La votación ha terminado: que comience la contienda

Peter Baker
ARCHIVO -- El entonces presidente Bill Clinton pronuncia un discurso desde el Jardín de las Rosas el día que fue exonerado en su juicio político en el Senado, el 12 de febrero de 1999. (Stephen Crowley/The New York Times)

WASHINGTON — Cuando se escriba en los libros de historia sobre este día, es seguro que lo registrarán como la culminación de una batalla política monumental de tres años que puso a prueba a la democracia estadounidense y le dio la victoria a un presidente enfurecido y enfurecedor sobre sus enemigos implacables. Sin embargo, no lo registrarán como el final de la lucha.

La exoneración de Donald Trump después de un ardiente juicio político en el Senado que duró tres semanas le brindó un momento de triunfo, una sensación de validación, un gran impulso; todo excepto el cierre que él habría querido. El presidente que prometió poner fin a guerras interminables en el extranjero permanece en el centro de una guerra sin fin en casa, una que ahora se traslada a la campaña y no se resolverá hasta noviembre, por lo menos.

En lugar de buscar ayuda para curarse las heridas, como hizo el expresidente Bill Clinton después de su propio juicio político en el Senado en 1999, Trump dejó en claro tan solo unos minutos después de conocerse la decisión final que planeaba ir a la ofensiva. Decidió esperar hasta el jueves 6 de febrero para hacer una aparición pública, debido al consejo de asistentes a quienes les preocupaba complicar la vida de los republicanos que emitieron votos difíciles a su favor, pero en su cuenta de Twitter y en las declaraciones hechas por su personal hubo burlas hacia sus oponentes y se pregonó la victoria de Estados Unidos sobre "¡la Farsa del Juicio Político!".

Tampoco el otro bando estaba listo para rendirse.

Desanimados por el voto prácticamente alineado del partido, los demócratas de la Cámara de Representantes se sintieron alentados por haberse ganado a un republicano, el senador Mitt Romney de Utah, y de inmediato señalaron que continuarían sus investigaciones sobre el presidente. El representante Jerrold Nadler de Nueva York, presidente del Comité Judicial de la Cámara de Representantes, dijo que ahora era “probable” que citara a John Bolton, el exasesor de seguridad nacional del presidente, cuya oferta de testificar ante el Senado fue rechazada por la mayoría republicana.

Es de suponer que la perspectiva de que continúe el conflicto por el esfuerzo del presidente de coaccionar a Ucrania para que lo ayudara contra sus rivales en Estados Unidos moldeará el debate nacional que ahora se está definiendo a medida que los demócratas comienzan a votar para decidir quién desafiará a Trump en la elección presidencial en noviembre.

“Es un referendo sobre si todavía somos una república constitucional”, dijo en una entrevista el representante demócrata Tom Malinowski, de Nueva Jersey. “Fácilmente podemos sobrevivir cuatro años de esto”, agregó, pero “es un panorama muy diferente si resulta reelecto después de esto. Saca a relucir qué está en juego en la elección”.

El senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur, uno de los aliados republicanos más fuertes de Trump, estuvo de acuerdo en que en lugar de que el asunto quedara resuelto por la votación del miércoles 5 de febrero, la batalla ahora se mudó a la campaña. “La única manera en que esto va a terminar de forma permanente es que el presidente sea reelegido, y lo será”, dijo Graham en el Senado.

Para el presidente, eso tal vez está perfectamente bien. El autoproclamado contratacante parece ansioso por procesar el caso contra sus fiscales. Incluso antes del voto del Senado, tuiteó o retuiteó una ráfaga de mensajes en los que atacaba a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, por romper su copia de su discurso del Estado de la Unión (sin mencionar que él se negó a estrechar su mano). Después del veredicto, enseguida dirigió su arsenal hacia Romney, al publicar un video para atacarlo en el cual se burla del senador.

“El voto de hoy abrirá las compuertas para que Trump vaya tras aquellos que lo han agraviado en este proceso”, dijo Jack O’Donnell, un expresidente del Trump Plaza Hotel and Casino en Atlantic City, Nueva Jersey, que ha roto relaciones con Trump. “La llamada lista de odio que carga a todos lados será ampliada, y comenzarán los esfuerzos para dañar a quienes están en ella. No tendrá miedo, aunque no parece que alguna vez haya tenido mucho miedo al ir tras sus enemigos”.

La conciliación y reconocer sus errores no están en su naturaleza. Gwenda Blair, una biógrafa de la familia Trump, se refirió al mentor del presidente, Roy Cohn. “Nunca digas que estás equivocado, siempre proclama la victoria, enfrenta a las personas, repite; si te acusan de algo, lánzaselos de regreso, al doble, al triple”, dijo ella. “Ha llevado el mantra de Roy Cohn de total y completa beligerancia y agresión no solo al siguiente nivel, sino varios niveles más allá de eso”.

Al no retroceder, ni siquiera algunos centímetros, obligó a los republicanos a elegir entre él y sus críticos, y ellos casi universalmente lo escogieron a él.

This article originally appeared in The New York Times.

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