Con solo 19 años, esta joven le dio la vuelta al mundo en 155 días

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Zara Rutherford después de aterrizar su pequeña aeronave en Seattle en septiembre de 2021. Antes de llegar a la ciudad, voló entre el humo de los incendios forestales sobre el Norte de California. (Museo del Vuelo vía The New York Times)
Zara Rutherford después de aterrizar su pequeña aeronave en Seattle en septiembre de 2021. Antes de llegar a la ciudad, voló entre el humo de los incendios forestales sobre el Norte de California. (Museo del Vuelo vía The New York Times)

Ella podría haber comenzado a estudiar en la universidad. Pero en vez de eso, pasó cinco meses volando más de 51.000 kilómetros por cinco continentes.

“Mi nombre es Zara Rutherford. Soy una adolescente”, así se presentó en internet tras salir de Bélgica en agosto. “Intentaré volar sola alrededor del mundo”, dijo, con el objetivo de ser la mujer más joven en hacerlo.

Rutherford, de 19 años, esquivó enormes nubes en Colombia y relámpagos en México. En Alaska, su pequeño avión permaneció en tierra durante semanas debido al mal clima y a un retraso en el trámite de la visa.

Todo eso fue antes de que la aviadora británica y belga cruzara una zona congelada y desolada de Siberia. Antes de que China no le permitiera la entrada a su espacio aéreo. Y antes de que el esmog perturbara su ruta a través de la India.

A medida que se fueron acumulando los inconvenientes, Rutherford se retrasó más de dos meses con respecto al cronograma previsto. Pero no se detuvo. El jueves 20 de enero, cuando aterrizó en la ciudad belga de Cortrique, se convirtió en la mujer más joven en darle la vuelta al mundo en solitario. Los seguidores se reunieron en la pista de aterrizaje para mostrarle su apoyo y darle la bienvenida a su hogar.

“Será muy extraño ya no tener que volar o intentar volar todos los días”, dijo en una conferencia de prensa después de aterrizar. “También me alegra poder estar en el mismo lugar por unos meses”, agregó.

Rutherford rompió un récord establecido en 2017 por Shaesta Waiz, una piloto afgana-estadounidense que tenía 30 años en aquel momento. Antes de que Rutherford aterrizara el jueves, Waiz dijo que no esperaba que una joven de 19 años rompiera su récord: “Esto demuestra que no importa cuál sea tu género o tu edad; lo importante es tener determinación”.

Zara Rutherford reposta su avión en el aeropuerto Magadán-Sokol en Rusia, en noviembre de 2021. (FlyZolo vía The New York Times)
Zara Rutherford reposta su avión en el aeropuerto Magadán-Sokol en Rusia, en noviembre de 2021. (FlyZolo vía The New York Times)

De océano a océano

En agosto, mientras Rutherford volaba por el océano Atlántico, las nubes la obligaron a descender hasta 1500 pies de altura. No podía volar a través de ellas porque su avión, un biplaza que mide menos de 7 metros de largo, no estaba certificado para volar solo por instrumentos.

Cuando aterrizó en Groenlandia tras haber perdido el contacto por radio durante varias horas, les envió a sus padres —su madre es piloto recreativa; su padre, piloto profesional— un mensaje de texto con dos palabras: “Estoy viva”.

Luego dijo que pensó que las cosas serían más fáciles en América del Norte. No fue así.

En Florida, maniobró alrededor de tormentas eléctricas en medio de la temporada de huracanes. Mientras volaba a Seattle en septiembre, el humo de los incendios forestales se filtró en su cabina cuando pasaba por el Norte de California, lo que nubló su vista y la obligó a dar la vuelta.

Rutherford dijo que le había conmovido la amabilidad de los extraños que conoció en el camino, como el hombre que la recibió en Alaska a pesar de que su familia acababa de darle la bienvenida a una niña recién nacida.

“Cuando me fui, su hija tenía 5 semanas, lo que quiere decir que estuve allí más de la mitad de su vida”, dijo.

Rutherford, quien dijo que planea estudiar ingeniería eléctrica o informática en la universidad y quiere ser astronauta, también ha recibido apoyo moral de otras aviadoras.

En una parada en Florida, Waiz conoció a la joven y le ofreció consejos sobre cómo lidiar con la adversidad. En Goose Bay, Terranova y Labrador, Erin Pratt, una piloto de búsqueda y rescate y capitana de las Fuerzas Armadas de Canadá, le regaló a Rutherford las alas (insignia) que había usado todos los días durante siete años como un gesto de solidaridad.

De la tundra a los trópicos

En agosto, Rutherford dijo que estaba bajo presión para llegar al noreste de Rusia a finales de septiembre para evitar el comienzo del mal clima. Al final cruzó Siberia a principios de noviembre, en un momento en el que las temperaturas en tierra eran tan bajas como -35 grados Celsius.

En un vuelo sobre una zona remota, Rutherford dijo que vio pistas de aterrizaje donde, en teoría, podría haber hecho un aterrizaje de emergencia. Pero estaban cubiertas de nieve.

Desde Rusia, donde el mal clima la dejó varada de nuevo durante un par de semanas, Rutherford había planeado cruzar a China continental. Así que cuando China le prohibió la entrada a su espacio aéreo debido a los protocolos por el coronavirus, tuvo que volar más de seis horas sobre agua rumbo a Corea del Sur.

En Borneo, dificultades con el clima la obligaron a quedarse en tierra durante varios días y tuvo que tomar la difícil decisión de cuándo debía volver a despegar. Al final, cruzó la isla tropical, pero hizo un aterrizaje no programado en un aeródromo nacional en su extremo sur. Fue una apuesta más segura que cruzar el mar de Java —una zona notoriamente peligrosa para aviones— en medio de malas condiciones climáticas.

El teniente coronel John Sham, un piloto retirado de aviones de combate de Malasia que la asesoró sobre ese tramo de Borneo, afirmó luego por teléfono que había quedado impresionado por el aplomo, la humildad y los instintos de Rutherford durante circunstancias muy difíciles.

“Es una muchacha fascinante y brillante”, dijo.

Recta final

A finales de diciembre, un neumático desinflado que retrasó a Rutherford unos días en Singapur se vio eclipsado de inmediato por un problema mayor: el esmog había reducido tanto la calidad del aire en algunas partes de Asia del Sur que no iba a poder cruzar la región de forma segura bordeando las costas de Bangladés y la India, como tenía previsto.

Eso requirió otro desvío: un vuelo de casi 1600 kilómetros sobre un tramo remoto del océano Índico. (Los patrocinadores y los aeropuertos pagaron el costo del viaje, sin importar la ruta que tomara)

“Una cosa que aprendí en este viaje, y creo que aplica para todos, es que eres capaz de más de lo que crees”, le dijo Rutherford a los periodistas tras cruzar ese océano y aterrizar en Sri Lanka a finales de diciembre.

En ese punto de su viaje, los contratiempos logísticos ya no solo eran tolerados, sino esperados. Después de un largo vuelo sobre el mar Arábigo desde Bombay, India, Rutherford no pudo aterrizar en Dubái debido a los fuertes vientos. La semana pasada, sus planes de pasar rápidamente por Europa se retrasaron por el mal clima tras aterrizar en Grecia.

“Espero con ansias que mi vida ya no gire en torno al clima”, dijo en una entrevista telefónica este mes desde Arabia Saudita.

Sin embargo, pese a todo, Rutherford dijo que disfrutó volar y que le había reconfortado conocer mujeres jóvenes de todo el mundo que le dijeron que las había inspirado a volar.

¿Y en cuanto a las alas que había recibido de Pratt, la piloto de búsqueda y rescate en el este de Canadá? Han estado en la solapa de su saco todo el tiempo, desde Goose Bay.

“Fue una señal de buena suerte”, dijo. “Creo que funcionó”.

© 2022 The New York Times Company

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