Yo tampoco habría socorrido a René Robert, el fotógrafo francés que ha muerto congelado en una calle de París.

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Yo tampoco habría socorrido a René Robert, el fotógrafo francés que ha muerto congelado en una calle de París tras pasar nueve horas tirado en el suelo sin poder moverse. Habría pasado a su lado apartando la mirada, como si no existiera, como tantas otras veces en tantas otras ciudades. Lo habría dejado allí, tirado, por muy centro de París que fuera y muy concurrida la hora de la noche, llena de bullicio. No me quiero considerar mejor persona que los cientos -quizá miles- de parisinos y turistas que hicieron precisamente eso, ignorarle, dejarlo allí tirado. Como es muy probable que hubiéramos hecho todos.

Es muy fácil criticar a posteriori, pensar que nosotros lo hubiéramos salvado. Creernos superiores.

René Robert, en una entrevista en la televisión francesa.
René Robert, en una entrevista en la televisión francesa.

Los que lo abandonaron en esa zona tan turística de la ciudad que más turistas recibe del mundo no sabían quién era, claro. No sabían que ese hombre al que confundieron con un sintecho borracho que se había caído entre una tienda de vinos y una óptica era un famosísimo fotógrafo que había tropezado, o se había desmayado. No sabían que ese hombre era un vecino de la zona al que podían haberle salvado la vida de haber llamado a una ambulancia. Todos pasaron sin mirar, porque a la pobreza no se la mira, se la ignora.

Pero arrepentirnos ahora de lo que no fue nos hace peores personas, porque nos hace considerar a René alguien con más derecho a ser salvado que los cientos de miles de personas que viven en la calle en Europa.

René Robert tenía 84 años y su vida ha terminado de una manera vergonzosa. No para él, sino para todos nosotros. Amaneciendo ya, alguien llamó a los servicios de emergencia, pero fue ya demasiado tarde. Los amigos de René tardaron un par de días en localizar al buen samaritano. Era una persona sin hogar que no ha querido ser identificada. Alguien que sí miró, y sí supo ver. Quizá porque está harto de que no le miren.

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