“¿Vos sos la seño de la compu?” Los desafíos de los maestros para adecuarse a la nueva normalidad del aula

María Ayzaguer
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"Se nos hace discutir cosas que tienen más que ver con seguridad e higiene que con lo pedagógico", dice Fernando Protto, docente de la Escuela Comercial Número 8
ALEJANDRO GUYOT

Una escuela en un contexto de pandemia es una escuela distinta. De hecho, para muchos docentes cambió radicalmente el modo de trabajo al que estaban acostumbrados y están aprendiendo, como sus alumnos, nuevas formas de vincularse en el aula en este regreso presencial a los colegios. Los protocolos exigen nuevas rutinas –y responsabilidades–.

Sandra Báez, docente de primaria del Colegio Nuestra Señora de Luján, de Pilar, lo pone en estas palabras: “Este contexto es totalmente diferente a lo que estábamos acostumbrados a ver y vivir”. En ese establecimiento aún no comenzaron las clases formales, sino lo que denominan “Período de Intensificación de la Enseñanza”, en el que los alumnos acuden para revisar contenidos del año anterior. Los tres encuentros con ellos bastaron para experimentar que, desde el ingreso escalonado a la escuela, todo es distinto. “Ya desde el saludo inicial no puede haber expresiones físicas de cariño como abrazos o besos y hay que mantener el distanciamiento social. En el aula no se puede trabajar en grupo ni hacer un montón de actividades a las que estábamos acostumbrados. Y en lo afectivo, los chicos ni siquiera pueden ver nuestras sonrisas detrás de los barbijos”, explica. El colegio le provee el barbijo y la máscara de acetato que se coloca por encima.

Para Fernando Protto, docente de Historia en secundarias públicas de la Ciudad, si antes lo natural era pedirle a los alumnos que hagan silencio, se saquen la gorra o dejen de mirar el celular, ahora también hay que pedirles que se dejen puesto el barbijo y se queden quietos en sus lugares. En el trato con adolescentes eso ya representa un desafío. También lo es intentar hablar a distancia, con barbijo y máscara, y con las ventanas abiertas sobre la avenida Corrientes, como le sucede en un colegio en el que trabaja. Según cuenta, peor están los docentes de un colegio cercano. “Se está usando un patio abierto que da directamente al tren Sarmiento, que pasa cada cinco o 10 minutos. Imaginate dar clases así”, explica.

Educación: un tsunami de improvisaciones amparado en la pandemia

Desde su punto de vista, el regreso a las aulas de la semana pasada tuvo un contexto caótico innecesario: “Nadie está en contra de volver, pero se tendría que haber hecho un trabajo con más tiempo. Los docentes nos reincorporamos a la escuela el 8 de febrero y los protocolos y la información siguieron llegando hasta el 17. La escuela en pandemia requiere un trabajo a nivel sanitario y pedagógico de mínimo un mes, y más presupuesto”, explica. Según cuenta, en la Escuela Comercial Nº 8 de Almagro en la que trabaja, de una planta de ocho personas de limpieza hoy cuentan solamente con 3. “¿Cómo se puede sostener la limpieza de una institución que tiene siete primeros años?”, se pregunta. “En el medio está la felicidad de muchos chicos y el gusto que tiene uno como docente de volver a la escuela. Pero se nos hace discutir cosas que tienen más que ver con seguridad e higiene que con lo pedagógico”, dice.

Fernando tiene alumnos de segundo a quinto año repartidos en cinco distintas escuelas de la ciudad y siente que trasladarse entre ellas lo expone más a infectarse de coronavirus, así como contagiar a los demás. Una posible solución que le ve al problema es que el transporte público vuelva a ser solo para trabajadores esenciales. “Da gusto volver a ver a los chicos, pero también da miedo de que verlos no se transforme en una tragedia”, explica.

“Primer hogar en vez del segundo”

Yanina Florenzano se siente cuidada en las escuelas públicas en las que trabaja. “Estamos contentos de volver. Con mucha incertidumbre y algo de miedo pero poniéndole toda la garra. Ayer un nene me dijo que lo que más extrañó del colegio fue comer; se me partió el alma. Para muchos chicos la escuela es el primer hogar en vez del segundo”, dice. Ella trabaja como maestra artística en tres escuelas públicas del partido de San Martín, en las que asegura que “cambió todo”. “Ya desde la entrada veíamos cómo los chicos se morían por abrazarse y entendemos que es difícil, porque el colegio es conectarse con el compañero, pero dentro de la escuela cada uno tiene que estar en su espacio y con su barbijo”. Como ya no se puede acercar mucho a los cuadernos de los chicos, se compró unos sellos de felicitaciones.

Comienzo de clases en la escuela Provinciade Córdoba en la ciudad de Buenos Aires
Tomás Cuesta


Barbijo todo el tiempo y sin contacto físico con los compañeros, los docentes admiten que este es un año escolar atípico (Tomás Cuesta/)

El mayor desafío que preocupa a Yanina ahora es el de articular sus horarios de trabajo con el de la escuela de sus hijas. “Los horarios son un lío para los docentes, un lío para las madres, y un caos para las madres docentes”, explica. En las escuelas en las que trabaja se buscó armar burbujas de modo que los hermanos que asisten a distintos cursos vayan al mismo horario. “Tratamos de facilitarle la vida a los padres y que todos los chicos puedan venir al colegio”, dice.

Usar el sentido común

Laura Fernández, maestra de un jardín de infantes privado de Caballito, plantea respetar el protocolo al pie de la letra pero también usar el sentido común. “No voy a dejar a un nene llorando en el piso sin hacerle upa ni voy a permitir que otro me mire con un contenedor plástico en la mano que no puede abrir solo porque la merienda tiene que ser individual y autónoma”, explica. Como maestra de niños de sala de dos y de cinco años, la pandemia vino a cambiar aquello de “abrazos para todos” muy propio del jardín de infantes. Y a modificar por completo la mayoría de los juegos y actividades que se realizaban en sala de dos. De acuerdo con el protocolo, si antes ocho niños podían jugar a la pelota, ahora debería haber ocho pelotas que no se comparten. Las actividades pasaron a ser mucho más individuales y menos corporales.

¿Es posible que niños tan pequeños mantengan la distancia personal? Para Laura Fernández, luego de un año de no verse con los compañeros, es muy difícil pedirle a los niños que no tengan contacto con los compañeros “Es muy angustiante rever todas las actividades pensando en lo que no pueden hacer. Pienso que un jardín del no, no es bueno “, explica. Pero también cree que sigue siendo mucho mejor que intentar consolar a un niño por Zoom. O que otro alumnito le pregunte: “¿Vos sos la seño de la compu?”.