Vidas de cristal

Agencia EFE
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Beirut, 19 dic (EFE).- Los conflictos de Siria y Yemen, la falta de alimentos en el Sahel central, el terrorismo en la cuenca del Chad, la inseguridad alimentaria del sur de África. La pandemia ha agravado las crisis humanitarias más acuciantes del Planeta, pero más por culpa de las medidas de contención y el desvío de recursos que por el propio virus.

Más desplazados. Más hambre. Conflictos políticos más intensos. Extremos climáticos cada vez más prominentes. Brotes de enfermedades en aumento en un segundo plano. Ni las guerras, ni la falta de alimentos ni ninguna otra lacra entienden de crisis sanitarias y este año han seguido su curso ajenas a la COVID-19.

Sobre esas aguas cenagosas cayó el rayo de la pandemia.

A finales de 2019, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios(OCHA) estimaba que en 2020 unos 168 millones de personas necesitarían ayuda humanitaria y requería unos 29.000 millones de dólares para llegar a 109 millones de ellas.

Doce meses y una pandemia después, el Panorama Global Humanitario 2021 de la OCHA reveló que las necesidades del año habían aumentado a 39.000 millones de dólares para prestar asistencia a 265 millones de 441 millones de personas en necesidad.

MÁS NECESITADOS Y MENOS AYUDA

El director interino de Agenda Humanitaria en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, en inglés), Jacob Kurtzer, alerta de que estamos en una "intersección entre más necesidad y menos nivel de financiación", ya que los donantes y gobiernos enfrentan dificultades económicas.

A pesar de que este año ha habido importantes contribuciones, las necesidades han aumentado tanto que la OCHA ha registrado una diferencia entre éstas y la financiación lograda "mayor que nunca: 22.000 millones" de dólares, de acuerdo con el Panorama Global Humanitario 2021.

"Mucha de la acción humanitaria depende de las cadenas de suministros globales, de modo que la interrupción en las cadenas de abastecimiento y la priorización de materiales relacionados con la COVID-19 afectó a la capacidad de llevar a cabo los trabajos en curso", agrega el experto a Efe.

La pandemia ha supuesto un revés a la propia actividad humanitaria, cuyo ciclo natural empieza en la estabilización y camina hacia el alivio y la recuperación. Sin embargo, en muchos casos está resultando difícil mantenerse en las fases avanzadas, ya que "seguimos en medio de una crisis".

Y, por supuesto, los confinamientos y cierres de fronteras han hecho mella en las economías más empobrecidas y endeudadas.

ENTRE EL VIRUS Y LOS BOMBARDEOS

En las zonas de conflicto, la situación es más compleja si cabe y el virus se convierte en parte de la contienda, con las partes enfrentadas acusándose de su propagación o de la mala gestión de los recursos disponibles.

En Siria, casi una década de guerra ha devastado el sistema sanitario y se teme que el número de casos sea inmensamente superior al reportado, tanto en las áreas controladas por el Gobierno como en el último bastión opositor del país, la noroccidental Idlib.

"Los ataques aéreos contra instalaciones médicas y sanitarias por parte del Gobierno de (Bachar al) Asad y sus partidarios son un crimen de guerra devastador porque no sólo tienes que lidiar con el impacto inmediato, sino que minas la capacidad de enfrentar asuntos sanitarios básicos", afirma Kurtzer.

Además, el pasado enero se suspendió la entrada de ayuda humanitaria a Idlib por un paso fronterizo y seis meses más tarde el Consejo de Seguridad de la ONU no renovó la autorización para utilizar un segundo cruce debido al veto de Pekín y Moscú, principal aliado de Damasco.

De esta forma, las ONG y agencias humanitarias se encuentran en una encrucijada, con un solo paso fronterizo para llegar a las áreas del norte del país que escapan al control del Gobierno y un número limitado de camiones que cruzan cada día.

"¿Cómo priorizas cuál es la mayor necesidad cuando la gente tiene hambre, no tiene cobijo ni equipos sanitarios básicos y está preocupada por el impacto de la COVID-19?", se pregunta Kurtzer.

No muy lejos, el Yemen, escenario de la mayor crisis humanitaria del planeta y donde más de dos tercios de la población necesitan ayuda, está en "peligro inminente" de caer en "la peor hambruna que el mundo ha visto en décadas", alertó a finales de noviembre el secretario general de la ONU, António Guterres.

El país está sumido en un conflicto armado desde 2014 entre los rebeldes chiíes hutíes y las fuerzas leales al Gobierno reconocido internacionalmente, y la guerra ha destrozado la infraestructura sanitaria, con menos de la mitad de los yemeníes con acceso a hospitales operativos.

Además, al experto del CSIS le preocupa la vulnerabilidad ante el virus de una población lastrada por el hambre y por un lustro de guerra: "Sabemos cómo la COVID ataca el cuerpo", apunta.

ÁFRICA: MÁS HAMBRE

Las causas de la inseguridad alimentaria y la desnutrición en el continente africano son múltiples y la pandemia no ha hecho más que exacerbarlas.

Inundaciones en el este de África, sequías en el Sahel y las zonas orientales y meridionales del continente, plagas de langostas del desierto en el este y de langostas migratorias en el sur, y conflictos de larga duración en varios países.

"Antes de la COVID, en 2019, ya teníamos unos 235 millones de personas que enfrentaban el hambre, así que cuando llegó te puedes imaginar la situación", dice a Efe Abebe Haile-Gabriel, representante regional de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para África.

El impacto del coronavirus en la economía global ha afectado a la exportación de productos básicos desde este continente, al tiempo que la producción agrícola se ha visto gravemente impactada por las dificultades en el acceso a semillas, fertilizantes o alimentos para el ganado.

Incluso se han perdido cosechas porque "las cadenas de abastecimiento se vieron interrumpidas debido al acceso limitado a los mercados", en particular para los productos perecederos como vegetales, frutas y pescado, agrega Haile-Gabriel.

Los salarios dejaron de entrar a los hogares africanos, especialmente desde el sector informal y las remesas no llegaban. Los recursos públicos para programas sociales se volcaron en la sanidad, los negocios cerraron y los niños no iban a la escuela, perdiendo la oportunidad de acceder a los tan importantes programas de comedor.

"El impacto fue generalizado y fue realmente total: a pesar de que la COVID no ha causado el problema y de que las causas son múltiples, la COVID ha sido única y lo ha exacerbado verdaderamente", alerta el representante de la FAO.

Sólo el norte del continente se libra de la inseguridad alimentaria, mientras que el Sahel y el cuerno de África se llevan la peor parte y los conflictos armados o el terrorismo empeoran la situación de los más necesitados.

A PUNTA DE PISTOLA

En el corazón del continente, en la cuenca del Chad, el terrorismo azota con fuerza y el panorama humanitario es especialmente desolador.

Ha habido un incremento "constante" de desplazados desde el inicio de la pandemia, apunta a Efe Abim Sharpe, analista para el Chad de ACAPS, una plataforma creada por las ONGs HelpAge International, Merlin y Norwegian Refugee Council para asesorar a los diferentes actores en la respuesta a crisis humanitarias.

El terrorismo y la violencia imposibilitan a menudo la distribución inmediata de ayuda humanitaria y las interrupciones en las cadenas de suministros debido al coronavirus han dificultado aún más las cosas.

Sólo dentro de las fronteras del Chad, el número de personas que se estima que necesitan ayuda humanitaria se disparó a 6,4 millones a raíz de la pandemia, frente a los 5,3 millones de principios de año, según datos de otras organizaciones analizados por ACABS.

"Las áreas de operación de Boko Haram en todo el lago Chad trascienden las fronteras internacionales de Chad, Níger y Camerún y están compuestas de muchas islas donde es muy fácil moverse, por lo que es una zona muy difícil para luchar y derrotarlo", concluye Sharpe.

En el Chad, en el Sahel, en el Yemen o en Siria están algunas de las vidas más frágiles de un mundo en pandemia. Noemí Jabois

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