas inútiles que remiten mucho más a la medianía de El Código Da Vinci que a la propia mirada de De la Iglesia. Queda a los conocedores más duchos y entusiastas de la obra del director la tarea de separar el oro y el barro. A ellos, más que a nadie, está destinado este largo relato abierto a nuevas temporadas.

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