Así fue como Xenia Rubinos se liberó en su nuevo disco, 'Una Rosa'

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La artista Xenia Rubinos en Nueva York, el 27 de septiembre de 2021. (Tonje Thilesen/The New York Times)
La artista Xenia Rubinos en Nueva York, el 27 de septiembre de 2021. (Tonje Thilesen/The New York Times)

NUEVA YORK — Xenia Rubinos metió la cabeza en un sofá blanco con forma de dona, tratando de sentir mejor la forma globular del mueble. Antes, había pegado su cara a una escultura oblonga y transparente hecha de plástico, aplastando su mejilla derecha contra el material.

En una tarde despejada de septiembre, mientras paseaba por un museo dedicado al escultor estadounidense-japonés Isamu Noguchi, Rubinos, una cantautora neoyorquina, se acercó a todas las esculturas con la misma curiosidad de espíritu libre con la que crea su propia música. (Tienes permitido tocar algunas piezas, y a Rubinos no le dio pena hacerlo con todo). Cuando llegamos, sugirió que recorriéramos el espacio en orden inverso. “Me gusta entrar y saturarme de todas las cosas”, dijo entre risas. “No sé nada de esto. No tengo por qué”, afirmó sobre las esculturas de Noguchi. El arte “me activa”.

En los últimos ocho años, el arte de Rubinos ha activado a su público con su disección creativa del punk, el R&B, el jazz y el hip-hop. Sus dos primeros álbumes, “Magic Trix” (2013) y “Black Terry Cat” (2016), mezclaban los géneros con ingenio y entretejían letras incisivas sobre la identidad y la brutalidad policial, entre otros temas. La artista cubanopuertorriqueña posee un hilillo de voz que mantiene unida toda la experimentación. Ambos lanzamientos la consolidaron como una figura prometedora en el panorama musical independiente de Brooklyn.

El tercer álbum de Rubinos, “Una Rosa”, que sale a la venta el viernes, se presenta como una declaración intensa acerca de la búsqueda de la libertad creativa. “Es una escucha densa”, dijo Rubinos. “Fue denso incluso para mí mientras lo hacía”. El álbum aborda temas de gran relevancia en un momento de gran intensidad: el luto, el desamor, las presiones de la productividad capitalista, el asesinato de Breonna Taylor. En un momento, Rubinos entona con sensibilidad las melodías de un poema de José Martí a través de un denso pincelazo de Auto-Tune, y al siguiente gruñe entre dientes apretados sobre un difuso entramado de sintetizadores.

El énfasis en los sintetizadores marca un punto de inflexión para Rubinos, quien siempre se ha centrado en el eclecticismo, pero que surgió de una formación jazzística más formal: estudió composición de jazz en la Berklee School of Music de Massachusetts, pero se sintió profundamente aislada por el sexismo y el elitismo de ese entorno. “Llegué allí y odié la forma en que me cosificaban”, aseveró. “Eso me hizo cerrarme y esconderme por completo. Me ponía ropa holgada todo el tiempo. No quería que me sexualizaran en absoluto y quería que me tomaran en serio”.

En “Una Rosa”, se libera. Las interpretaciones vocales en temas como “What Is This Voice” y “Don’t Put Me in Red” son deliciosamente frágiles e imperfectas, lo que a Rubinos le pareció refrescante después de años de lucha por la perfección. “Fue como decir: ‘Aquí no hay nada que demostrarle a nadie, y solo estamos haciendo música’. Esto es lo que exige esta canción. Así es como suena esta idea”, dijo.

Durante el proceso de grabación, Rubinos comentó que se “obsesionó” con las rumbas cubanas tradicionales. En especial, le cautivó un fragmento del documental “Las Cuatro Joyas del Ballet Cubano”. Tiempo después, viajó a La Habana en busca de sus orígenes, y pasó un tiempo visitando el Ballet Nacional de Cuba, donde un amigo de la familia es bailarín.

“Iba a escribir para el disco y acababa tocando la clave durante cinco horas sin saber lo que estaba haciendo”, narró. “Sacude”, uno de los temas más destacados del álbum, se le ocurrió en un impulso durante ese periodo: la insistencia sincopada de una clave palpita detrás de la voz metálica de Rubinos, un muro de sintetizadores que cambia de forma en el estribillo. “Cuanto quisiera salir de esto ya/Si sigo este rumbo/Pronto me sorprende la muerte”, canta en español.

Este es uno de los mayores regalos del álbum: su sentido del dramatismo. Muchos momentos de “Una Rosa” recuerdan la tensión narrativa de una película trágica, como “Did My Best”, una crónica sobre el dolor de una pérdida repentina salpicada por el sonido de fuegos artificiales que explotan, puertas que se cierran y el sonido de las luces intermitentes de los autos; o “Ay Hombre”, una canción de desamor que evoca la angustia de los cantantes de boleros clásicos. Rubinos refracta estos sonidos a través de un prisma electrónico, reconfigurándolos como bandas sonoras de romances y muertes imaginadas en el siglo XXI.

La urgencia narrativa del álbum nació de un periodo de agitación para Rubinos, quien dijo sentirse agotada tras un largo periodo de giras y presentaciones sin parar. “Cuando volví de aquello, estaba vacía y no tenía ganas de escribir canciones. No me daban ganas de escuchar canciones”, explicó. “En mi vida personal me sentía una [grosería]”.

Buscó la orientación de un curandero, que le hizo una limpieza espiritual y le diagnosticó “pérdida de espíritu”. También empezó a trabajar con una de sus amistades que se dedica a la coreografía, intentando reconectar con su cuerpo a través del placer de la danza y el movimiento improvisado.

Aunque todas estas experiencias influyeron en “Una Rosa”, Rubinos señaló que el álbum no se trata de un viaje de sanación. “Me cuesta trabajo hablar del contexto de lo que me pasó al grabar este disco, porque la música en sí no trata de la depresión ni de la salud mental,” dijo. Es difícil, a veces”. “Siempre tiene que haber un mensaje o una moraleja de cada canción”, añadió. “Y es difícil para mí porque no es tan lineal”.

© 2021 The New York Times Company

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