20 años después del 11S, EE.UU. sigue armando a sus mecenas

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Se cumplen dos décadas de aquel día en el que nos quedamos embobados delante de la pantalla. En las primeras horas, nadie sabía explicar a qué estábamos asistiendo: el mayor atentado de la historia en suelo norteamericano, el 11S de 2001, que marcó el presente y el futuro de Estados Unidos y del mundo entero.

La caída de las Torres Gemelas en el World Trade Center de Nueva York, y el ataque en el Pentágono, en Virginia, tuvo eco especialmente en una de las regiones más convulsas del planeta: Asia Central. El atentado fue el detonante de la invasión de Afganistán, cuyo territorio era considerado por la inteligencia estadounidense como el nido de los terroristas responsables del ataque. 

Imagen de las Torres Gemelas en llamas el 11-S. (REUTERS/Sara K. Schwittek)
Imagen de las Torres Gemelas en llamas el 11-S. (REUTERS/Sara K. Schwittek)

Entre ellos, se encontraba el que se convirtió en el terrorista más buscado y el mayor enemigo de EE.UU. durante una década: Osama Bin Laden, un saudí que bebió de enseñanzas wahabíes, entrenado para luchar frente a la invasión soviética de Afganistán en los 80, fundador de Al Qaeda en 1988, cerebro del 11-S en 2001 y que fue finalmente encontrado, capturado y asesinado diez años después, en 2011, en Abottabad, en el vecino Pakistán, a solo un kilómetro y medio de la academia militar del país. 

Estos 20 años en los que Estados Unidos ha estado en Afganistán se han saldado sin apenas resultados y el país ha perdido miles de vidas y miles de millones de dólares por el camino, mientras ha seguido financiando y vendiendo armamento a dos de las principales potencias patrocinadoras del terrorismo yihadista y del ascenso talibán en Afganistán. 

Por un lado, Arabia Saudí, cuna del wahabismo –interpretación fundamentalista del Islam en la que se basan grupos como Al Qaeda, el Estado Islámico o los talibanes– y por el otro, Pakistán, cuna y refugio de los talibanes afganos.  

Desde 2001, Estados Unidos ha transferido miles de millones de dólares en armas a Pakistán –las ventas en 2020 se han realizado por un valor de 146 millones de dólares sin contar con la asistencia en seguridad y militar–, mientras que el país asiático ha cooperado indistintamente con las fuerzas occidentales y los talibanes afganos, a los que ha provisto de financiación, armas y refugio.

Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas, lo describió perfectamente en 2018: “Pakistán lleva años jugando a un doble juego: algunas veces trabaja con nosotros y otras le da refugio a los extremistas que atacan nuestras tropas en Afganistán”, a tenor de la decisión de Trump de recortar buena parte de la ayuda que recibía el país en concepto de seguridad.

Frontera entre Afganistán y Pakistán. (Photo by Danial Shah/Getty Images)
Frontera entre Afganistán y Pakistán. (Photo by Danial Shah/Getty Images)

La Dirección de Inteligencia Interservicios (ISI) del ejército de Pakistán ha apoyado a los talibanes desde el origen del grupo, a mediados de la década de 1990. El fundador de los talibanes, el Mulá Omar, fue entrenado por el ISI durante la guerra contra los soviéticos en la década de 1980 y, cuando resultó herido, recibió atención médica en un hospital de Pakistán. En los 90, el ejército pakistaní proporcionó expertos y asesores para el ejército talibán, así como suministro y petróleo para su economía, lo que permitió a los talibanes hacerse con Afganistán en 1996. 

No es ningún secreto que el ejército pakistaní, a través del ISI, mantiene estrechos vínculos con los talibanes afganos, a los que proporciona desde hace décadas recursos financieros, entrenamiento, armas, apoyo logístico y, sobre todo, un refugio seguro en el país vecino, clave para la insurgencia todos estos años.

A pesar de las evidencias, Islamabad niega esos vínculos y siempre ha afirmado que apoya una solución política entre los talibanes y el gobierno apoyado por Occidente, sin embargo, no hay indicios de que haya presionado a los talibanes para que lleguen a un acuerdo con el gobierno de Ghani.

El apoyo de Pakistán a los talibanes 

Con la salida de Estados Unidos de Afganistán, Pakistán se ve ahora reforzado en la región, donde tiene la oportunidad de neutralizar la influencia india y de socavar el resurgimiento del nacionalismo pastún. 

Los líderes pakistaníes normalmente han considerado que cualquier gobierno afgano dirigido por un pastún –como el régimen de Ghani o el anterior dirigido por Hamid Karzai– es un estímulo para el nacionalismo de ese grupo étnico al que tratan de contener y reprimir en su lado de la Línea Durand, límite de la era colonial británica que divide el corazón del área Pastún entre los dos países de Asia Central.

Pakistaníes sujetan el retrato de Bin Laden tras su muerte. (REUTERS/Naseer Ahmed)
Pakistaníes sujetan el retrato de Bin Laden tras su muerte. (REUTERS/Naseer Ahmed)

Pakistán deposita en los talibanes afganos intereses ideológicos, dado que desde su creación en 1947 como nación musulmana, el Islam ha sido el pegamento que mantiene unidas a comunidades dispares con diversas identidades lingüísticas y étnicas. 

Se trata de que el sentimiento de pertenencia islámico elimine cualquier otro tipo de nacionalismo. En este sentido, el país acusa a la India de intentar explotar sus divisiones para desestabilizar el país y dividirlo, como ya ocurrió con la partición y creación de Bangladés en 1971, de manera que ha visto en los sucesivos gobiernos de Kabul una amenaza.

Arabia Saudí, patrocinador del extremismo

Nadie duda hoy del papel de la monarquía saudí en la expansión de una de las interpretaciones más extremistas del islam: el wahabismo. Aunque Arabia Saudí se ha posicionado como aliado de las democracias occidentales en contra del terrorismo, al mismo tiempo ha regado ideas extremistas durante décadas de proselitismo financiado por el petróleo.

Miles de millones de dólares han ido a parar a escuelas, asociaciones y mezquitas de medio mundo para promover una enorme distorsión del Islam, con una interpretación rígida y tóxica que solo considera verdaderos creyentes a los fundamentalistas.

De esta ideología han bebido grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico, y aunque la propagación del terrorismo islámico es multifactorial –no se pueden olvidar otras causas como los gobiernos seculares represivos de Oriente Próximo, el hambre y la injusticia, las guerras y las intervenciones estadounidenses, entre otras– existe un hilo directo que une a Arabia Saudí con las versiones más violentas y extremistas del Islam. Y Estados Unidos también arma al reino saudí.

Arabia Saudí ha importado, desde 2016 a 2020, el 11% del total de armas vendidas en el planeta, lo que le convierte en el principal comprador del mundo, a distancia del segundo: India (9,5%). 

Arabia Saudí es el principal importador de armas del mundo. (REUTERS/Ahmad Masood)
Arabia Saudí es el principal importador de armas del mundo. (REUTERS/Ahmad Masood)

Estados Unidos es uno de sus principales proveedores: le ha destinado un 24% de sus exportaciones esos años, según el Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés). 

Las armas americanas fluyen hacia la península arábiga, origen del fundamentalismo islámico, donde el reino saudí está inmerso en guerras proxy como la de Yemen o la de Siria, tableros de una partida en la que solo pierde la población civil. Y, de la misma manera, en este círculo, el armamento estadounidense también alcanza las tierras pakistaníes, que han sido refugio y centro de entrenamiento de los mismos talibanes que hoy implantan el Emirato Islámico de Afganistán.

EN VÍDEO I Desesperación total en el aeropuerto de Kabul para escapar de Afganistán ante la llegada de los talibanes

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