¿Vuelta a la normalidad? En los países con aumentos de casos de COVID y pocas vacunas, no.

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Una unidad de cuidados intensivos llena de pacientes con COVID-19 en el Hospital Kennedy de Bogotá, Colombia, el 27 de abril de 2021. (Federico Rios/The New York Times)
Una unidad de cuidados intensivos llena de pacientes con COVID-19 en el Hospital Kennedy de Bogotá, Colombia, el 27 de abril de 2021. (Federico Rios/The New York Times)

BOGOTÁ, Colombia - En Colombia, han fallecido cerca de 500 personas al día a causa del coronavirus en las últimas tres semanas, la tasa de muertes diarias más dramática del país. Argentina atraviesa el “peor momento desde que comenzó la pandemia”, según su presidente. Decenas de personas mueren a diario en Paraguay y Uruguay, que en este momento tienen los índices de letalidad por persona más elevados del mundo.

“Las vacunas están llegando demasiado tarde”, afirmó María Victoria Castillo, cuyo esposo de 33 años, Juan David, falleció en mayo mientras esperaba que el gobierno colombiano extendiera las vacunas a su grupo etario.

Ya entrado el segundo año de la pandemia, el mundo se divide a lo largo de una línea poderosa y dolorosa: los países que tienen vacunas y los que no.

Mientras las naciones ricas, como Estados Unidos, se preparan para volver a la normalidad (alrededor de la mitad de la población de ese país, el Reino Unido e Israel ha recibido al menos una dosis de la vacuna, lo que ha hecho que los casos caigan de manera drástica), algunas naciones más pobres, que luchan por conseguir vacunas y batallan con sistemas sanitarios agotados y economías exhaustas, están sufriendo sus peores brotes desde el inicio de la pandemia.

Este es el caso de Malasia, Nepal y otras naciones de Asia, pero en pocos lugares la situación es tan sombría como en Sudamérica, que presenta el mayor índice de contagios nuevos del mundo, según datos de la Universidad Johns Hopkins. Uruguay, Argentina, Colombia y Paraguay se han situado dentro de los diez países con más casos por cada 100.000 habitantes en la última semana.

Las redes sociales en Paraguay se han convertido en obituarios continuos: en uno se lee, “Descanse en paz, profesor”; “Mi madre ha muerto”, dice otro, “mi corazón se rompe en mil pedazos”. En Argentina, las clases presenciales en la provincia de Buenos Aires, el distrito más poblado del país, se han suspendido en su mayor parte mientras las autoridades se esfuerzan por contener los casos.

Castillo afirmó que la muerte de su esposo, padre de tres hijos, la había dejado tan desilusionada que ha llegado a creer que la “única solución del mundo es Dios”.

Hace seis semanas, Claudia López, alcaldesa de Bogotá, la capital colombiana, les dijo a los residentes que debían prepararse para las “peores dos semanas” de sus vidas. Sin embargo, en lugar de alcanzar un pico, seguido de un descenso, los casos nuevos y los fallecimientos se han disparado... y han seguido esa tendencia.

Algunos gobiernos (Argentina, Sudáfrica, Malasia, Tailandia y otros) han respondido al agravamiento de la crisis sanitaria estableciendo cierres nuevos. Otros han renunciado por completo a esa estrategia. A finales de mayo, López anunció que la ciudad volvería a abrir sus puertas el 8 de junio y que revocaba casi todas las restricciones de movimiento relacionadas con la pandemia. Todos los estudiantes debían volver a la escuela ese día, añadió.

“Suena absolutamente contradictorio, desde el punto de vista epidemiológico, tener un 97 por ciento de ocupación de la Unidad de Cuidados Intensivos y anunciar una reapertura”, dijo, “pero desde el punto de vista del contexto social, económico y político, con una profunda desconfianza institucional, una pobreza inaceptable y un desempleo que está afectando en especial a las mujeres y a los jóvenes, es necesario hacerlo”.

En Colombia, el aumento de casos y muertes por el virus ha coincidido con la mayor explosión de indignación social de la historia reciente del país, que ha motivado a miles de personas a salir a las calles para protestar contra la pobreza agravada por la pandemia, entre otros problemas, y ha provocado temor de que el movimiento de protesta se extienda por toda la región.

Los expertos afirman que la única manera de acabar con el virus en estas regiones, y en el mundo, es aumentar la velocidad de la vacunación, que ha avanzado en Estados Unidos y Europa mientras se rezaga en muchos otros países del mundo.

En Norteamérica se han administrado 60 dosis de vacunas por cada cien personas, en comparación con 27 en Sudamérica y 21 en Asia, según datos del proyecto Our World in Data de la Universidad de Oxford. En África, la tasa es de dos dosis por cada cien personas.

Durante un viaje de dos días a Costa Rica para reunirse con funcionarios centroamericanos, se le preguntó en varias ocasiones al secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, sobre los planes estadounidenses de distribución de vacunas en la región más afectada, donde los índices de vacunación siguen siendo bajos.

En marzo, el gobierno de Biden informó que enviaría 2,5 millones de dosis de vacunas a México y 1,5 millones a Canadá como préstamo. En abril, México dijo que había recibido 2,7 millones.

En total, el presidente Joe Biden se ha comprometido a distribuir 80 millones de dosis de vacunas en el extranjero para finales de junio.

En su comparecencia del martes con el presidente de Costa Rica, Blinken no dio detalles, pero dijo que el gobierno de Biden anunciaría “en algún momento de la próxima semana o en dos semanas” sus planes para “el proceso por el que distribuiremos esas vacunas, cuáles serán los criterios y cómo lo haremos”. Más tarde dijo que el anuncio podría llegar incluso desde el jueves.

Se necesitan unos 11.000 millones de vacunas para inocular al 70 por ciento de la población mundial, el umbral aproximado necesario para la inmunidad colectiva, de acuerdo con investigadores de la Universidad de Duke, pero hasta ahora solo se ha fabricado una fracción de esa cantidad.

El gobierno de Biden también ha señalado que donará 4000 millones de dólares a Covax, un programa de la Organización Mundial de la Salud que suministrará vacunas a los países necesitados.

En Sudamérica, los países que impusieron medidas de confinamiento descubrieron que no funcionaban tan bien como en Estados Unidos y Europa a la hora de detener la propagación del virus porque muchos trabajadores de ingresos bajos tenían que seguir trabajando, dijo Matthew Richmond, sociólogo de la London School of Economics. A medida que surgen nuevos brotes, la falta de inversión en atención médica en la región, en especial en las zonas rurales, ha puesto los sistemas de salud en riesgo de colapso y ha retrasado el despliegue de las vacunas, comentó Richmond.

También aseveró que: “El efecto combinado de la desigualdad social y la escasa capacidad del Estado ha hecho que estos países no hayan podido reducir el contagio, atender a las personas con síntomas graves ni vacunar a la población a la misma escala o velocidad” que en Estados Unidos y Europa.

A medida que Estados Unidos y Europa avanzan (al menos en apariencia) hacia un verano en el que las personas vacunadas puedan volver a abrazarse, viajar y organizar cenas, podría surgir una especie de apartheid de las vacunas en el que los países ricos impidan los viajes hacia y desde naciones donde el virus sigue siendo endémico, dijo Richmond. Sin embargo, los brotes nuevos ponen de manifiesto que, mientras el virus circule de manera amplia, el cierre de fronteras tal vez no sea muy útil y podrían surgir variantes nuevas más resistentes a las vacunas.

“La devastación que está causando el COVID-19 en el extremo sur del mundo debería ser motivo suficiente para que los países ricos quisieran permitir un despliegue rápido y barato de la vacuna a nivel mundial”, señaló Richmond. “Si no, el interés propio informado debería llevarlos a la misma conclusión”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company