Volver a sentir el sol: Pekín empieza a revivir tras lo peor del coronavirus

Adrián Foncillas

PEKÍN.- Aquel sol primaveral que anunciaba el fin del crudo invierno y el enésimo descenso de contagios empujaron este domingo a Ruu, guionista de cine, a un acto heroico: se fue a pasear al parque que rodea al Estadio Olímpico de Pekín. Finiquitaba casi dos meses de reclusión voluntaria en los que la bajada hasta la entrada de su complejo para recoger la comida dejada por el mensajero era el acontecimiento más emocionante del día. "Ya había olvidado qué se sentía cuando el sol te acaricia la cara", comenta. No lo alargó más de media hora, con la preceptiva mascarilla y evitando la cercanía del resto, pero fue suficiente para juntar valor para el siguiente reto: este fin de semana se irá de compras. "He ahorrado mucho últimamente", justifica.

Hay pocas ciudades en el mundo con una actividad más febril que la capital china. En ese gran pueblo de 20 millones de habitantes se juntan los llegados de todo el país con una nutrida comunidad extranjera, la milenaria capacidad autóctona para el trabajo con la cultura del ocio occidental que abrazaron las nuevas generaciones, los karaokes y salones de té con las boleras y clubes de música electrónica. El coronavirus detuvo su pulso y sólo ahora, tres meses después del primer contagio en Wuhan, empezó a latir. La OMS declaraba ayer la pandemia global y hoy China daba por concluido el final del pico de la epidemia. La mayoría de la veintena de contagios diarios son importados por viajeros.

La experiencia ofrece un par de enseñanzas al mundo. La buena, que la epidemia es vencible; la mala, que exige sacrificios. Ni siquiera tras cantar victoria relajaron los chinos sus cautelas. La pistola contra la muñeca es un trámite cotidiano. "Me toman la temperatura más de diez veces al día: cuando salgo y entro a mi casa, en el centro comercial, en el metro, en cualquier edificio público.", señala Xia Jie, propietaria de un hostal en el casco viejo. Durante semanas recurrió a Taobao, la aplicación de compra online, para abastecerse. Ahora ya acude al supermercado a buscar verduras y frutas. Un funcionario toma la temperatura, niega el acceso sin máscaras y obliga a esperar si hay más gente de la recomendable.

No hay mejor plan que pasearse en bicicleta por los hutongs, ese ovillo de callejuelas estrechas y casas bajas por las que transpira el viejo Pekín. Los comités vecinales apostados en sus entradas miden la temperatura a los extraños, comprueban en la aplicación del celular su historial (el color verde, amarillo o rojo determina su riesgo de contagio) y obligan a que un vecino les reciba. Esa vida que fluía a chorros se secó.

En Sanlitun, el distrito del ocio, siguen cerrados la mayoría de bares y restaurantes pero ya alzaron la persiana los centros comerciales. También se despierta Guomao, el pulmón financiero. Joanne, hongkonesa, fue la primera en reabrir su restaurante de exquisiteces cantonesas. La distribución en largas mesas donde se apretaban los clientes es ilegal con la normativa que impide más de cuatro comensales. "Los primeros días fueron un desastre, sin clientela y con problemas de suministro. No había ingresos pero tenía que pagar salarios y alquiler. Afortunadamente cada día viene más gente. Esto no ha acabado, sigue habiendo mucho miedo", señala.

La falta de precedentes de un encierro tan largo y masivo impide prever sus efectos. El Gobierno confía en que el coronavirus triunfe allá donde fracasaron sus campañas para aumentar la natalidad. Habrá que esperar para certificar ese ansiado baby boom que desesperadamente necesita la envejecida sociedad china pero las consecuencias ya conocidas son preocupantes. Las oficinas registraron un aumento de peticiones de divorcio y las encuestas certifican frecuentes cuadros de ansiedad, depresión, insomnio y cambios de humor.

"Es un aburrimiento infinito. Cada día es el mismo día, como en aquella película de Bill Murray. Te despiertas, desayunas, ves la tele, trabajas, ves más tele, te vas a dormir", lamenta Yang, empleada en una multinacional. Las estrictas prohibiciones de acceso a las viviendas a los no residentes los condenaron a ella y a su pareja a la abstinencia sexual. También le preocupa el riesgo de contagio desde que regresó a la oficina esta semana. Un estornudo desata un pánico nuclear. "Sólo nos quitamos la mascarilla para comer y tenemos que dejar un metro de distancia. No siempre es fácil. Si en el ascensor hay más de tres personas, subo por las escaleras".

Los metros y ómnibus urbanos ya no circulan vacíos, cada día se suman más coches al asfalto y las oficinas relevan lentamente al teletrabajo. Se antoja aún lejano el nervio de la capital de la segunda economía global, pero Pekín transita por un camino conocido. "Ya superamos la epidemia el SARS. Todos los inviernos acaban, incluso este", opina Ruu.