El viaje del canciller Olaf Scholz a China refuerza los temores sobre Alemania en Europa

El canciller de Alemania, Olaf Scholz, posa para los fotógrafos con el presidente de China, Xi Jinping, en el Gran Salón del Pueblo, en Beijing, China
El canciller de Alemania, Olaf Scholz, posa para los fotógrafos con el presidente de China, Xi Jinping, en el Gran Salón del Pueblo, en Beijing, China

PARÍS.– El controvertido viaje a China del canciller alemán, Olaf Scholz, está dejando al descubierto una grave fisura entre su país y el resto de la Unión Europea (UE), la fragilidad de la coalición de su gobierno y algunas improvisaciones de su política exterior.

Todas esas dudas surgieron como resultado de las iniciativas adoptadas por el gobierno alemán en las últimas semanas. En menos de 15 días, los diplomáticos llegaron a la conclusión tremendista de que el motor franco-alemán que mueve la UE desde hace algo más de medio siglo había comenzado a dar muestras de fatiga. Las primeras señales de alerta comenzaron a fines de septiembre, cuando el gobierno socialdemócrata alemán reveló un plan de estímulo a la economía del país de 200.000 millones de dólares, anunciado sin prevenir a sus aliados franceses y –mucho menos– al resto de sus socios europeos.

A ese gesto descortés se sumó casi inmediatamente un desacuerdo sobre la mejor respuesta a aportar la crisis energética que hace temblar a Europa aun antes de que comience el invierno. Todas esas fisuras terminaron por revelar que los verdaderos motivos de divergencia eran de carácter geopolítico. La atmósfera de desconcierto se agravó con las discordancias de Berlín y París sobre la guerra en Ucrania y la forma de tratar con el líder ruso, Vladimir Putin, para poner fin al conflicto y evitar una metástasis de la crisis.

Después de siete meses de combates, la conflagración en el centro de Europa aceleró la evolución de las relaciones de fuerza en el seno de la UE: Europa central se siente cada vez más cerca –y más protegida– por Estados Unidos, mientras que los países bálticos, al igual que Finlandia y Suecia, critican abiertamente la actitud “excesivamente complaciente” de Francia y Alemania hacia el Kremlin.

El Palacio del Elíseo y el Quai d’Orsay (sede del Ministerio de Relaciones Exteriores) comenzaron a sospechar que la principal razón de la disonancia era el recelo alemán con respecto a los “proyectos europeos de soberanía en materia de defensa”, promovidos por el presidente Emmanuel Macron durante el primer semestre del año mientras Francia ejercía la presidencia rotativa de la UE. El gobierno de Berlín nunca se pronunció abiertamente en contra de esa iniciativa, pero jamás la respaldó: Scholz tampoco apoyó la idea de construir un avión de combate europeo (Scaf) ni el famoso “tanque del futuro” (Leopard).

En cambio, sin prevenir a París, lanzó imprevistamente la idea de un escudo antimisiles, basado en tecnología norteamericana e israelí, que deberá asociar a 14 países europeos de la OTAN. Ese sistema, impugnado incluso por los industriales alemanes, amenaza el desarrollo de un proyecto franco-italiano y un tercero de Polonia. Francia rehusó apoyar ese proyecto argumentando que “amenazaba con reactivar la carrera armamentista”, explicó un vocero de Macron.

Los dos países tampoco están de acuerdo sobre la actitud a adoptar frente al pedido de adhesión a la UE formulado por los países de los Balcanes occidentales. La idea de crear una Comunidad Política Europea (CPE) fue lanzada en mayo por Macron con el doble propósito de convertir el CPE en una sala de espera destinada a postergar una ampliación de la UE y neutralizar las maniobras de acercamiento lanzadas por Moscú en plena guerra para captar el apoyo de ese bloque eslavo. Entusiasmada con la idea, Alemania, por el contrario, pretendería recuperarla en su beneficio para englobar a esos países en un bloque capaz de reforzar su propio peso específico dentro Europa y desplazar el centro de gravedad del continente hacia el Este, más favorable a sus intereses estratégicos.

“Francia y la UE no parecen seguir formando parte de las prioridades de Scholz”, dijo Elvire Fabry, del Instituto Jacques Delors.

El problema más grave, que se plantea en este momento, es el interés de Scholz por forjar una “relación más profunda” con el régimen de Pekín apenas una semana después que el Partido Comunista consagró el poder absoluto de Xi. Esa actitud contrasta con la posición europea, que recientemente definió a China como “enemigo sistémico”.

Contradicciones

El actual viaje del canciller nutre las contradicciones que minan la unidad de la coalición. Pocos días antes, la ministra de Relaciones Exteriores ecologista, Annalena Baerbock, advirtió sobre los riesgos de “depender de un país que no comparte nuestros valores”. Esa situación, podría volver a colocar al país en una situación “políticamente vulnerable al chantaje”, como ocurrió cuando Putin decidió cortar el aprovisionamientos de gas.

Para algunos expertos, la actitud de Scholz revela el pánico de Berlín ante el desmoronamiento de los dos pilares que sostenían su modelo económico: las importaciones de gas ruso a bajo precio le garantizaba la competitividad de su industria y las exportaciones a China le aseguraban enormes excedentes comerciales. Actualmente las exportaciones de Alemania superan los 100.000 millones de euros.

Los colosos de la industria automotriz –como BMW, Mercedes y Volkswagen– realizan en China entre 30% y 40% de sus ventas. Pero esa situación está en peligro. La primera de esas columnas, sin embargo, se derrumbó con la guerra en Ucrania y la segunda parece comprometida por el giro adoptado por Xi, basado en el tríptico ortodoxia ideológica, seguridad nacional y control del partido. En el actual contexto de tensión con Occidente, Xi aspira a construir una economía resiliente desde el punto de vista geopolítico, menos dependiente de los mercados e inversiones extranjeras.

Criticado dentro y fuera de su gobierno, Scholz se comprometió en vísperas de su viaje a no ocultar las “controversias” ni dejar de evocar los temas que preocupan a Alemania, como las tensiones en torno de Taiwán, la posición china en la guerra de Ucrania que los occidentales consideran como favorable al Kremlin, así como “el respeto de las libertades civiles y políticas” y los “derechos de las minorías étnicas”, como los uigures (musulmanes que residen en la región de Xinjiang, que son reprimidos por el régimen).

“China de hoy no es la misma que la de hace 10 años”, indicó en alusión al reciente congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), que cimentó el poder de Xi. “Si China cambia, nuestras relaciones con China también deberán cambiar”, precisó.

Esos comentarios provocaron la reacción del vocero de la cancillería china, Zhao Lijian, que lanzó una clara advertencia: Pekín, dijo, se “opone a toda interferencia en sus asuntos internos y a toda denigración con el pretexto de discusiones sobre los derechos humanos”.