El peligroso abismo nacionalista al que se asoma Wimbledon contra Rusia

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Daniil Medvedev no podrá participar en la próxima edición de Wimbledon. Foto: Meng Dingbo/Xinhua via Getty Images
Daniil Medvedev no podrá participar en la próxima edición de Wimbledon. Foto: Meng Dingbo/Xinhua via Getty Images

El papel de Reino Unido en la guerra entre Rusia y Ucrania es, con mucho, el más activo de todas las potencias occidentales. Justo cuando la popularidad del primer ministro Boris Johnson caía por los suelos tras el escándalo de sus fiestas en Downing Street durante los distintos confinamientos de la pandemia, le ha caído esta oportunidad que no piensa desaprovechar. Nadie pide más sanciones que Johnson, nadie es más entusiasta en el apoyo a Zelenski que Johnson y nadie atosiga más a los mismos oligarcas rusos que han hecho y deshecho a su antojo durante las últimas dos décadas que el gobierno británico.

Ahí hay que enmarcar la decisión inminente de Wimbledon de prohibir la participación en su torneo de ningún tenista de nacionalidad rusa o bielorrusa. Una decisión polémica y peligrosa. Se entiende que se pueda sancionar a Rusia como país, a sus selecciones nacionales deportivas o a sus representaciones de cualquier otro tipo -ahí está el ejemplo de Eurovisión-. Se entiende incluso que se congelen bienes o que se persiga a los multimillonarios que, probablemente, estén jugando un papel decisivo de apoyo a un régimen cruel y asesino.

Lo que no es tan fácil de entender es que se opte por el "justos por pecadores" y se castigue a alguien por el mero hecho de haber nacido en un lugar o en otro del mundo. A nadie se le escapa que el deporte tiene su parte de propaganda, pero ¿de verdad tiene sentido sancionar a la, pongamos, 134ª del mundo, que quizá se formó como tenista en Florida y reside en Montecarlo solo porque el presidente de su país de origen es un asesino? La identificación de Putin con Rusia y de Rusia con todos los nacidos allí más los nacidos en su aliado Bielorrusia abre un camino muy peligroso. Se elimina al individuo, que pasa a ser sin más un súbdito informe no solo de un país sino de un régimen. El sueño del propio Putin, vaya.

El objetivo de WImbledon y de Reino Unido es potenciar la sensación de aislamiento de cualquier ciudadano ruso. Lo que no se sabe es para qué sirve eso. ¿Para qué sirve que un antibelicista que se jugó a condenar la guerra públicamente como Andrei Rublev no pueda pisar Londres? Los tenistas compiten para ellos mismos. Van donde les llaman y juegan. Ganan un dinero que normalmente se queda en paraísos fiscales... y eso cuando les va bien. La mayoría, como sucede en todos los países, intenta su sueño del tenis unos cuantos años, ve que no puede ser y lo deja.

Tennis - ATP Masters 1000 - Monte Carlo Masters - Monte-Carlo Country Club, Roquebrune-Cap-Martin, France - April 14, 2022 Italy's Jannik Sinner reacts during his third round match against Russia's Andrey Rublev REUTERS/Denis Balibouse
El ruso Andrei Rublev, número ocho del mundo, durante el pasado torneo de Montecarlo. REUTERS/Denis Balibouse

Castigar a un individuo por los pecados de su país es en sí un peligroso acto de nacionalismo. El mismo nacionalismo que está detrás de la devastadora invasión de Ucrania. Eres lo que marca tu bandera. No hay nada más allá de la misma. El ser humano se convierte en una pieza dentro de un tablero y su único valor es el de su pasaporte. Da igual si eres el número uno o el ciento cincuenta. Da igual lo que pienses, da igual tu edad, tu religión, tu forma de jugar, tu personalidad, tu talento... para Wimbledon, si eres ruso, todo eso entra en una misma categoría y te quedas fuera.

Todos los países tienen derecho a elegir sus enemigos. Reino Unido tiene todo el derecho de hostigar a Rusia y hacer la vista gorda ante otras vulneraciones de los derechos humanos en otros lugares del planeta. Ahora bien, una visión del mundo que depende de quién es mi aliado o mi rival político es incompatible con la concepción internacionalista del deporte, en general, y desde luego del tenis. El tenis es el deporte nómada por excelencia: cada semana se juegan dos o tres torneos en países diferentes. En ocasiones, en continentes distintos. Los tenistas son la mejor definición moderna del apátrida. ¿Son símbolos en sus países? Claro, pero ¿desde cuándo eso es culpa suya?

Este tipo de sanciones las hemos visto antes, por supuesto. Los que ya peinamos canas, recordamos las sanciones a los deportistas sudafricanos con motivo del Apartheid. Ni se podía competir en Sudáfrica ni se podía competir bajo bandera sudafricana... Ahora bien, las diferencias son múltiples: las sanciones a Sudáfrica no las decidió un gobierno por su cuenta y riesgo, sino que venían respaldadas por la ONU. De hecho, Sudáfrica estuvo fuera del COI durante dos décadas.

Con todo, determinados deportistas sí podían competir siempre que no lo hicieran bajo bandera sudafricana. Ahí estuvo Gary Player dominando el circuito de golf de la PGA. Ahí estuvieron los tenistas Johan Kriek o Kevin Curren jugando finales del Grand Slam... Se entendió perfectamente que esos individuos solo se representaban a sí mismos, por mucho que hubiera un asqueroso racista alegrándose de sus triunfos en Johannesburgo. De hecho, rizando el rizo, Sudáfrica no solo pudo jugar algunas ediciones de la Copa Davis sino que ganó la de 1974.

Todo lo que sea sancionar a Rusia me parecerá siempre perfecto. Sancionar a un ser humano por su lugar de nacimiento, sus creencias o su color de piel me parece un atentado contra la libertad. Eso es lo que pretende Wimbledon, saltándose la propia definición de la ATP: jugadores, sin banderas ni patrias, que se juntan en una asociación para hacer lo que se les da bien. Cebarse de esta manera indiscriminada con rusos y bielorrusos debería dar que pensar al resto: ¿sancionará cada torneo a los deportistas de los países que se enfrenten a su gobierno? Eso sería el final del deporte tal y como lo hemos conocido durante más de un siglo.

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