"Ya tiene dos años y no habla": lo que debes hacer antes de llevar a tus hijos a especialistas del lenguaje

Berna Iskandar
·Colaboradora
·5  min de lectura

La gran mayoría de los niños nace con un amplio potencial para desarrollar el lenguaje, y dependerá del trato y de las oportunidades que reciban en su entorno de crianza que consigan desplegarlo mejor o peor.

El conjunto de niños es capaz de desarrollar todas las funciones que son propias a su especie en la medida en que madura, incluida el habla, sin embargo en los últimos años la supraespecialización de la medicina y de la ciencia han generado parámetros de una pretendida normalidad limitada en un cauce bastante estrecho, basada en la adquisición de un determinado número de palabras o frases mínimas a una edad específica.

(Getty Creative)
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Ahora las madres de niños pequeños se preocupan excesivamente de que sus hijos no hablen bien apenas apagan las velitas de sus dos años, condicionadas o predispuestas por la influencia de los dictámenes de expertos y no por una percepción propia coherente con lo que pudieran llegar a registrar como una verdadera anomalía desde la observación intuitiva y conectada con sus hijos.

Tras decir algo así siempre me veo en la necesidad de aclarar lo que debería inferirse por puro sentido común: no estoy negando la existencia de (léase subrayado y en mayúsculas), EXCEPCIONES de niños con alguna necesidad especial de base orgánica o genética, pero como dije al principio, son o deberían ser casos excepcionales, no la regla como se manifiesta en el exceso de preocupación de progenitores y de la peregrinación con sus niños por consultas de especialistas de las cuales casi siempre salen con diagnósticos y terapias.

Si orgánica y genéticamente la gran mayoría de nuestros niños vienen equipados para adquirir una función esencial y robusta correspondiente a la especie humana tal y como es el lenguaje verbal, quizás en lugar de recurrir a tanta intervención médica, psicológica o terapéutica deberíamos observar los aspectos ambientales que pudieran estar interfiriendo en su desarrollo, como por ejemplo, la calidad de cuidados que reciben nuestros hijos y cómo esto les puede afectar o no en el despliegue normal del habla.

Observemos cada día, cuánto contacto real tenemos con nuestros hijos, cuántas veces y de qué manera nos comunicamos con ellos, o en cambio los dejamos frente a pantallas porque no estamos disponibles...

Registremos los grados de autoritarismo, inhibición, represión a sus expresiones, necesidades, deseos pulsiones que provocamos crónicamente silenciándolos de tantas maneras... Sin duda que todo esto influye y determina significativamente.

¿Los escuchamos siempre, tomamos en cuenta sus expresiones, sentires, necesidades?, ¿hemos construido un canal de intimidad emocional, de confianza, respeto, seguridad para que nuestros hijos se expresen sin miedo, sin culpa? ¿Quién le habla y cuántas horas al día a nuestros hijos?, ¿las pantallas, la niñera, la maestra de forma unidirectional, generalmente para decir lo que desean que haga el niño sin escucharlo, sin validar o tomar en cuenta su expresión?

(Getty Creative)
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El desarrollo expresivo y por tanto del lenguaje del niño, su desarrollo cognitivo pueden favorecerse de forma amplia o entorpecerse con el entorno de crianza y educación.

El estímulo por excelencia para que este desarrollo siga su curso normal es que los adultos de referencia mantengan la escucha empática, activa, el contacto visual, que ejerciten la oralidad, palabrear constantemente a los niños asumiendo que son capaces de conectarse, comprender nuestra intención, gestos, inflexiones de voz, incluso desde que están en el vientre. Contarles lo que acontece, lo que nos pasa, prestarles palabras que nombren lo que ellos pueden estar sintiendo o necesitando haciendo el esfuerzo de sentirlos en lugar de juzgarlos o interpretarlos erróneamente basándonos en nuestras creencias. Cantar canciones de cuna, contar cuentos, narrar lo que pasa, hablarles siempre y hablarles bien, pronunciando correctamente las palabras aunque usemos un tono cómplice o dulce… todo esto va familiarizando al niño con el ritmo y la musicalidad del idioma.

Permitir que los niños se expresen siempre, incluso con los recursos del momento madurativo de la etapa preverbal, como el llanto, la agitación motriz... alentarlos a que manifiesten su sentir, su punto de vista sin miedo a ser censurados, sin gritarles, sin banalizar lo que sienten o expresan, prestando la atención y dando la importancia que merecen en todo momento, sienta las bases de una comunicación sana y robusta.

Revisemos cuánto hay de esto en casa antes de concluir que el niño o la niña tiene un problema.

Entendamos además que cada niño es único y alcanzará los hitos madurativos a su tiempo. Por otra parte, habrá niños más habladores o más callados, niños a los que se les dará mejor otras formas de expresión distintas al habla o al lenguaje verbal y esto no quiere decir que tengan un problema o patología.

(Getty Creative)
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Hay que pensar en todo el daño que podemos hacer con este afán de diagnosticar a los niños porque no hablan, no duermen la noche entera sin despertar o porque hacen rabietas o no dejan los pañales a los dos años.

Tal y como están dadas las condiciones pareciera que el reto mayor en estos tiempos no es precisamente centrarse en cuidarnos del riesgo de pasar por alto un verdadero trastorno, sino cuidar a la infancia de diagnósticos falsos que terminan patologizando y estableciendo etiquetas e intervenciones que precipitan el estrés y provocan daños a las criaturas.

El exceso y no el defecto de intervención médica o terapéutica pareciera ser el peligro mayor.

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