Yo quiero un alcalde que lamente la muerte de Almudena Grandes.

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A la misma hora en la que miles de lectoras y lectores despedían, alzando sus libros, a la escritora Almudena Grandes, a la misma hora en la que su marido, deshecho, arrojaba sobre el ataúd al fondo de la tumba uno de sus poemarios, a la misma hora en la que decíamos adiós a una de las escritoras más brillantes de las últimas décadas, el alcalde de su ciudad, esa que tanto amó y sobre la que tanto escribió, daba saltitos sobre unos bloques de hormigón encastrados en el agua. 

Cuarenta horas después del temprano fallecimiento de una de las voces que mejor retrató Madrid, el alcalde de la ciudad ha sido incapaz de lamentar en público su muerte. Almudena Grandes fue una madrileña orgullosa, castiza, gata, una madrileña que no tenía pueblo al que volver porque Madrid era el suyo. 

Pocas veces un pregón fue una declaración de amor a una ciudad tan bonita como esta:

Yo quiero un alcalde que lamente por igual la muerte de todos los que viven en su ciudad, le hayan votado o no, hayan discrepado de sus ideas o no. Quiero un alcalde que sea de todos, no sólo los que le aplauden.

Miles de lectores acuden a dar el último adiós a Almudena Grandes haciendo ondear sus novelas.
Miles de lectores acuden a dar el último adiós a Almudena Grandes haciendo ondear sus novelas.

¿Por qué, 48 horas después de su muerte, ni el alcalde de Madrid ni la presidenta de la comunidad han escrito un simple tuit, una sencilla frase, lamentando la pérdida de una mujer que deja obras maestras de la literatura? ¿Tanto la odiaban porque no pensaba como ellos? ¿O no se atreven a hacerlo porque temen enfadar a algunos de sus votantes ultras? 

Qué miedo, señoras y señores, qué miedo. 

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