Los Visionadores: el cine argentino que quedó bajo la alfombra

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Santiago Calori, Sebastián Rotstein, Federico Rotstein y Frenkel, cinéfilos, cineastas y partícipes necesarios de este film
xavier martin

A veces pasa: algunas cosas que estaban destinadas a no ser, no solo terminan ocurriendo sino que se convierten en pequeños fenómenos de alcances insospechados. De algún modo, lo advierte una voz en off al comienzo de Los Visionadores: “Esto no es una película”. Y su director, Néstor Frenkel, lo ratifica: “Nunca imaginé que se iba a hacer, y nunca se hubiera hecho de no ser por la pandemia. Pero en algún lugar había algo del recuerdo; siempre lo había mantenido en una carpeta de proyectos inactivos”. Entonces, un poco empujado por la ansiedad de no-poder-hacer de la cuarentena, en 2020 empezó a darle forma, la estrenó en el Bafici en marzo pasado y, una vez liberada (gratis en Vimeo, por cortesía de su director y sus colaboradores) gestó un fenómeno de esta era, manifestado en infinidad de comentarios y memes.

Artefacto extraño y muy divertido, Los Visionadores replica los argumentos de muchas películas argentinas de los años 60 a 80 que aleccionaban al público sobre los peligros de las adicciones: una tarde “tranqui” dos muchachos alquilan, por accidente, no la película que indica la caja del videocasete, sino una producción nacional de 1979 llamada Los drogadictos, y enseguida quedan “enganchados” por su peculiar narrativa. Ya no podrán dejar de ver, otra más de esas, y otra, y otra más. Aunque la dramática voz en off (del actor Damián Dreizik) va hilando el relato, el sentido en Los Visionadores surge del montaje de escenas de films nacionales de una época, de poner en línea, una atrás de la otra, imágenes extraídas de títulos como Las barras bravas, Los viciosos, Sobredosis e innumerables policiales de diversa laya, de El desquite y Policía corrupto a Nada x perder, un thriller de bizarras volteretas políticas estrenado en 2001, que marcó el debut actoral de Osvaldo Ova Sabatini. En la superposición y la reiteración quedan expuestas la retórica moral y el sensacionalismo, sus bajadas de línea, las taras formales (¡los zoom setentosos!), sus proverbiales insultos. Y se abren, antes de que nos demos cuenta, las puertas a varios mundos (el cine de explotación, el extinto videoclub) y a un tema: la endémica ausencia de una cultura de archivo argentina.

Rodolfo Ranni es el gran referente de Los Visionadores; el actor vio el documental y se mostró agradecido
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Rodolfo Ranni es el gran referente de Los Visionadores; el actor vio el documental y se mostró agradecido (archivo/)

“Los Visionadores tiene un doble origen –cuenta Frenkel, conocido por documentales como Buscando a Reynols y Construcción de una ciudad–. El primero es el Círculo de Visionado. Cuando se estrena la película Nada x perder, a mí y a mi amigo Sebastián Rotstein nos parece interesante, pero se nos escapa porque los estrenos duraban una semana o dos. Al tiempo sale en VHS y nos juntamos un fin de semana para verla. La experiencia fue nutritiva, pregnante, y dijimos: ¿por qué no vemos otra el domingo que viene? Y Sebastián, que es muy amigo de las tradiciones, de organizar místicas y épicas, de darle un marco a las cosas, organizó y ahí quedó: todos los domingos nos empezamos a juntar, pedimos la pizza en el mismo lugar, y creo que al tercer domingo ya éramos cuatro o cinco y así fue que nos pasamos siete años de nuestras vidas en esta experiencia. Mi casa se convirtió en la Sala Enrique Carreras, y a todos los integrantes del Círculo de Visionado nos llegaba un e-mail que requería puntualidad, enviado por ‘Los de Arriba’, una figura que aparecía mucho en estas películas que veíamos y que no se sabe bien quiénes son: el poder oculto. Teníamos tiempo para perder, nos divertíamos mucho, y resultó que había momentos en los que éramos quince, veinte personas, y más allá del chiste lo que se armaba era poderoso: estábamos analizando, en ese tono lúdico, jocoso –nadie estaba haciendo un paper universitario–, nuestra historia, eso de lo que estábamos hechos, cómo habíamos sido criados. Y siempre buscábamos lo policial, las películas de denuncia; ésas donde se veía cómo se trataba a las drogas, donde se alertaba sobre los grandes flagelos. Así se armó el lenguaje que aparece en Los Visionadores.

El Bafici más valiente y perseverante ya tiene a sus ganadores

“Vimos Nada x perder para cranear un mediometraje con muñecos como el que había hecho Néstor, Plata segura, el del Cuchu Cambiasso –completa Rotstein–. Yo quería hacer una de género, se iba a llamar Totalmente desviado y la protagonizaría la Brujita Verón. Pero al ver Nada x perder pasó que entendimos algo sin necesidad de pasárnoslo en limpio”. Para ingresar a las noches del Círculo que nacieron de aquel visionado epifánico, los invitados debían presentar una contraseña en la puerta.

A estas funciones asistieron con entusiasta regularidad, aparte de su citado instigador Sebastián Rotstein (hoy un experimentado guionista de cine y televisión), los dos “muchachos” que protagonizan el relato que, montado sobre imágenes fijas en una suerte de fotonovela animada, propone Los Visionadores: Federico Rotstein (hermano de Sebastián, también devenido cineasta y su codirector en la película Terror 5) y Santiago Calori (guionista; director del documental Un importante preestreno y responsable de mútiples y muy recomendables podcasts sobre cine). Además de un reparto de allegados en el que alternaron personajes como Martín Rejtman, Alejandro Hartmann, Inés Molina, Sebastián De Caro, el crítico Jorge Bernárdez, el artista plástico Pablo La Padula, el distribuidor Luis Pérez Endara.

Calori, de más joven, en un videoclub; las escenas ficcionadas se basan en fotos de antaño y formato de fotonovela
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Calori, de más joven, en un videoclub; las escenas ficcionadas se basan en fotos de antaño y formato de fotonovela (archivo/)

Federico Rotstein: Yo era el más chico y estaba estudiando cine; a una edad en la que te asomás a otro tipo de películas, y me volví loco. Eran películas de una ideología similar, de una construcción particular de “un ser nacional”, que a veces es difícil ver uno solo; mientras que verlas en grupo contiene, ordena, ayuda a pensarlas.

Sebastián Rotstein: En febrero, marzo, con Néstor nos íbamos a las distribuidoras de video que había por las calles Lavalle y Tucumán y nos llevábamos de a 20, 30 películas. Al terminar el primer año alquilamos un salón, al que bautizamos Camila Perissé, donde proyectamos en pantalla grande Las barras bravas, de Enrique Carreras y pasamos unos cortos hechos por nosotros, a lo Hollywood, entre los que estaba The Rannix, que eran todos los apodos que le poníamos a [las apariciones de] Rodolfo Ranni, como Guillermo Mastroranni, Singin’ in the Ranni o Gerardo Romanni.

Frenkel: Hacia 2005 se nos ocurre con Sofía Mora, que es mi mujer y mi socia, hacer una película con esto. No llegamos a escribir un guion, pero estaban ya los dos amigos, la anécdota del casete equivocado. Hicimos unas fotos; edité un poco, pero quedó olvidado por inviable, porque era amateur e imposible de completar como producto, y un chiste interno para diez personas…

Pero luego, contaste, aparece la pandemia como oportunidad…

Frenkel: Esa fue la tercera etapa: pandemia, encierro, angustia, aburrimiento. Me lo sugiere Sofia, que en ese momento estrenaba la serie Carmel [¿quién mató a María Marta?].

Entre otras cosas que registraron como grupo de estudio está el discurso aleccionador sobre las drogas.

Frenkel: Uno de los corazones del Círculo de Visionado eran las películas que alertaban sobre las drogas. La anécdota del casete equivocado replica el argumento de Las barras bravas, del niño que encuentra un cigarrillo tirado y se vuelve adicto. Es el azar que se interpone donde hay un hueco; es un hijo de padres separados: donde la familia se corre y deja un espacio, ahí entra el flagelo.

Barbijos y remeras en tributo a Ranni para el grupo que se inició como un club de video en una casa en 2001
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Barbijos y remeras en tributo a Ranni para el grupo que se inició como un club de video en una casa en 2001 (xavier martin/)

Santiago Calori: Sabíamos que estas películas tenían este discurso sobre las drogas porque antes del Círculo ya habíamos visto en televisión Las barras bravas y Humo de marihuana. Esa mirada condenatoria del cine de Enrique Carreras, también el de la productora Aries, siempre estuvo, y para quienes éramos jóvenes diez años después de las películas, ya resultaban graciosas, pero no sé si lo fueron en la época. No tengo claro si a alguien le pareció que Las barras bravas o Los drogadictos eran de verdad películas de denuncia, o si tenían un costado exploitation. Tengo la sensación de que eran las dos cosas: para mí a Carreras le rendía, y hay que entender que muchas de las películas, antes de los 80, con la denuncia de alguna manera burlaban la censura, como lo había hecho Reefer Madness en los años 30. Es teoría mía, no tengo idea, pero por cómo funcionaba el exploitation, supongo que debe haber sido así. Me lo pregunto ahora, en ese momento solo lo disfrutaba; me parecía muy gracioso que un pibe se fumara un porro y a los diez minutos tuviera síndrome de abstinencia y se muriera aspirando pegamento, todo en una semana… Yo, que la había visto a los 12 años, recién de grande entendí que todo esto que me fascinaba estaba hecho por el mismo tipo, al que le gustaba declamar y poner a Tita Merello como la voz de la razón. Ya entrados los 80 hay un cine menos inocente, películas como Los gatos o Atrapadas.

Mario Pasik en Delito de corrupción (Enrique Carreras, 1991), un favorito del documental.
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Mario Pasik en Delito de corrupción (Enrique Carreras, 1991), un favorito del documental. (archivo/)

Sebastián Rotstein: Cuando vino más gente se empezó a hablar más de lo que se veía; observábamos algunas cosas como, por ejemplo, las que tienen que ver con rol de la mujer, que era o ama de casa o reventada y prostituta, nada más. Y Mercedes Carreras como la excepción, la jueza incorruptible, la heroína en películas como Las locas o Delito de corrupción.

Lejos de la recuperación retro de los 80, Los Visionadores abre también la evocación de la cultura del video, que hoy tal vez se olvidó, pero era un universo entero.

Calori: Ese momento del video es increíble. Un distribuidor me contó que se iba con el auto lleno de casetes y en Rosario se tenía que volver porque se le habían acabado; y que en Perico, Jujuy, había siete videoclubes. Hubo miembros del Círculo más recurrentes que yo, pero recuerdo haber sido quien les inculcó el concepto del directo-a-video en un momento en que se estaban quedando cortos de películas.

Frenkel: A mí, que soy sensible de estómago, las películas hechas directamente para el video me costaban un poco. Eran películas que veces hacían los mismos dueños de las distribuidoras y que no pasaban por ningún tipo de censura ni de aparato estatal. Asalto y violación en la calle 69 está filmada en las mismas oficinas de la distribuidora de video, con estos malhechores que entran llevándose a unas pobres mujeres medio engañadas. Es duro de ver; ultrabajísimo presupuesto, hechas en un fin de semana y vendidas con un afiche de explotación. Era un negocio, pero debía haber algo de placer y amor en hacer eso. De hecho en los debates, cuando ya existía el Nuevo Cine Argentino, decíamos: “no, pará, pará, el verdadero cine independiente es este”, y de repente veíamos Las guachas, con largos planos de mujeres caminando semidesnudas por el campo.

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Un efecto que provocó Los Visionadores fue toda esa gente que quiere ver las películas que aparecen ahí y se encontró con que muchas ya no se consiguen…

Frenkel: Mucha gente preguntando: ¿dónde consigo Las esclavas, dónde consigo Delito de corrupción? Es lo mejor de todo: haber contagiado a una nueva generación, haberles pasado la posta y decirles: “miren todo lo que tuvimos que atravesar”.

Federico Rotstein: Cuando Néstor retomó las fotos (que hicimos años atrás) y empezó a mandarles los materiales a sus colaboradores de sonido y efectos visuales para que lo ayudaran, se encontró con que a todos les copaba y fue creciendo, y mientras editaba quedó claro que ya tenía un valor archivístico indiscutible, que tiene que ver con rescatar ese cine que está enterrado. El cine argentino tiene pudor de esas películas de los 80: cuando llegó el Nuevo Cine Argentino dijo: esto está mal. Hay algo de eso que lo vuelve atractivo de por sí.

Frenkel: Es una cosa política: ¿cómo podemos ver hoy cine argentino de aquella época? Y, así: en copias destruidas que tiene alguien por suerte, y hay otras que están del todo perdidas. Es el cine olvidado, que a muchos les da vergüenza haber visto o haber formado parte de él. Hay un corte muy grande, como si el cine contemporáneo hubiera empezado con Rapado y antes hay que ignorarlo. Es como una cultura cancelada. No es que yo crea que hay que reivindicarla como heroica, pero sí aceptar que, bueno, de eso también estamos hechos. Es nuestra historia como argentinos, como cineastas, como críticos, visionadores...

Calori: Es el desastre de que no haya una cultura de archivo en Argentina. Llegué a un punto en el que le puedo sacar el aspecto romántico; simplemente es ridículo que no se guarden las cosas, desde un punto de vista práctico: si pusiste plata en algo, es una inversión que debería durarte la mayor cantidad de tiempo posible. Toda esta plata ya se gastó, a los fines de no perderla, deberíamos tratar de preservarlo. Y en la plataforma Cine.ar hoy no podés encontrar muchas de estas películas (en las que puso dinero en Instituto de Cine).

Juventud sin barreras, olvidado film de Ricardo Montes, aborda en 1979 el “flagelo de los boliches nocturnos”.
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Juventud sin barreras, olvidado film de Ricardo Montes, aborda en 1979 el “flagelo de los boliches nocturnos”. (archivo/)

Sebastián Rotstein: Hay que hacerse cargo de que esas películas existen y forman parte de la historia. No se trata solo de preservar el material, sino de hacer memoria, decir qué son, ver que tienen una coherencia. Néstor en lugar de decirlo, inventa esta película que es la mejor manera de hablar de eso, de decir: esto se hizo y está ahí para el que quiera verlo.

Entre rostros como los de Mario Pasik y Gerardo Romano vuelve a ganar un lugar esencial Rodolfo Ranni, a fuerza de trabajo y de su inconfundible bigote.

Frenkel: Intentamos rastrear a Ranni para el Bafici, pero a los 84 años estaba toda la semana grabando la nueva temporada de El Marginal y los fines de semana se va a hacer teatro por los pueblos del interior. A través de su hija Estefanía le hice llegar la película y una remera de The Rannix; y él me mandó a decir dos cosas: que cuando pase la pandemia me va a invitar al mejor asado de mi vida, y que le mandara cinco remeras más con su cara para regalarles a sus amigos. Una fiesta, nunca me había imaginado tanto.

Calori: Es el mejor final posible. Porque había miedo, obviamente; ¡son actores! Ranni entendió que esto era con amor, que en las películas de Los Visionadores, él es Clint Eastwood.

Con alegría en la voz, el propio Rodolfo Ranni le confirma la leyenda a LA NACION revista. “Me pareció lindísimo, un homenaje extraordinario. Yo no vuelvo a ver mis películas. Por ahí las veo un poco cuando las pasan por televisión, pero un cachito. No tengo ninguna película mía y a veces cuando estoy en una, me digo: pero, ¿yo trabajé acá? Es lo que uno ha hecho, algunas son mejores, otras no son tan buenas. Siempre hay algo para rescatar”.

¿Y si tuviera que elegir una?

El desquite me gusta mucho. En retirada me gusta por lo actoral. Por ahí alguna quedó más a mitad de camino, pero me gustan: fue un buen momento del cine argentino del que yo tuve la fortuna de formar parte.

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