La invasión es la última de una larga serie de fracasos de Vladimir Putin en Ucrania

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El presidente ruso Vladimir Putin asiste a una reunión por videoconferencia en Moscú, Rusia, el 25 de marzo de 2022.
Mikhail Klimentyev

NUEVA YORK.- Las señales del fracaso de la invasión de Rusia a Ucrania ya son evidentes: el descrédito de las fuerzas militares rusas como máquina de combate moderna y aplastante, la economía rusa en ruinas, y una alianza occidental más unida que nunca desde las peores épocas de la Guerra Fría.

Pero lo que nadie suele recordar es que este es solo el último y potencialmente más dramático de una serie de fracasos que el presidente ruso Vladimir Putin ha sufrido en Ucrania. Si Afganistán es el “cementerio de los imperios”, Ucrania es donde suelen naufragar las ambiciones imperiales de Putin.

De hecho, según la opinión de algunos analistas, el principal motivo por el que Putin dio este paso potencialmente autodestructivo de invadir a gran escala era revertir una larga lista de fiascos que se remontan a la denominada Revolución Naranja de Ucrania en 2004, durante los primeros años de su presidencia.

Postal de la Revolución Naranja en Kiev, Ucrania, en diciembre del 2004
maidan.org.ua


Postal de la Revolución Naranja en Kiev, Ucrania, en diciembre del 2004 (maidan.org.ua/)

“Putin está obsesionado con Ucrania porque desde principios de la década de 2000 Ucrania es el terreno donde pierde y vuelve a perder”, dice Mikhail Fishman, exconductor de un programa de política en TV Rain, el canal de televisión independiente que tuvo que dejar de emitir tras el inicio de la guerra.

Durante mucho tiempo, Putin conspiró tanto abierta y encubiertamente para socavar a Ucrania, y en el camino logró anotarse algunos triunfos. Hizo que Ucrania se hundiera en una destructiva guerra en el este, sembró la discordia entre la clase política y dañó su infraestructura con ciberataques experimentales, técnicas que luego exportó a Estados Unidos y otros países.

Pero en por lo menos tres ocasiones significativas, cuando Putin intervino directamente para poner de rodillas a Ucrania, fracasó.

Siempre existe la posibilidad de que esta vez lo logre, ya sea reduciendo a escombros las ciudades ucranianas o apoderándose de gran parte del este y sur del país, para después cantar victoria. En Rusia, ahora el apoyo a la guerra es contundente.

Pero incluso ese escenario tendría sus costos: alimentaría el resentimiento de los ucranianos contra Rusia, profundizaría la condición de paria de Moscú ante Occidente y casi con seguridad Putin tendría que resignarse a una ocupación larga y onerosa.

La historia muestra que los líderes rusos que lanzaron guerras que erróneamente estimaban que serían cortas y triunfales terminaron mal. La Revolución Rusa que terminó con 300 años de la dinastía Romanov estalló pocos años después de que el zar Nicolás II perdiera una desastrosa guerra contra Japón, mientras que la Unión Soviética colapsó luego de su debacle en Afganistán.

Un militar ucraniano camina junto a los tanques rusos destruidos no lejos de la capital ucraniana, Kiev, el 3 de abril de 2022
SERGEI SUPINSKY


Un militar ucraniano camina junto a los tanques rusos destruidos no lejos de la capital ucraniana, Kiev, el 3 de abril de 2022 (SERGEI SUPINSKY/)

Algunos analistas creen que Putin corre un riesgo similar. “Perderá Rusia por querer quedarse con Ucrania”, dice Fishman, que acaba de terminar un libro que intenta explicar por qué la democracia no echó raíces en Rusia tras el colapso de la Unión Soviética. Otros son menos enfáticos, en particular en lo relativo al corto plazo, y señalan las muestras de apoyo popular que recibe Putin en Rusia. Advierten, sin embargo, que el líder ruso está jugando una inusual partida de póker con un final impredecible.

“Es es el peor fracaso en una guerra terrestre en Europa desde 1945, y eso sí que es un fracaso enorme”, dice Clifford Kupchan, director de la empresa de evaluación de riesgo político Eurasia Group, en Washington. “No me arriesgo a hacer ninguna predicción sobre la estabilidad política en Rusia en el próximo lustro.”

Aunque públicamente Putin presentó como su “casus belli” la amenaza de seguridad que implica para Rusia una Ucrania prooccidental, otros dicen que su mayor preocupación son las posibles consecuencias de vivir junto a una democracia entusiasta con buenas perspectivas económicas.

La peor pesadilla de Putin es una ‘revolución de color’ en Rusia, y es a través de ese prisma que observa el voto popular en Ucrania”, dice Kupchan. “Como Ucrania es culturalmente tan cercana, la amenaza de contagio, tal como él la percibe, es aún mayor”.

A los 69 años de edad, los logros de Putin son incontables, en particular toda su carrera profesional, desde su rol como agente de inteligencia de mediano escalafón –obligado a conducir un taxi para llegar a fin de mes tras el colapso del bloque soviético– hasta convertirse en uno de los líderes que más tiempo ocupó el Kremlin.

Pero en Ucrania, Putin ha dado varios pasos en falso.

En la elección presidencial de 2004, hizo campaña personalmente a favor de su candidato preferido, Víktor Yanukóvich, a quien felicitó dos veces por su victoria. Pero las acusaciones de fraude generalizadas provocaron una reacción nacionalista y provocaron la Revolución Naranja, con protestas callejeras que condujeron a la elección de Víktor Yúshchenko —que durante la campaña sufrió un intento de envenenamiento— como presidente de un gobierno prooccidental.

Ucrania y su Revolución Naranja
Ucrania y su Revolución Naranja


Ucrania durante la Revolución Naranja

En 2006, Putin intentó obtener un mayor control –y mayores ganancias– del sistema de distribución que transportaba el gas natural ruso hasta Europa a través de Ucrania, y cortó el suministro en medio del invierno. Se echó atrás cuando entendió que si el suministro de gas ruso pasaba a ser poco confiable se arriesgaba a perder los mercados de energía en Europa.

En 2009, trató de provocar un cambio de gabinete en Ucrania que habría permitido que sus aliados controlaran el gobierno, pero su intento fracasó.

Pero su peor error antes de esta guerra lo cometió en 2013, cuando parecía que Ucrania escaparía de la órbita rusa firmando un acuerdo de asociación con la Unión Europea. Para evitarlo, le ofreció un préstamo de 15.000 millones de dólares a Yanukóvich, el entonces presidente legítimamente elegido pero incorregiblemente corrupto, quien acepó la oferta. Como en 2003, eso provocó enormes protestas callejeras en la Plaza de la Independencia de Kiev. Como la violencia policial alentada por Moscú no logró disuadir a los manifestantes, Yanukóvich huyó a Rusia en febrero de 2014.

Putin lo consideró como un golpe de Estado inspirado por Estados Unidos y lanzó la invasión de Crimea, mientras alentaba una guerra separatista en la región del Donbass, el cinturón industrial rico en recursos del este de Ucrania. Putin pensó que había encontrado la manera de dominar a Kiev en un tratado llamado Protocolo de Minsk, que a los separatistas les habría dado poder de veto en importantes decisiones del gobierno. Pero el acuerdo nunca fue implementado, y la guerra se convirtió en un escalofriante callejón sin salida que para 2022 había causado la muerte de 14.000 personas, muchas de ellas civiles.

Como sus fracasos se acumulaban, Putin empezó a denigrar a Ucrania. Empezó a decir que en realidad no es un país, sino un engendro improvisado por Lenin a partir diferentes porciones de territorio ruso, y desde hace unos años repite que Ucrania es presidida por un gobierno “Nazi” que los ucranianos –en particular las etnias rusas del este del país– estarían felices de derrocar.

Curiosamente, Putin elaboró sus planes definitivos para ucrania en 2014, luego de anexar Crimea. En su reunión anual televisada desde la municipalidad, hizo un sorpresivo anuncio sobre la “Novorossiya”, la Nueva Rusia, un arco que se estira a lo largo de toda la costa y en la zona oriental de Ucrania.

Las barricadas de la Plaza Maidan, en la Plaza de la Independencia en el centro de Kiev, durante el levantamiento popular de 2014
Archivo


Las barricadas de la Plaza Maidan, en la Plaza de la Independencia en el centro de Kiev, durante el levantamiento popular de 2014 (Archivo/)

Quisiera recordarles que en la era de los zares esto era denominado Novorossiya. Kharkiv, Lugansk, Donetsk, Kherson, Mykoláiv y Odesa no formaban parte de Ucrania en ese entonces. Rusia perdió esos territorios por varios motivos, pero el pueblo ruso sigue allí”, dijo en esa oportunidad.

En la actual invasión, las fuerzas militares rusas atacaron las seis ciudades que mencionó. Pero si se excluyen Lugansk y Donetsk en las regiones separatistas, las tropas rusas solo lograron capturar Kherson, mientras que el resto resistieron ferozmente, al parecer, para sorpresa de Putin.

Esta invasión parece sumarse a la lista de fracasos de Putin en Ucrania, tal vez el mayor, y echaría por tierra su proyecto de pasar a la historia como el líder que reconstruyó el Imperio Ruso.

“Sin Ucrania, no tiene nada”, dice Fishman sobre el proyecto de Putin. “Y nunca va a conseguir el control político de Ucrania. Eso ya está fuera de discusión.”

Por Neil MacFarquhar

Traducción de Jaime Arramide

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