Virginia Hall, la espía que se convirtió en la peor pesadilla de los nazis

LA NACION
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Inteligencia, audacia y mucha disciplina. La espía estadounidense Virginia Hall se destacó en los servicios de inteligencia británicos durante la Segunda Guerra Mundial por reunir característicos que pocos miembros de la organización tenían. Hall, que había perdido una pierna en un accidente años atrás, se convirtió en la primera mujer en infiltrarse entre los máximos referentes del nazismo.

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Hall llamaba a su prótesis de pierna "Cuthbert". A pesar de sus dificultades físicas, y de la dominante presencia masculina en el entorno político de la época, la estadounidense estableció redes de espionaje, fue detenida, se fugó, y concretó la explosión de varias líneas de suministro nazis. Despectivamente, fue apodada "la renga", pero a pesar del desdén con el que la nombraban sus enemigos, Hall logró sembrar tanto temor que, Klaus Barbie -uno de los líderes nazis más salvajes- llegó a ordenar una búsqueda urgente de la mujer que, reconocían, era la más peligrosa de todos los espías aliados.

Virginia Hall, la espía más temida por los nazis

Hall nació en 1906, en una familia de clase alta de Baltimore, en el estado de Maryland. Hablaba con fluidez dos idiomas: el alemán y el francés, una característica más que la ayudó a desenvolverse en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Estudió en Radcliffe, la institución para mujeres que dependía de la Universidad de Harvard; en Barnard. Luego se formó en la facultad femenina de la Universidad de Columbia y, finalmente, cursó en la escuela de posgrado de la American University en Washington. Allí aprendió italiano, el tercer idioma -por fuera del inglés nativo- que la consolidó como una mujer con la formación necesaria para desempeñar el difícil trabajo que iba a hacer.

Si bien, desde su juventud, apuntó a tener una carrera diplomática -con esa idea aceptó un trabajo en la Embajada de Estados Unidos en Varsovia y, posteriormente, fue trasladada a otros lugares-, en su paso por la ciudad turca de Esmirna vivió una situación que le cambió la vida: en una jornada de cacería, a Hall se le cayó la escopeta de las manos y se disparó en la pierna izquierda. Ese accidente le provocó heridas que, tras varias horas sin atención médica, derivaron en una gangrena. Para salvarla, los médicos debieron cortarle la pierna izquierda, a la que reemplazó por una prótesis. O como ella la llamaba: "Cuthbert".

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Usar una prótesis le impidió seguir trabajando para el Estado estadounidense, por lo que Hall decidió instalarse en París y empezar a trabajar en el Servicio Francés de Ambulancias. Corría 1939 y Europa quedaba sitiada por la Segunda Guerra Mundial. Las tropas del Tercer Reich ocuparon París, y Hall decidió huir: pedaleando llegó hasta la costa del Atlántico, donde logró tomar una embarcación hacia Gran Bretaña.

La vida de Virginia Hall en Londres y su ingreso a los Servicios de Inteligencia británicos

En Inglaterra, Hall conoció a Vera Atkins, una espía británica que nació en Rumania y que, por esos días, reclutaba agentes para el Special Operations Executive (SOE), una entidad dedicada al espionaje que se encargaba de enviar células al territorio francés ocupados y así, no solo conseguir información, sino también organizar sabotajes. En algunas misiones, incluso, el objetivo principal podía ser el asesinato de un oficial nazi. Impresionada por su audacia y extraordinaria formación, Atkins decidió incorporar a Hall.

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En 1941, Hall fue arrojada en paracaídas en territorio francés ocupado. Su misión era notificar toda la información que pudiera recoger e incorporar a otros dos agentes. De es forma, Hall armó una red clandestina que apoyaba grupos de resistencia y que logró recabar los datos necesarios para planificar el llamado "Día D", la operación en la que las tropas aliadas en las playas de Normandía y que cambiaría el curso de la Segunda Guerra Mundial.

Hall nunca pudo ser atrapada. Sin embargo, en 1942, por primera vez, logró ser "acorralada" por la Gestapo. Para huir, la mujer atravesó 56 km por la helada cordillera montañosa de los Pirineos, con el dolor constante que le causaba su prótesis, y llegó hasta España, donde fue detenida por el franquismo por haber cruzado la frontera de manera ilegal. Pasó seis semanas en la prisión de Figueres, con la amenaza de ser descubierta y entregada a los nazis. A través de otro detenido, Hall logró hacerle llegar una carta al cónsul estadounidense en Barcelona, y que consiguió su liberación.

En los meses que siguieron comenzó a trabajar como periodista, desde España, para diarios estadounidenses. Según los investigadores que reconstruyeron su vida, eventualmente se aburrió de esa tarea, que consideraba una "pérdida de tiempo". Regresó a Londres y pidió que volvieran a enviarla a Francia, pero el SOE se negó. Sin darse por rendida, Hall se contactó con los Servicios Estratégicos estadounidense (OSS) y, en 1944, logró instalarse en Cosne, en el departamento de Borgoña, con una nueva identidad: Marcelle Montagne.

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Tras convertirse en una pieza fundamental de la logística del "Día D", con el colapso del nazismo, Hall volvió a París en 1945 y, luego de que se terminara el conflicto bélico, regresó a Londres. En Inglaterra fue recibida como una verdadera heroína, mientras que en Estados Unidos recibió distinciones por su valentía.

En la etapa posguerra, Hall trabajó para la CIA hasta jubilarse. Vivió hasta los 98 años y murió en su ciudad natal, en Maryland, a los 98 años. su vida fue recuperada en los últimos años por ser una de las mujeres olvidadas de la historia. En 2019, la película A Call to Spy retrató su historia en un film dramático e histórico escrito y producida por Sarah Megan Thomas y dirigido por Lydia Dean Pilcher. Además, el Museo Internacional del Espionaje, en Washington, lanzó una exposición permanente sobre ella, que incluye pertenencias suyas, como una radio-valija e identificación falsa con la que se movió por Europa.